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Orar

Miércoles, 27 de septiembre de 2028

San Vicente de Paúl, presbítero

Tiempo Ordinario · Blanco · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Todos quedaban maravillados. R. De las palabras que salían de la boca de Dios.

Himno

Con entrega, Señor, a ti venimos,

escuchar tu palabra deseamos;

que el Espíritu ponga en nuestros labios

la alabanza al Padre de los cielos.

Se convierta en nosotros la palabra

en la luz que a los hombres ilumina,

en la fuente que salta hasta la vida,

en el pan que repara nuestras fuerzas;

en el himno de amor y de alabanza

que se canta en el cielo eternamente,

y en la carne de Cristo se hizo canto

de la tierra y del cielo juntamente.

Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,

el Señor Jesucristo, nuestro hermano,

y al Espíritu Santo, que, en nosotros,

glorifica tu nombre por los siglos. Amén.

Salmodia

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo,

mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoco al Señor de mi alabanza

y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales,

torrentes destructores me aterraban,

me envolvían las redes del abismo,

me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor,

grité a mi Dios:

desde su templo él escuchó mi voz

y mi grito llegó a sus oídos.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

El Señor me libró porque me amaba.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

Entonces tembló y retembló la tierra,

vacilaron los cimientos de los montes,

sacudidos por su cólera;

de su rostro se alzaba una humareda,

de su boca un fuego voraz,

y lanzaba carbones ardiendo.

Inclinó el cielo y bajó

con nubarrones debajo de sus pies;

volaba sobre un querubín

cerniéndose sobre las alas del viento,

envuelto en un manto de oscuridad:

como un toldo, lo rodeaban

oscuro aguacero y nubes espesas;

al fulgor de su presencia, las nubes

se deshicieron en granizo y centellas;

y el Señor tronaba desde el cielo,

el Altísimo hacía oír su voz:

disparando sus saetas, los dispersaba,

y sus continuos relámpagos los enloquecían.

El fondo del mar apareció,

y se vieron los cimientos del orbe,

cuando tú, Señor, lanzaste el fragor de tu voz,

al soplo de tu ira.

Desde el cielo alargó la mano y me sostuvo,

me sacó de las aguas caudalosas,

me libró de un enemigo poderoso,

de adversarios más fuertes que yo.

Me acosaban el día funesto,

pero el Señor fue mi apoyo:

me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me amaba.

El Señor me libró porque me amaba.

Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

El Señor retribuyó mi justicia,

retribuyó la pureza de mis manos,

porque seguí los caminos del Señor

y no me rebelé contra mi Dios;

porque tuve presentes sus mandamientos

y no me aparté de sus preceptos;

le fui enteramente fiel,

guardándome de toda culpa;

el Señor retribuyó mi justicia,

la pureza de mis manos en su presencia.

Con el fiel, tú eres fiel;

con el íntegro, tú eres íntegro;

con el sincero, tú eres sincero;

con el astuto, tú eres sagaz.

Tú salvas al pueblo afligido

y humillas los ojos soberbios.

Señor, tú eres mi lámpara;

Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.

Fiado en ti, me meto en la refriega;

fiado en mi Dios, asalto la muralla.

Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Tobit · 4, 1-6. 20-23—5, 1-22

Aquel día, Tobit se acordó del dinero que había depositado en casa de Gabael, en Ragués de Media, y pensó para sus adentros:

«He pedido la muerte. ¿Por qué no llamo a mi hijo Tobías y le informo sobre ese dinero antes de morir?»

Entonces, llamó a su hijo Tobías y, cuando se presentó, le dijo:

«Hazme un entierro digno. Honra a tu madre; no la abandones mientras viva. Tenla contenta, y no la disgustes en nada. Acuérdate, hijo, de los muchos peligros que pasé por tu causa cuando te llevaba en su seno. Y, cuando muera ella, entiérrala junto a mí en la misma sepultura.

Hijo, acuérdate del Señor toda tu vida; no consientas en pecado ni quebrantes sus mandamientos. Haz obras de caridad toda tu vida, y no vayas por caminos injustos, porque a los que obran bien les van bien los negocios. Bendice al Señor en toda circunstancia, pídele que sean rectos todos tus caminos y que lleguen a buen fin todas tus sendas y proyectos. Porque no todas las naciones aciertan en sus proyectos; es el Señor quien, según su designio, da todos los bienes o humilla hasta lo profundo del abismo. Bien, hijo, recuerda estas normas; que no se te borren de la memoria.

Y ahora te comunico que en casa de Gabael, el de Gabri, en Ragués de Media, dejé en depósito cuarenta arrobas de plata. No te apures porque seamos pobres; si temes a Dios, huyes de todo pecado y haces lo que le agrada al Señor, tu Dios, tendrás muchas riquezas.»

Tobías respondió a su padre Tobit:

«Padre, haré lo que me has dicho. Pero, ¿cómo podré recuperar ese dinero de Gabael, si ni él ni yo nos conocemos? ¿Qué contraseña puedo darle para que me reconozca y se fíe de mí y me dé el dinero? Además, no conozco el camino de Media.»

Tobit le dijo:

«Gabael me dio un recibo, y yo le di el mío; firmamos los dos el contrato, después rompí por la mitad y cogimos cada uno una parte, de modo que una quedó con el dinero. ¡Veinte años hace que dejé en depósito ese dinero! Bien, hijo, búscate un hombre de confianza que pueda acompañarte, y le pagaremos por todo lo que dure el viaje. Vete a recuperar ese dinero.»

Tobías salió a buscar un guía experto que lo acompañase a Media. Cuando salió, se encontró con el ángel Rafael, parado ante él; pero no sabía que era un ángel de Dios. Le preguntó:

«¿De dónde eres, buen hombre?»

Respondió:

«Soy un israelita compatriota tuyo, y he venido aquí buscando trabajo.»

Tobías le preguntó:

«¿Sabes por dónde se va a Media?»

Rafael le dijo:

«Sí. He estado allí muchas veces y conozco muy bien todos los caminos. He ido a Media con frecuencia, parando en casa de Gabael, el paisano nuestro que vive en Ragués de Media. Ragués está a dos días enteros de camino desde Ecbatana, porque queda en la montaña.»

Entonces Tobías le dijo:

«Espérame aquí, buen hombre, mientras voy a decírselo a mi padre. Porque necesito que me acompañes; ya te lo pagaré.»

El otro respondió:

«Bueno, espero aquí, pero no te entretengas.»

Tobías fue a informar a su padre, Tobit:

«Mira, he encontrado a un israelita compatriota nuestro.»

Tobit le dijo:

«Llámalo, para que yo me entere de qué familia y de qué tribu es, y si es de confianza para acompañarte, hijo.»

Tobías salió a llamarlo:

«Buen hombre, mi padre te llama.»

Cuando entró, Tobit se adelantó a saludarlo. El ángel le respondió:

«¡Que tengas salud!»

Pero Tobit comentó:

«¿Qué salud puedo tener? Soy un ciego que no ve la luz del día. Vivo en la oscuridad, como los muertos, que ya no ven la luz. Estoy muerto en vida: oigo hablar a la gente, pero no la veo.»

El ángel le dijo:

«Ánimo, Dios te curará pronto; ánimo.»

Entonces Tobit le preguntó:

«Mi hijo Tobías quiere ir a Media. ¿Podrías acompañarlo como guía? Yo te lo pagaré, amigo.»

El respondió:

«Sí. Conozco todos los caminos. He ido a Media muchas veces, he atravesado sus llanuras y sus montañas; sé todos los caminos.»

Tobit le pregunto:

«Amigo, ¿de qué familia y de qué tribu eres? Dímelo.»

Rafael respondió:

«¿Qué falta te hace saber mi tribu?»

Tobit dijo:

Amigo, quiero saber exactamente tu nombre y apellido.»

Rafael respondió:

«Soy Azarías, hijo del ilustre Ananías, compatriota tuyo.»

Entonces, Tobit le dijo:

«¡Seas bienvenido, amigo! No te enfades si he querido saber exactamente de qué familia eres. Ahora resulta que tú eres pariente nuestro, y de muy buena familia. Yo conozco a Ananías y a Natán, los dos hijos del ilustre Semeías. Iban conmigo a adorar a Dios en Jerusalén, y no han tirado por mal camino. Los tuyos son buena gente. Bienvenido, hombre; eres de buen linaje.»

Y añadió:

«Te daré como paga una dracma diaria, y la manutención lo mismo que a mi hijo. Acompáñale, y ya añadiré algo a la paga.»

Rafael respondió:

«Lo acompañaré. No tengas miedo; sanos marchamos y sanos volveremos; el camino es seguro.»

Tobit le dijo:

«Amigo, Dios te lo pague.»

Luego, llamó a Tobías y le habló así:

«Hijo, prepara el viaje y vete con tu pariente. Que el Dios del cielo os proteja allá y os traiga de nuevo sanos y salvos; que su ángel os acompañe con su protección, hijo.»

Tobías besó a su padre y a su madre y emprendió la marcha, mientras Tobit le decía: «¡Buen viaje!»

SEGUNDA LECTURA

De los escritos de san Vicente de Paúl, presbítero

Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que, con frecuencia, son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos ayudándolos y apoyándolos.

Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto, nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo a todos. Por lo cual, todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.

El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.

Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.

R. Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos. Me he hecho débil con los débiles. * Me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
V. Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo, yo era padre de los pobres.

Oración

Señor, tú que adornaste a san Vicente de Paúl con las cualidades de un verdadero apóstol, para que se entregara al servicio de los pobres y a la formación de los ministros de tu Iglesia, concédenos a nosotros que, animados por un celo semejante al suyo, amemos lo que él amó y practiquemos lo que él enseñó. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.