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Orar

Sábado, 3 de febrero de 2029

San Blás, obispo y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Blás, obispo y mártir.

V. No dejamos de orar y pedir por vosotros. R. Para que lleguéis al pleno conocimiento de la voluntad de Dios.

Himno

A caminar sin ti, Señor, no atino;

tu palabra de fuego es mi sendero;

me encontraste cansado y prisionero

del desierto, del cardo y del espino.

Descansa aquí conmigo del camino,

que en Emaús hay trigo en el granero,

hay un poco de vino y un alero

que cobije tu sueño, Peregrino.

Yo contigo, Señor, herido y ciego;

tú conmigo, Señor, enfebrecido,

el aire quieto, el corazón en fuego.

Y en diálogo sediento y torturado

se encontrarán en un solo latido,

cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.

Salmodia

El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

El Dios de los dioses, el Señor, habla:

convoca la tierra de oriente a occidente.

Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:

viene nuestro Dios, y no callará.

Lo precede fuego voraz,

lo rodea tempestad violenta.

Desde lo alto convoca cielo y tierra,

para juzgar a su pueblo:

«Congregadme a mis fieles,

que sellaron mi pacto con un sacrificio.»

Proclame el cielo su justicia;

Dios en persona va a juzgar.

El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.

Invócame el día del peligro y yo te libraré.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;

Israel, voy a dar testimonio contra ti;

—yo, el Señor, tu Dios—.

No te reprocho tus sacrificios,

pues siempre están tus holocaustos ante mí.

Pero no aceptaré un becerro de tu casa,

ni un cabrito de tus rebaños;

pues las fieras de la selva son mías,

y hay miles de bestias en mis montes;

conozco todos los pájaros del cielo,

tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría;

pues el orbe y cuanto lo llena es mío.

¿Comeré yo carne de toros,

beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,

cumple tus votos al Altísimo

e invócame el día del peligro:

yo te libraré, y tú me darás gloria.»

Invócame el día del peligro y yo te libraré.

El sacrificio de acción de gracias me honra.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

Dios dice al pecador:

«¿Por qué recitas mis preceptos

y tienes siempre en la boca mi alianza,

tú que detestas mi enseñanza

y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él;

te mezclas con los adúlteros;

sueltas tu lengua para el mal,

tu boca urde el engaño;

te sientas a hablar contra tu hermano,

deshonras al hijo de tu madre;

esto haces, ¿y me voy a callar?

¿Crees que soy como tú?

Te acusaré, te lo echaré en cara.»

Atención los que olvidáis a Dios,

no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias,

ése me honra,

al que sigue buen camino

le haré ver la salvación de Dios.

El sacrificio de acción de gracias me honra.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la carta a los Romanos · 16, 1-27

Hermanos: Os recomiendo a nuestra hermana Febe, que es también diaconisa de la Iglesia de Cencreas. Dadle cristiana hospitalidad, como conviene a los fieles; y asistidla en todo cuanto necesite de vosotros. Ella ha favorecido a muchos y también a mí en persona.

Saludos a Prisca y a Áquila, mis colaboradores en Cristo Jesús. A éstos, que, por salvar mi vida, expusieron su cabeza, no sólo yo les debo gratitud, sino conmigo todas las Iglesias convocadas de la gentilidad. Saludos también a la Iglesia que se congrega en su casa.

Mis saludos a mi amado Epéneto, primicias del Asia Menor para Cristo. Saludos a María, que tanto trabajo se tomó por vuestro bien. Mis saludos a Andrónico y a Junia, hermanos y compañeros míos de prisión, eminentes apóstoles y convertidos antes que yo a Cristo. Saludad a Ampliato, mi muy querido en el Señor. Saludad a Urbano, colaborador mío en Cristo, y a mi querido Estaquis. Saludad a Apeles, cristiano a toda prueba. Saludad a los de la casa de Aristóbulo.

Saludad a Herodión, hermano mío. Saludad a los fieles de la familia de Narciso. Saludad a Trifena y a Trifosa, que tanto han trabajado por el Señor. Saludad a la carísima Pérside, que tanto se ha afanado en el servicio del Señor. Saludad a Rufo, insigne discípulo, y a su madre, que lo es también mía. Saludad a Asíncrito, a Flegonté, a Hermes, a Patrobas, a Hermas, y a los hermanos que viven con ellos. Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, y a Olimpia y a todos los fieles que viven con ellos. Saludaos unos a otros con el ósculo santo. Os saludan todas las Iglesias de Cristo.

Os recomiendo que estéis alerta por los que promueven discordias y escándalos en contra de la doctrina que habéis recibido. Apartaos de ellos. Esos tales no sirven a Cristo, Señor nuestro, sino a su vientre; y, con sus palabras de halago y lisonja, seducen los corazones de los incautos.

Vuestra sumisión al mensaje de salvación ha llegado a conocimiento de todos. Así que siento una gran alegría por vosotros. Pero quiero que seáis sabios para el bien y limpios de todo mal. El Dios de la paz aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros.

Os envían saludos Timoteo, mi colaborador; y Lucio y Jasón y Sosípatro, hermanos míos. Os saludo en el Señor, también yo, Tercio, que escribo esta carta. Os envía saludos Cayo, que me hospeda a mí y a toda la Iglesia. Os saluda Erasto, el administrador de la ciudad, y el hermano Cuarto.

Al que tiene poder para confirmar vuestra fe en el espíritu de mi mensaje de salvación y de la doctrina predicada sobre Jesucristo, en el espíritu del misterio revelado, mantenido en el silencio sin fin de los siglos, pero manifestado ahora, y, mediante el testimonio de los profetas por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles en orden a su sumisión a la fe: a Dios, al único sabio, sea por Jesucristo la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Agustín, obispo

El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Tal es el modo como el Señor se puso a nuestro servicio, y como quiere que nosotros nos pongamos al servicio de los demás. Dio su vida en rescate por muchos: así es como nos redimió.

¿Quién de nosotros es capaz de redimir a otro? Fue su sangre y su muerte lo que nos redimió de la muerte, fue su abajamiento lo que nos levantó de nuestra postración; pero también nosotros debemos poner nuestra pequeña parte en favor de sus miembros, ya que hemos sido hechos miembros suyos: él es la cabeza, nosotros su cuerpo.

El Señor había dicho: El que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Por esto, el apóstol Juan nos exhorta a imitar su ejemplo, con estas palabras: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

Y el mismo Señor, después de su resurrección, dijo a Pedro: ¿Me quieres? El respondió: Te quiero. Por tres veces se repitió la misma pregunta y respuesta, y las tres veces dijo el Señor: Apacienta mis ovejas.

«¿Cómo podrás demostrar que me quieres, sino apacentando mis ovejas? ¿Qué vas a darme con tu amor, si todo lo esperas de mí? Aquí tienes lo que has de hacer para quererme: apacienta mis ovejas.»

Por tres veces se repiten las mismas palabras: «Me quieres?» «Te quiero.» «Apacienta mis ovejas.» Tres veces lo había negado por temor; tres veces le hace profesión de amor.

Finalmente, después que el Señor ha encomendado por tercera vez sus ovejas a Pedro, al responderle éste con su profesión de amor, con la que condenaba y borraba su pasado temor, añade el Señor a continuación: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Le anunciaba por adelantado la cruz, le predecía su martirio.

El Señor, pues, va más allá de lo que había dicho: Apacienta mis ovejas, ya que añade equivalentemente: «Sufre por mis ovejas.»

R. En ningún caso he de fracasar; * con toda seguridad, Cristo será enaltecido en mí, ya sea por mi vida o ya sea por mi muerte.
V. La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.

Oración

Escucha, Señor, a tu familia, reunida hoy para recordar al mártir san Blas, y concédele la paz en la vida presente y la felicidad en la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.