OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Pío V, papa.
V. Mi corazón y mi carne. Aleluya. R. Se alegran por el Dios vivo. Aleluya.
El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. Aleluya
Himno
Cristo el Señor,
como la primavera,
como una nueva aurora,
resucitó.
Cristo, nuestra Pascua,
es nuestro rescate,
nuestra salvación.
Es grano en la tierra,
muerto y florecido,
tierno pan de amor.
Se rompió el sepulcro,
se movió la roca,
y el fruto brotó.
Dueño de la muerte,
en el árbol grita
su resurrección.
Humilde en la tierra,
Señor de los cielos,
su cielo nos dió.
Ábranse de gozo
las puertas del Hombre
que al hombre salvó.
Gloria para siempre
al Cordero humilde
que nos redimió. Amén.
Salmodia
Sálvame, Señor, por tu misericordia. Aleluya.
Salmo 6
Ahora mi alma está agitada… Padre, líbrame de esta hora. (Jn 12, 27)
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.
Sálvame, Señor, por tu misericordia. Aleluya.
El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. Aleluya.
Salmo 9 A
De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo
y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.
El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. Aleluya.
Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. Aleluya.
Salmo 9 A
De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.
Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda,
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor;
mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido
en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
El no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.
Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. Aleluya.
SEGUNDA LECTURA
De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Dios, además de otros consuelos, que no cesa de conceder al género humano, cuando llegó la plenitud de los tiempos, es decir, en el momento que él tenía determinado, envió a su Hijo unigénito, por quien creó todas las cosas, para que permaneciendo Dios se hiciera hombre y fuese el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús.
Y ello para que cuantos creyeran en él, limpios por el bautismo de todo pecado, fuesen liberados de la condenación eterna y viviesen de la fe, esperanza y caridad, peregrinando en este mundo y caminando, en medio de penosas tentaciones y peligros, ayudados por los consuelos espirituales y corporales de Dios, hacia su encuentro, siguiendo el camino que es el mismo Cristo.
Y a los que caminan en Cristo, aunque no se encuentran sin pecados, que nacen de la fragilidad de esta vida, les concedió el remedio saludable de la limosna como apoyo de aquella oración en la que él mismo nos enseñó a decir: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Esto es lo que hace la Iglesia, dichosa por su esperanza, mientras dura esta vida llena de dificultades. El apóstol Pedro, por la primacía de su apostolado, representaba de forma figurada la totalidad de la Iglesia.
Pues Pedro, por lo que se refiere a sus propiedades personales, era un hombre por naturaleza, un cristiano por la gracia, un apóstol, y el primero de ellos, por una gracia mayor; pero, cuando se le dice: Te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo, representaba a toda la Iglesia, que en este mundo es batida por diversas tentaciones, como si fuesen lluvias, ríos, tempestades, pero que no cae, porque está fundamentada sobre la piedra, término de donde le viene el nombre a Pedro.
Y el Señor dice: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, porque Pedro había dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. «Sobre esta piedra que tú has confesado edificaré mi Iglesia.» Porque la piedra era Cristo, él es el cimiento sobre el cual el mismo Pedro ha sido edificado, pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.
La Iglesia, que está fundamentada en Cristo, ha recibido en la persona de Pedro las llaves del reino de los cielos, es decir, el poder de atar y desatar los pecados. La Iglesia, amando y siguiendo a Cristo, se libra de los males. Pero a Cristo le siguen más de cerca aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte.
R. Si tú pones en guardia al justo para que no peque, y en efecto no peca, ciertamente conservará la vida; * y tú habrás salvado la vida también. Aleluya.
V. Vigílate a ti mismo y a tu enseñanza; obrando así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.
Oración
Señor, tú que escogiste providencialmente al papa san Pío quinto, para defender la fe y restaurar la liturgia, concédenos, por su intercesión, participar siempre en tus santos misterios con fe viva y con amor fecundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
