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Orar

Viernes, 25 de mayo de 2029

San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia.

V. El Señor nos instruirá en sus caminos. R. Y marcharemos por sus sendas.

Himno

Delante de tus ojos

ya no enrojecemos

a causa del antiguo

pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo

el corazón soberbio

y harás un pueblo humilde

de corazón sincero.

En medio de los pueblos

nos guardas como un resto,

para cantar tus obras

y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva

para los cielos nuevos;

sacerdotal estirpe,

según tu Primogénito.

Caerán los opresores

y exultarán los siervos;

los hijos del oprobio

serán tus herederos.

Señalarás entonces

el día del regreso

para los que comían

su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!

¡Alégrese mi pueblo!

Porque el Señor, que es justo,

revoca sus decretos:

la salvación se anuncia

donde acechó el infierno,

porque el Señor habita

en medio de su pueblo. Amén.

Salmodia

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Dios mío, sálvame,

que me llega el agua al cuello:

me estoy hundiendo en un cieno profundo

y no puedo hacer pie;

he entrado en la hondura del agua,

me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,

tengo ronca la garganta;

se me nublan los ojos

de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza

son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,

los que me atacan injustamente.

¿Es que voy a devolver

lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,

no se te ocultan mis delitos.

Que por mi causa no queden defraudados

los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen

los que te buscan, Dios de Israel.

Por ti he aguantado afrentas,

la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,

un extranjero para los hijos de mi madre;

porque me devora el celo de tu templo,

y las afrentas conque te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;

cuando me visto de saco, se ríen de mí;

sentados a la puerta murmuran,

mientras beben vino me cantan burlas.

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Pero mi oración se dirige a ti,

Dios mío, el día de tu favor;

que me escuche tu gran bondad,

que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;

líbrame de los que me aborrecen,

y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,

que no me trague el torbellino,

que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,

por tu gran compasión vuélvete hacia mí;

no escondas tu rostro a tu siervo:

estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,

líbrame de mis enemigos:

estás viendo mi afrenta,

mi vergüenza y mi deshonra;

a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.

Espero compasión, y no la hay;

consoladores, y no los encuentro.

En mi comida me echaron hiel,

para mi sed me dieron vinagre.

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Yo soy un pobre malherido;

Dios mío, tu salvación me levante.

Alabaré el nombre de Dios con cantos,

proclamaré su grandeza con acción de gracias;

le agradará a Dios más que un toro,

más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes, y alegraos,

buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Que el Señor escucha a sus pobres,

no desprecia a sus cautivos.

Alábenlo el cielo y la tierra,

las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,

reconstruirá las ciudades de Judá,

y las habitarán en posesión.

La estirpe de sus siervos la heredará,

los que aman su nombre vivirán en ella.

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la primera carta a los Corintios · 12, 31b—13, 13

Hermanos: Me queda por señalaros un camino excepcional. Ya puedo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, que, si no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes.

Ya puedo hablar inspirado y penetrar todo secreto y todo el saber, ya puedo tener toda la fe, hasta mover montañas, que, si no tengo amor, no soy nada.

Ya puedo dar en limosnas todo lo que tengo, ya puedo dejarme quemar vivo, que, si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca. El don de predicar se acabará. El don de lenguas enmudecerá. El saber se acabará.

Porque inmaduro es nuestro saber e inmaduro nuestro predicar; pero cuando venga la madurez, lo inmaduro se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño.

Ahora vemos como en un espejo de adivinar; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora inmaduro; entonces podré conocer como Dios me conoce.

En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

SEGUNDA LECTURA

De la carta de Cutberto sobre la muerte de san Beda el Venerable

El martes, antes de la fiesta de la Ascensión, la enfermedad de Beda se agravó; su respiración era fatigosa y los pies se le hinchaban. Sin embargo, durante todo aquel día siguió sus lecciones y el dictado de sus escritos con ánimo alegre. Dijo, entre otras cosas:

«Aprended de prisa porque no sé cuánto tiempo viviré aún, ni si el Creador me llevará consigo en seguida.»

Nosotros teníamos la impresión de que tenía noticia clara de su muerte; prueba de ello es que se pasó toda la noche velando y en acción de gracias.

Al amanecer del miércoles, nos mandó que escribiéramos lo que teníamos comenzado; lo hicimos hasta la hora de Tercia. A la hora de Tercia tuvimos la procesión con las reliquias de los santos, como es costumbre ese día. Uno de los nuestros, que estaba con Beda, le dijo:

«Maestro, falta aún un capítulo del libro que últimamente dictabas; ¿te resultaría muy difícil seguir contestando a nuestras preguntas?»

A lo que respondió:

«No hay dificultad. Toma la pluma y ponte a escribir en seguida.»

Así lo hizo él. Pero a la hora de Nona me dijo:

«Tengo en mi baúl unos cuantos objetos de cierto valor, a saber; pimienta, pañuelos e incienso; ve corriendo y avisa a los presbíteros del monasterio para repartir entre ellos estos regalos que Dios me ha hecho.»

Ellos vinieron, y Beda les dirigió la palabra, rogando a todos y cada uno que celebraran misas por él y recitaran oraciones por su alma, lo que prometieron todos de buena gana.

Se les caían las lágrimas, sobre todo cuando Beda dijo que ya no verían por más tiempo su rostro en este mundo. Pero se alegraron cuando dijo:

«Hora es ya de que vuelva a mi Creador (si así le agrada), a quien me creó cuando yo no era y me formó de la nada. He vivido mucho tiempo, y el piadoso juez ha tenido especial providencia de mi vida; es inminente el momento de mi partida, pues deseo partir para estar con Cristo; mi alma desea ver en todo su esplendor a mi rey, Cristo.»

Y dijo más cosas edificantes, continuando con su alegría de siempre hasta el atardecer.

Wiberto, de quien ya hemos hablado, se atrevió aún a decirle:

«Querido maestro, queda aún por escribir una frase.»

Contestó Beda:

«Pues escribe en seguida.»

Al poco tiempo dijo el muchacho:

«Ya está.»

Y Beda contestó de nuevo:

«Bien dices, está cumplido. Ahora haz el favor de colocarme la cabeza de manera que pueda sentarme mirando a la capilla en que solía orar; pues también ahora quiero invocar a mi Padre.»

Y así, tendido sobre el suelo de su celda, comenzó a recitar:

«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.»

Al nombrar al Espíritu Santo exhaló el último suspiro, y, sin duda, emigró a las delicias del cielo, como merecía, por su constancia en las alabanzas divinas.

R. Pasé todo el tiempo de mi vida en el monasterio, entregado a la meditación de las sagradas Escrituras, a la observancia de la vida religiosa y a la tarea cotidiana de cantar con la Iglesia las alabanzas de Dios. * Tuve siempre mi delicia en aprender, en enseñar y en escribir. (T. P. Aleluya.)
V. Quien cumpla y enseñe mi ley será grande en el reino de los cielos.

Oración

Señor Dios, que has iluminado a tu Iglesia con la sabiduría de san Beda el Venerable, concede a tus siervos la gracia de ser constantemente orientados por las enseñanzas de tu santo presbítero y ayudados por sus méritos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.