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Orar

Martes, 19 de junio de 2029

San Romualdo, Abad

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Romualdo, Abad.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor. R. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra,

nos revela el designio salvador,

y digamos en súplica confiada:

«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada

ni dejemos que arraigue el desamor;

aunque dura es la lucha, su palabra

será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida

como tiempo de Dios y de oración;

él es fiel a la alianza prometida:

«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino

para llegar al Padre sin temor;

concédenos la gracia de tu Espíritu

que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos,

huyen de su presencia los que lo odian;

como el humo se disipa, se disipan ellos;

como se derrite la cera ante el fuego,

así perecen los impíos ante Dios.

En cambio, los justos se alegran,

gozan en la presencia de Dios,

rebosando de alegría.

Cantad a Dios, tocad en su honor,

alfombrad el camino

del que avanza por el desierto;

su nombre es el Señor:

alegraos en su presencia.

Padre de huérfanos, protector de viudas,

Dios vive en su santa morada.

Dios prepara casa a los desvalidos,

libera a los cautivos y los enriquece;

sólo los rebeldes

se quedan en la tierra abrasada.

¡Oh Dios!, cuando salías al frente de tu pueblo

y avanzabas por el desierto,

la tierra tembló, el cielo destiló

ante Dios, el Dios del Sinaí;

ante Dios, el Dios de Israel.

Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!,

una lluvia copiosa,

aliviaste la tierra extenuada;

y tu rebaño habitó en la tierra

que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres.

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

El Señor pronuncia un oráculo,

millares pregonan la alegre noticia:

«Los reyes, los ejércitos

van huyendo, van huyendo;

las mujeres reparten el botín.

Mientras reposabais en los apriscos,

las alas de la paloma se cubrieron de plata,

el oro destellaba en su plumaje.

Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,

la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»

Las montañas de Basán son altísimas,

las montañas de Basán son escarpadas;

¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,

del monte escogido por Dios para habitar,

morada perpetua del Señor?

Los carros de Dios son miles y miles:

Dios marcha del Sinaí al santuario.

Subiste a la cumbre llevando cautivos,

te dieron tributo de hombres:

incluso los que se resistían

a que el Señor Dios tuviera una morada.

Bendito el Señor cada día,

Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.

Nuestro Dios es un Dios que salva,

el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,

los cráneos de los malvados contumaces.

Dice el Señor: «Los traeré desde Basán,

los traeré desde el fondo del mar;

teñirás tus pies en la sangre del enemigo,

y los perros la lamerán con sus lenguas.»

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Aparece tu cortejo, ¡oh Dios!,

el cortejo de mi Dios, de mi Rey,

hacia el santuario.

Al frente marchan los cantores;

los últimos, los tocadores de arpa;

en medio las muchachas van tocando panderos.

«En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios,

al Señor, estirpe de Israel.»

Va delante Benjamín, el más pequeño;

los príncipes de Judá con sus tropeles;

los príncipes de Zabulón,

los príncipes de Neftalí.

¡Oh Dios!, despliega tu poder,

tu poder, ¡oh Dios!, que actúa en favor nuestro.

A tu templo de Jerusalén

traigan los reyes su tributo.

Reprime a la Fiera del Cañaveral,

al tropel de los toros,

a los Novillos de los pueblos.

Que se te rindan con lingotes de plata:

dispersa las naciones belicosas.

Lleguen los magnates de Egipto,

Etiopía extienda sus manos a Dios.

Reyes de la tierra, cantad a Dios,

tocad para el Señor,

que avanza por los cielos,

los cielos antiquísimos,

que lanza su voz, su voz poderosa:

«Reconoced el poder de Dios.»

Sobre Israel resplandece su majestad,

y su poder sobre las nubes.

Desde el santuario Dios impone reverencia:

es el Dios de Israel

quien da fuerza y poder a su pueblo.

¡Dios sea bendito!

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro de los Jueces · 4, 1-24

En aquellos días, después que murió Ehud, los hijos de Israel volvieron a hacer lo que desagradaba al Señor, y el Señor los dejó a merced de Yabín, rey de Canaán, que reinaba en Jasor. El jefe de su ejército era Sísara, que habitaba en Jaróshet Jag Goyim. Entonces los hijos de Israel clamaron al Señor, porque Yabín tenía novecientos carros de hierro y había oprimido duramente a los israelitas durante veinte años.

En aquel tiempo, Débora, una profetisa, mujer de Lappidot, era juez en Israel. Se sentaba bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraím, y los hijos de Israel subían hacia ella para resolver sus litigios. Esta mandó llamar a Baraq, hijo de Abinoam, de Quédesh de Neftalí, y le dijo:

«¿Acaso no te ordena esto el Señor Dios de Israel?: “Ve hacía el monte Tabor y recluta diez mil hombres de los hijos de Neftalí y de los hijos de Zabulón. Yo atraeré hacia ti, hacia el torrente Quisón, a Sísara, el jefe del ejército de Yabín, con sus carros y sus tropas, y los pondré en tus manos.”»

Baraq le respondió:

«Si vienes conmigo, iré. Pero, si no vienes conmigo, no iré, porque no sé en qué día me dará la victoria el ángel del Señor.»

Dijo ella:

«Iré contigo, pero entonces no será tuya la gloria del camino que emprendas, porque el Señor entregará a Sísara en manos de una mujer.»

Débora se levantó y marchó con Baraq a Quédesh, y Baraq convocó allí a Zabulón y a Neftalí. Subieron tras él diez mil hombres, y Débora subió con él.

Jéber, el quenita, se había separado de la tribu de Caín y del clan de los hijos de Jobab, el suegro de Moisés, y había plantado su tienda cerca de la encina de Saananim, cerca de Quédesh.

Le comunicaron a Sísara que Baraq, hijo de Abinoam, había subido al monte Tabor. Sísara reunió todos sus carros, novecientos carros de hierro, y todas las tropas que tenía y las llevó de Jaróshet Jag Goyim al torrente Quisón. Débora dijo a Baraq:

«Levántate, porque éste es el día en que el Señor ha entregado a Sísara en tus manos. ¿No va acaso el Señor delante de ti?»

Y Baraq descendió del monte Tabor con sus diez mil hombres. Y el Señor sembró el pánico en Sísara, en todos sus carros y en todo su ejército ante Baraq. Sísara bajó de su carro y huyó a pie. Baraq persiguió a los carros y al ejército hasta Jaróshet Jag Goyim. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada; ni uno solo quedó.

Pero Sísara huyó a pie hacia la tienda de Yael, mujer de Jéber, el quenita, porque reinaba la paz entre Yabín, rey de Jasor, y la casa de Jéber, el quenita. Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo:

«Ven, señor mío, ven hacia mí. No temas.»

Él se detuvo en su tienda y ella lo tapó con un cobertor. Él le dijo:

«Por favor, dame de beber un poco de agua, porque tengo sed.»

Ella abrió el odre de la leche, le dio de beber y lo volvió a cubrir. Él le dijo:

«Estate a la entrada de la tienda y si alguno viene y te pregunta: “¿Hay alguien aquí”, respóndele que no.»

Pero Yael, mujer de Jéber, cogió un clavo de la tienda, tomó un martillo en su mano, se le acercó silenciosamente y le hundió el clavo en la sien hasta clavarlo en tierra. Él estaba profundamente dormido, agotado de cansancio, y murió. Cuando llegó Baraq persiguiendo a Sísara, Yael salió a su encuentro y le dijo:

«Ven, que te voy a enseñar al hombre que buscas.»

Entró con ella: Sísara yacía muerto con el clavo en la sien.

Así humilló Dios aquel día a Yabín, rey de Canaán, ante los hijos de Israel. La mano de los israelitas fue haciéndose cada vez más pesada sobre Yabín, rey de Canaán, hasta que llegaron a acabar con él.

SEGUNDA LECTURA

De la Vida de san Romualdo, escrita por san Pedro Damiani, obispo

Romualdo vivió tres años en la ciudad de Parenzo; durante el primero, construyó un monasterio y puso en él una comunidad con su abad; los otros dos, vivió recluido en él. Allí la bondad divina lo elevó a tan alto grado de perfección que, inspirado por el Espíritu Santo, predijo algunos sucesos futuros y llegó a la penetración de muchos misterios ocultos del antiguo y del nuevo Testamento.

Con frecuencia, era arrebatado a un grado tan elevado de contemplación que, deshecho todo él en lágrimas, abrasado por el ardor inefable del amor divino, exclamaba:

«Amado Jesús, mi dulce miel, deseo inefable, dulzura de los santos, encanto de los ángeles.»

Y otras cosas semejantes. Nosotros somos incapaces de expresar con palabras humanas todo lo que él profería, movido por el gozo del Espíritu Santo.

Dondequiera que aquel santo varón se decidía a habitar, ante todo hacía en su celda un oratorio con su altar, y luego se encerraba allí, impidiendo toda entrada.

Después de haber vivido así en varios lugares, dándose cuenta de que ya se acercaba su fin, volvió definitivamente al monasterio que había construido en Val de Castro y allí, en espera cierta de su muerte cercana, se hizo edificar una celda con su oratorio, con el fin de recluirse en ella y guardar silencio hasta la muerte.

Una vez construido este lugar de receso, en el cual quiso él recluirse inmediatamente, su cuerpo empezó a experimentar unas molestias progresivas y una creciente debilidad, producida más por la decrepitud de sus muchos años que por enfermedad alguna.

Un día, esta debilidad comenzó a hacerse sentir con más fuerza y sus molestias alcanzaron un grado alarmante. Cuando el sol ya se ponía, mandó a los dos hermanos que estaban junto a él que salieran fuera, que cerraran tras sí la puerta de la celda y que volvieran a la madrugada para celebrar con él el Oficio matutino.

Ellos salieron como de mala gana, intranquilos porque presentían su fin, y no se fueron en seguida a descansar, sino que, preocupados por el temor de que muriera su maestro, se quedaron a escondidas cerca de la celda, en observación de aquel talento de tan valioso precio. Después de algún rato, su interés les indujo a escuchar atentamente y, al no percibir ningún movimiento de su cuerpo ni sonido alguno de su voz, seguros ya de lo que había sucedido, empujan la puerta, entran precipitadamente, encienden una luz y encuentran el santo cadáver que yacía boca arriba, después que su alma había sido arrebatada al cielo. Aquella perla preciosa yacía entonces como despreciada, pero en realidad destinada en adelante a ser guardada con todos los honores en el erario del Rey supremo.

R. Dios te ha bendecido en todas tus empresas, ha protegido tu marcha a través de un gran desierto, * y te ha acompañado.
V. Te ha educado como un padre educa a su hijo.

Oración

Señor Dios, tú que elegiste a san Romualdo para que renovara la vida eremítica en tu Iglesia, concédenos que, por la abnegación de nosotros mismos y siguiendo a Cristo, merezcamos llegar al reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.