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Orar

Lunes, 11 de junio de 2029

San Bernabé, apóstol

Tiempo Ordinario · Rojo · Año impar (I)

Laudes

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de Laudes cuando con él se abre el día.

Himno

Alfarero del hombre, mano trabajadora

que, de los hondos limos iniciales,

convocas a los pájaros a la primera aurora,

al pasto los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,

de espacio puro y tierra amanecida.

De mañana te encuentro, vigor, origen, meta

de los profundos ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;

tus manos son recientes en la rosa;

se espesa la abundancia del mundo a mediodía

y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa si no alientas, monte si no estás dentro,

ni soledad en que no te hagas fuerte.

Todo es presencia y gracia; vivir es este encuentro:

tú, por la luz; el hombre, por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte

dejar tanta hermosura en tanta guerra!

Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte

de haberle dado un día las llaves de la tierra.

Amén.

Salmodia

¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Salmo 41

El que tenga sed y quiera, que venga a beber el agua de la vida. (Ap 22, 17)

Como busca la cierva

corrientes de agua,

así mi alma te busca

a ti, Dios mío;

tiene sed de Dios,

del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver

el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan

noche y día,

mientras todo el día me repiten:

«¿Dónde está tu Dios?»

Recuerdo otros tiempos,

y mi alma desfallece de tristeza:

cómo marchaba a la cabeza del grupo,

hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilo y alabanza,

en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía,

por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

«Salud de mi rostro, Dios mío.»

Cuando mi alma se acongoja,

te recuerdo,

desde el Jordán y el Hermón

y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima

con voz de cascadas:

tus torrentes y tus olas

me han arrollado.

De día el Señor

me hará misericordia,

de noche cantaré la alabanza

del Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía,

¿por qué me olvidas?

¿por qué voy andando sombrío,

hostigado por mi enemigo?

Se me rompen los huesos

por las burlas del adversario;

todo el día me preguntan:

«¿Dónde está tu Dios?»

¿Por qué te acongojas, alma mía,

por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

«Salud de mi rostro, Dios mío.»

¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Muéstranos, Señor, tu gloria y tu compasión.

Cántico · Sir 36, 1-7. 13-16

Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo. (Jn 17, 3)

Sálvanos, Dios del universo,

infunde tu terror a todas las naciones;

amenaza con tu mano al pueblo extranjero,

para que sienta tu poder.

Como les mostraste tu santidad al castigarnos,

muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos,

para que sepan, como nosotros lo sabemos,

que no hay Dios fuera de ti.

Renueva los prodigios, repite los portentos,

exalta tu mano, robustece tu brazo.

Reúne a todas las tribus de Jacob

y dales su heredad como antiguamente.

Ten compasión del pueblo que lleva tu nombre,

de Israel, a quien nombraste tu primogénito.

Ten compasión de tu ciudad santa,

de Jerusalén, lugar de tu reposo.

Llena a Sión de tu majestad

y al templo, de tu gloria.

Muéstranos, Señor, tu gloria y tu compasión.

Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

Salmo 18 A

Nos visitará el sol que nace de lo alto… para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. (Lc 1, 78-79)

El cielo proclama la gloria de Dios,

el firmamento pregona la obra de sus manos:

el día al día le pasa el mensaje,

la noche a la noche se lo murmura.

Sin que hablen, sin que pronuncien,

sin que resuene su voz,

a toda la tierra alcanza su pregón

y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Allí le ha puesto su tienda al sol:

él sale como el esposo de su alcoba,

contento como un héroe, a recorrer su camino.

Asoma por un extremo del cielo,

y su órbita llega al otro extremo:

nada se libra de su calor.

Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

LECTURA BREVE

1Co 15, 1-2a. 3-4

Hermanos: Os quiero traer a la memoria el mensaje evangélico que os prediqué; el que abrazasteis, el mismo en que os mantenéis firmes todavía y por el que estáis en camino de salvación. En primer lugar os comuniqué el mensaje que yo mismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, y fue sepultado; resucitó al tercer día y vive, según lo anunciaron también las Escrituras.

R. Proclamaron.
V. Proclamaron las alabanzas del Señor y su poder. Aleluya, aleluya.

R. Aleluya, aleluya.
V. Y las maravillas que realizó.

R. Proclamaron.
V. Gloria.

Benedictus

Bernabé partió para Tarso en busca de Saulo; y luego lo llevó a Antioquía, allí vivieron dentro de la comunidad e instruyeron a muchísima gente. (T. P. Aleluya.)

Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79

EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Bernabé partió para Tarso en busca de Saulo; y luego lo llevó a Antioquía, allí vivieron dentro de la comunidad e instruyeron a muchísima gente. (T. P. Aleluya.)

Preces

Aclamemos a nuestro Salvador, que ha aniquilado la muerte, y ha hecho brillar la vida y la inmortalidad por el Evangelio, y supliquémosle, diciendo:

Confirma a tu Iglesia en la fe y la caridad.

Tú que por medio de doctores santos y eximios has glorificado a tu Iglesia, — haz que todos los cristianos resplandezcan por su virtud.

Tú que de entre los fieles elegiste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los consagraste como ministros en bien de sus hermanos, — llena también de tu Espíritu a todos los pastores del pueblo de Dios.

Tú que fuiste la heredad de los santos pastores, — no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre viva alejado de ti.

Oración

Dios nuestro, que, después de haber infundido en abundancia la fe y el Espíritu Santo en San Bernabé, lo destinaste para que anunciara a los pueblos paganos el mensaje de salvación, haz que el Evangelio de Cristo, que él predicó valerosamente, sea proclamado con fidelidad por nuestras palabras y nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.