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Orar

Miércoles, 15 de noviembre de 2028

San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia.

V. Ábreme los ojos, Señor. R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad.

Himno

Pues busco, debo encontrar;

pues llamo, débenme abrir;

pues pido, me deben dar;

pues amo, débeme amar

aquel que me hizo vivir.

¿Calla? Un día me hablará.

¿Pasa? No lejos irá.

¿Me pone a prueba? Soy fiel.

¿Pasa? No lejos irá:

pues tiene alas mi alma, y va

volando detrás de él.

Es poderoso, mas no

podrá mi amor esquivar;

invisible se volvió,

mas ojos de lince yo

tengo y le habré de mirar.

Alma, sigue hasta el final

en pos del Bien de los bienes,

y consuélate en tu mal

pensando con fe total:

¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.

Salmodia

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa

y te colma de gracia y de ternura;

él sacia de bienes tus anhelos,

y como un águila se renueva tu juventud.

El Señor hace justicia

y defiende a todos los oprimidos;

enseñó sus caminos a Moisés

y sus hazañas a los hijos de Israel.

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia;

no está siempre acusando

ni guarda rencor perpetuo;

no nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre sus fieles;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos,

siente el Señor ternura por sus fieles;

porque él sabe de qué estamos hechos,

se acuerda de que somos barro.

Los días del hombre duran lo que la hierba,

florecen como flor del campo,

que el viento la roza, y ya no existe,

su terreno no volverá a verla.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

Bendecid al Señor, todas sus obras.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

Pero la misericordia del Señor dura siempre,

su justicia pasa de hijos a nietos:

para los que guardan la alianza

y recitan y cumplen sus mandatos.

El Señor puso en el cielo su trono,

su soberanía gobierna el universo.

Bendecid al Señor, ángeles suyos,

poderosos ejecutores de sus órdenes,

prontos a la voz de su palabra.

Bendecid al Señor, ejércitos suyos,

servidores que cumplís sus deseos.

Bendecid al Señor, todas sus obras,

en todo lugar de su imperio.

Bendice, alma mía, al Señor.

Bendecid al Señor, todas sus obras.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del segundo libro de los Macabeos · 7, 1-19

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarles a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás:

«¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

Fuera de sí, el rey ordenó poner al fuego sartenes y ollas. Las pusieron al fuego inmediatamente, y el rey ordenó que cortaran la lengua al que había hablado en nombre de todos, que le arrancaran el cuero cabelludo y le amputaran las extremidades a la vista de los demás hermanos y de su madre. Cuando el muchacho estaba ya inutilizado del todo, el rey mandó aplicarle fuego y freírlo; todavía respiraba. Mientras se esparcía a lo ancho el olor de la sartén, los otros, con la madre, se animaban entre sí a morir noblemente:

«El Señor Dios nos contempla, y de verdad se compadece de nosotros, como declaró Moisés en el cántico de denuncia contra Israel: "Se compadecerá de sus siervos.,»

Cuando murió así el primero, llevaron al segundo al suplicio; le arrancaron los cabellos con la piel, y le preguntaban si pensaba comer antes que lo atormentasen miembro a miembro. Él respondió en la lengua materna:

«¡No comeré!»

Por eso, también él sufrió a su vez el martirio como el primero; y, estando para morir, dijo:

«Tú, malvado, nos arrancas la vida presente. Pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente:

«De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio. Espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto; y, cuando estaba para morir, dijo:

«Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. En cambio, tú no resucitarás para la vida.»

Después sacaron al quinto, y lo atormentaban; pero él, mirando al rey, le dijo:

«Aunque eres un simple mortal, haces lo que quieres porque tienes poder sobre los hombres. Pero no te creas que Dios ha abandonado a nuestra nación. Espera un poco y ya verás cómo su gran poder te tortura a ti y a tu descendencia.»

Después de éste llevaron al sexto; y, cuando iba a morir, dijo:

«No te engañes neciamente. Nosotros sufrimos esto porque hemos pecado contra nuestro Dios; por eso, han ocurrido estas cosas extrañas. Pero no pienses que vas a quedar impune tú, que te has atrevido a luchar contra Dios.»

SEGUNDA LECTURA

Del comentario de san Alberto Magno, obispo, sobre el evangelio de san Lucas

Haced esto en conmemoración mía. Dos cosas hay que destacar en estas palabras. La primera es el mandato de celebrar este sacramento, mandato expresado en las palabras: Haced esto. La segunda es que se trata del memorial de la muerte que sufrió el Señor por nosotros.

Dice, pues: Haced esto. No podríamos imaginarnos un mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la vida eterna. Esto es lo que vamos a demostrar punto por punto.

Lo más provechoso en nuestra vida es lo que nos sirve para el perdón de los pecados yla plenitud de la gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho. Por ellos me consagro yo. Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Es también lo más dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos muestra toda su dulzura? A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole gratuitamente, desde el cielo, pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos; este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servia al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.

Es lo más saludable que se nos podía mandar. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con la devoción de una fe sincera no gustará jamás la muerte. Es árbol de vida para los que la cogen, son dichosos los que la retienen. El que me come vivirá por mí. Es lo más amable que se nos podía mandar. Este sacramento, en efecto, es causa de amor y de unión. La máxima prueba de amor es darse uno mismo como alimento. Los hombres de mi campamento dijeron: «¡Ojalá nos dejen saciarnos de su carne!»; que es como si dijera: «Tanto los amo yo a ellos y ellos a mí, que yo deseo estar en sus entrañas y ellos desean comerme, para, incorporados a mí convertirse en miembros de mi cuerpo. Era imposible un modo de unión más íntimo y verdadero entre ellos y yo.»

Y es lo más parecido a la vida eterna que se nos podía mandar. La vida eterna viene a ser una continuación de este sacramento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada.

R. Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: * Comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino.
V. Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto.

Oración

Tú has querido, Señor, que el obispo san Alberto mereciera el título de Grande por su extraordinaria capacidad para conciliar la fe con la sabiduría humana; concédenos que, siguiendo sus enseñanzas, a través del progreso de las ciencias, lleguemos a conocerte y amarte más profundamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.