OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. La explicación de tus palabras ilumina. R. Da inteligencia a los ignorantes.
Himno
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Salmodia
La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.
Salmo 88 · 88, 2-38
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Pues dijiste:
«Cimentado está por siempre mi amor,
asentada más que el cielo mi lealtad.»
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.
El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.
Salmo 88 · 88, 2-38
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)
Un día hablaste en visión a tus amigos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.»
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora»
y yo lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo.
El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.
Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»
Salmo 88 · 88, 2-38
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)
Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
«Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo.»
Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»
PRIMERA LECTURA (Año II)
De la segunda carta del apóstol san Pedro · 2, 9-22
Hermanos: El Señor sabe librar de la prueba a los hombres justos y reserva a los malvados para castigarlos en el día del juicio. Sobre todo castigará a los que, por deseos impuros, andan tras la carne y desprecian la soberanía del Señor.
Son osados, pagados de sí mismos, no temen insultar a los seres gloriosos, cuando ni los mismos ángeles, superiores en fuerza y poder, se atreven a pronunciar en el tribunal de Dios ninguna acusación injuriosa contra tales seres gloriosos. Estos hombres, por el contrario, son como animales desprovistos de razón, nacidos para ser capturados y destruidos. Vituperan cosas que no entienden; serán destruidos igual que los animales, sufriendo así el castigo merecido por su iniquidad.
Se complacen en entregarse desvergonzadamente al libertinaje en pleno día, ¡hombres corrompidos e inmundos!, y se gozan en engañaros mientras están con vosotros en las comidas comunitarias. Brillan sus ojos de pasión por la adúltera y no se hartan de pecado, seducen a las almas vacilantes, tienen entregado el corazón a la avaricia, son hijos de maldición. Abandonando el camino recto, se extraviaron y siguieron la senda de Balaam, hijo de Beor, que prefirió la iniquidad de la recompensa, pero recibió una reprensión por su maldad, pues una muda bestia de carga, expresándose en palabras humanas, reprimió la insensatez del profeta.
Éstos son fuentes sin agua, nubes empujadas por el huracán: para ellos está reservada la oscuridad de las tinieblas. Pronunciando discursos ampulosos y sin sustancia, seducen a la concupiscencia de la carne y al libertinaje a los que apenas se habían escapado de los que viven en el error. Les prometen la libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción, porque cada cual es esclavo del que lo ha vencido.
Si, después de haber huido de las torpezas del mundo mediante el perfecto conocimiento del Señor y Salvador, Jesucristo, vuelven a enredarse en ellas y se dejan dominar, su situación última será peor que la primera. Mejor les fuera no haber conocido el camino del bien que, después de haberlo conocido, abandonar la doctrina del Señor que les fue comunicada. En ellos se cumple exactamente lo que dice el proverbio: «Volvióse el perro a su propio vómito.» Y también: «Lavóse la puerca para revolcarse en el lodo.»
SEGUNDA LECTURA
De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo
Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.
¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por loslazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Este es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que túquieres que haga.» Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.
Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.
Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro.
R. Por el Evangelio sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. * Por eso, lo aguanto todo por los elegidos.
V. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
Oración
Señor Dios, fortaleza de los que en ti confían, tú que quisiste que el obispo san Juan Crisóstomo brillara por su admirable elocuencia y por su gran fortaleza en medio de las pruebas, haz que la sabiduría de este eximio doctor de la Iglesia nos ilumine y que el ejemplo de su invencible constancia nos fortalezca. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
