OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santa Rita de Cascia.
V. Voy a escuchar lo que dice el Señor. R. Dios anuncia la paz a su pueblo.
Himno
Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.
Salmodia
Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.
Salmo 67
Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)
Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
alfombrad el camino
del que avanza por el desierto;
su nombre es el Señor:
alegraos en su presencia.
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece;
sólo los rebeldes
se quedan en la tierra abrasada.
¡Oh Dios!, cuando salías al frente de tu pueblo
y avanzabas por el desierto,
la tierra tembló, el cielo destiló
ante Dios, el Dios del Sinaí;
ante Dios, el Dios de Israel.
Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!,
una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres.
Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.
Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Salmo 67
Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)
El Señor pronuncia un oráculo,
millares pregonan la alegre noticia:
«Los reyes, los ejércitos
van huyendo, van huyendo;
las mujeres reparten el botín.
Mientras reposabais en los apriscos,
las alas de la paloma se cubrieron de plata,
el oro destellaba en su plumaje.
Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,
la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»
Las montañas de Basán son altísimas,
las montañas de Basán son escarpadas;
¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,
del monte escogido por Dios para habitar,
morada perpetua del Señor?
Los carros de Dios son miles y miles:
Dios marcha del Sinaí al santuario.
Subiste a la cumbre llevando cautivos,
te dieron tributo de hombres:
incluso los que se resistían
a que el Señor Dios tuviera una morada.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,
los cráneos de los malvados contumaces.
Dice el Señor: «Los traeré desde Basán,
los traeré desde el fondo del mar;
teñirás tus pies en la sangre del enemigo,
y los perros la lamerán con sus lenguas.»
Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.
Salmo 67
Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)
Aparece tu cortejo, ¡oh Dios!,
el cortejo de mi Dios, de mi Rey,
hacia el santuario.
Al frente marchan los cantores;
los últimos, los tocadores de arpa;
en medio las muchachas van tocando panderos.
«En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios,
al Señor, estirpe de Israel.»
Va delante Benjamín, el más pequeño;
los príncipes de Judá con sus tropeles;
los príncipes de Zabulón,
los príncipes de Neftalí.
¡Oh Dios!, despliega tu poder,
tu poder, ¡oh Dios!, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo.
Reprime a la Fiera del Cañaveral,
al tropel de los toros,
a los Novillos de los pueblos.
Que se te rindan con lingotes de plata:
dispersa las naciones belicosas.
Lleguen los magnates de Egipto,
Etiopía extienda sus manos a Dios.
Reyes de la tierra, cantad a Dios,
tocad para el Señor,
que avanza por los cielos,
los cielos antiquísimos,
que lanza su voz, su voz poderosa:
«Reconoced el poder de Dios.»
Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
Desde el santuario Dios impone reverencia:
es el Dios de Israel
quien da fuerza y poder a su pueblo.
¡Dios sea bendito!
Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.
PRIMERA LECTURA (Año I)
De la primera carta a los Corintios · 11, 17-34
Hermanos: Siguiendo con mis avisos, tampoco os puedo alabar en esto: os reunís en asamblea no para provecho, sino para daño vuestro. Efectivamente, en primer lugar oigo decir que, cuando os reunís en asamblea, se forman grupos entre vosotros. Y en parte lo creo.
Conviene, en efecto, que haya hasta sectas entre vosotros para que se vea quiénes son de probada virtud. No se puede, pues, decir que lo de reuniros en asamblea es comer la cena del Señor. Porque cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y, mientras unos pasan hambre, otros están ebrios.
Pero, ¿no tenéis vuestras casas para comer y beber? O ¿es que no os importa nada la asamblea de Dios, y queréis avergonzar a los pobres? ¿Qué voy a deciros? ¿Alabanzas? No. En esto no os puedo alabar.
Yo recibí del Señor lo que, a mi vez, os he trasmitido: que Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con la copa después de la cena, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía.»
Y de hecho, cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva. Por lo tanto, cualquiera que indignamente coma el pan o beba el cáliz del Señor tendrá que dar cuenta del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero examine cada uno su conciencia; y coma así de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien come o bebe sin distinguir el cuerpo del Señor se come y bebe su propia condenación.
Por esta razón, hay entre vosotros muchos delicados y enfermos, y mueren muchos. Si nos examinásemos, no seríamos castigados por Dios. Pero con tales castigos nos amonesta el Señor, a fin de que no seamos condenados junto con este mundo.
En resumen, hermanos, cuando os reunáis para comer, esperaos unos a otros. El que tenga hambre, que coma en su casa. Así no os reuniréis para vuestra condenación. Lo demás ya lo dispondré cuando vaya.
SEGUNDA LECTURA
De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Jesucristo dice: Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá. Si permanecen en Cristo, ¿qué pueden querer sino lo que conviene a Cristo? Si permanecen en el Salvador, ¿qué pueden querer sino lo que no es ajeno a la salvación? Unas cosas las queremos porque estamos en Cristo, y otras cosas las queremos porque todavía estamos en este mundo. Por permanecer en este mundo, algunas veces se nos desliza la petición de algo cuya inconveniencia desconocemos. Pero no sucede esto en nosotros si permanecemos en Cristo que, cuando le pedimos, no hace sino lo que nos conviene.
Así, pues, permaneciendo en Él cuando sus palabras permanecen en nosotros, pediremos lo que queramos y nos sucederá. Porque si lo pedimos y no sucede, no hemospedido lo que permanece en Él ni lo que encierran sus palabras que permanecen ennosotros, sino que encierran la pasión y la debilidad de la carne que no está en Él y en la que no permanecen sus palabras.
Con sus palabras concuerda la oración que Él mismo nos enseñó y en la que decimos: Padre nuestro que estás en los cielos. En nuestras peticiones no nos apartemos de las palabras y el sentido de esta oración, y lo que pidamos sucederá.
Sólo entonces, cuando hagamos lo que mandó y amemos lo que prometió, se debe decir que sus palabras permanecen en nosotros; cuando sus palabras permanecen en la memoria pero no se encuentran en la manera de vivir, el sarmiento no cuenta para la vid, porque no recibe la vida de la raíz. A esta diferencia se puede aplicar lo que se dice en la Escritura: En la memoria guardan sus mandamientos para cumplirlos. Muchos los guardan en la memoria para despreciarlos o incluso para ridiculizarlos y atacarlos. Las palabras de Cristo no permanecen en quienes de algún modo tienen contacto con ellas, pero no están adheridos a ellas; por lo tanto, no les resultarán beneficiosas, sino que serán usadas como testimonio en su contra. Y porque están en ellos de modo tal que no permanecen en ellos, las tienen para ser condenados por ellas.
R. Guarda tu pie cuando entres en la casa de Dios. * Y acércate para escucharlo.
V. La obediencia es mejor que las víctimas de los necios.
Oración
Te pedimos, Señor, que nos concedas la sabiduría y la fortaleza de la cruz, con las que te dignaste enriquecer a santa Rita, para que, compartiendo las tribulaciones de la pasión de Cristo, podamos participar más íntimamente en su misterio pascual. Por nuestro Señor Jesucristo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
