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Orar

Jueves, 4 de enero de 2029

4 de enero

Tiempo de Navidad · Blanco

VÍSPERAS

Los salmos y el cántico se toman de la feria correspondiente.

Himno

Te diré mi amor, Rey mío,

en la quietud de la tarde,

cuando se cierran los ojos

y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,

con una mirada suave,

te lo diré contemplando

tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,

adorándote en la carne,

te lo diré con mis besos,

quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,

con los hombres y los ángeles,

con el aliento del cielo

que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,

con el amor de tu Madre,

con los labios de tu Esposa

y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,

¡oh Dios del amor más grande!

¡Bendito en la Trinidad,

que has venido a nuestro valle! Amén.

Salmodia

Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Salmo 29

Cristo, después de su gloriosa resurrección, da gracias al Padre. (Casiodoro)

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,

y tú me sanaste.

Señor, sacaste mi vida del abismo,

me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,

dad gracias a su nombre santo;

su cólera dura un instante;

su bondad, de por vida;

al atardecer nos visita el llanto,

por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:

«No vacilaré jamás.»

Tu bondad, Señor, me aseguraba

el honor y la fuerza;

pero escondiste tu rostro,

y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,

supliqué a mi Dios:

«¿Qué ganas con mi muerte,

con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,

o va a proclamar tu lealtad?

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;

Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,

me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;

te cantará mi alma sin callarse.

Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Salmo 31

David proclama dichoso al hombre a quien Dios confiere la justificación haciendo caso omiso de las obras. (Rm 4, 6)

Dichoso el que está absuelto de su culpa,

a quien le han sepultado su pecado;

dichoso el hombre a quien el Señor

no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,

rugiendo todo el día,

porque día y noche tu mano

pesaba sobre mí;

mi savia se me había vuelto

un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,

no te encubrí mi delito;

propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,

y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique

en el momento de la desgracia:

la crecida de las aguas caudalosas

no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,

me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,

fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,

cuyo brío hay que domar con freno y brida;

si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;

al que confía en el Señor,

la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,

aclamadlo, los de corazón sincero.

Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Cántico · Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que sean juzgados los muertos,

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

y a los pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron

en virtud de la sangre del Cordero

y por la palabra del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por esto, estad alegres, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA BREVE

Rm 8, 3b-4

Dios envió a su propio Hijo, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado. Así dictó sentencia de condenación contra el pecado, que ejercía su poder en la vida según la carne. De este modo la exigencia y el fin de la ley tuvieron cumplimiento en nosotros, que no vivimos la vida puramente natural según la carne, sino la vida sobrenatural según el espíritu.

R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.
V. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

R. Aleluya, aleluya.
V. Y puso su morada entre nosotros.

R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Magnificat

Yo procedo y vengo del Padre; no he venido por cuenta propia, sino que he sido enviado por él.

Cántico de María Lc 1, 46-55

ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Yo procedo y vengo del Padre; no he venido por cuenta propia, sino que he sido enviado por él.

Preces

Cristo ha venido a nosotros y se ha entregado por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y para reservarse para sí, como posesión propia, un pueblo purificado y lleno de fervor por las buenas obras; invoquémoslo, pues, con plena fe, diciendo:

Señor, ten piedad.

Por tu santa Iglesia, para que todos sus hijos renazcan a nueva vida. — Señor, ten piedad.

Por los pobres, prisioneros y fugitivos, para que en nuestro amor te descubran a ti, Hijo de Dios hecho hombre. — Señor, ten piedad.

Para que nuestro gozo llegue a ser pleno y comprendamos la grandeza del don que el Padre nos ha dado en tu persona. — Señor, ten piedad.

Para que los fieles difuntos, iluminados por la claridad de tu nacimiento, contemplen tu rostro y no haya ya más noche ni tiniebla para ellos. — Señor, ten piedad.

Oración

Te pedimos, Dios todopoderoso, que tu Salvador, que has enviado del cielo como una luz nueva para redimir al mundo, nazca también en nuestros corazones y los renueve continuamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.