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Orar

Jueves, 21 de junio de 2029

San Luis Gonzaga, religioso

Tiempo Ordinario · Blanco · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. En ti, Señor, está la fuente viva. R. Y tu luz nos hace ver la luz.

Himno

Con gozo el corazón cante la vida,

presencia y maravilla del Señor,

de luz y de color bella armonía,

sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,

cascada luminosa de verdad,

que fluye en todo ser que en él fue hecho

imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,

palabra mensajera del amor,

responda con ternura a su llamada

en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma

en íntimo diálogo con Dios,

en puras claridades cara a cara,

bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza

por Cristo, nuestro vivo intercesor,

en alas de su Espíritu que inflama

en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88 · 88, 39-53

Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)

Tú, encolerizado con tu Ungido,

lo has rechazado y desechado;

has roto la alianza con tu siervo

y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas

v derrocado sus fortalezas;

todo viandante lo saquea,

y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos

y has dado el triunfo a sus adversarios;

pero a él le has embotado la espada

y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso

y has derribado su trono;

has acortado los días de su juventud

y lo has cubierto de ignominia.

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)

Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra,

desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera

y nos ha trastornado tu indignación!

Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada:

y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,

y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta,

la mayor parte son fatiga inútil,

porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,

quién ha sentido el peso de tu cólera?

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro de los Jueces · 6, 33—7, 8. 16-22

En aquellos días, todo Madián, Amalec y los hijos del oriente se reunieron, pasaron el Jordán y acamparon en la llanura de Yizreel. Entonces el espíritu del Señor tomó posesión de Gedeón; él tocó la trompeta y Abiezer fue en pos de él. Envió mensajeros por todo Manasés, que se unió también a él; envió igualmente mensajeros a Aser, Zabulón y Neftalí, que se pusieron en marcha y vinieron a su encuentro. Gedeón dijo a Dios:

«Si verdaderamente vas a salvar por mis manos a Israel, como has dicho, yo voy a tender un vellón sobre la era; si cae el rocío solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que tú salvarás a Israel por mi mano, como has prometido.»

Y así sucedió. Gedeón se levantó de madrugada, estrujó el vellón y exprimió su rocío: una copa llena de agua. Gedeón dijo a Dios:

«No te irrites contra mí si me atrevo a hablar de nuevo. Por favor, quisiera hacer por última vez la prueba con el vellón: que quede ahora seco sólo el vellón y que haya rocío por todo el suelo.»

Y Dios lo hizo así aquella noche. Quedó seco solamente el vellón y todo el suelo estaba lleno de rocío. Madrugó Yerubbaal (o sea Gedeón), así como todo el pueblo que estaba con él, y acampó junto a En-Jarod; el campamento de Madián quedaba al norte del suyo, al pie de la colina de Moré, en el valle. Entonces el Señor dijo a Gedeón:

«Demasiado numeroso es el pueblo que te acompaña para que ponga yo a Madián en sus manos; no sea que vaya a enorgullecerse de ello a mi costa diciendo: “¡Mi propia mano me ha salvado!” Así, pues, pregona esto entre el pueblo: “El que tenga miedo y tiemble, que se vuelva.”»

Gedeón los puso a prueba y veintidós mil hombres de la tropa se volvieron y quedaron sólo diez mil. El Señor dijo a Gedeón:

«Todavía es demasiada gente. Hazlos bajar al agua y ahí te los pondré yo a prueba. Aquel de quien te diga: “Que vaya contigo”, ése irá contigo. Y aquel de quien te diga: “Que no vaya contigo”, ése no ha de ir.»

Gedeón hizo bajar a la gente al agua y el Señor le dijo:

«A todos los que laman el agua en su mano con la lengua, como lo hacen los perros, los pondrás a un lado, y a todos los que se arrodillen para beber los pondrás a otro lado.»

El número de los que lamieron el agua con la lengua resultó ser de trescientos. Todo el resto del pueblo se arrodilló para beber. Entonces el Señor dijo a Gedeón:

«Con los trescientos hombres que han lamido el agua os salvaré y entregaré a Madián en tus manos. Que todos los demás vuelvan cada uno a su casa.»

Gedeón recogió del pueblo cántaros y cuernos, y mandó a todos los demás israelitas cada uno a su tienda, quedándose sólo con los trescientos hombres. El campamento de Madián estaba debajo del suyo en el valle.

Gedeón dividió a los trescientos hombres en tres cuerpos. Les dio a todos cuernos y cántaros vacíos, con antorchas dentro de los cántaros. Les dijo:

«Miradme a mí y haced lo mismo que yo haga. Cuando llegue yo al extremo del campamento, lo que yo hiciere hacedlo también vosotros. Yo y todos mis compañeros tocaremos los cuernos; vosotros tocaréis también los cuernos alrededor del campamento y gritaréis: “¡Por el Señor y por Gedeón!”»

Gedeón y los cien hombres que lo acompañaban llegaron al extremo del campamento, al comienzo de la guardia de la medianoche, cuando acababan de hacer el relevo de los centinelas. Tocaron los cuernos y rompieron los cántaros que llevaban en la mano. Entonces los tres cuerpos del ejército tocaron los cuernos y rompieron los cántaros; en la izquierda sostenían las teas encendidas y en la derecha los cuernos para tocarlos, y gritaban:

«¡Por el Señor y por Gedeón!»

Y se quedaron quietos cada uno en su puesto, alrededor del campamento. Todo el campamento se despertó y, lanzando alaridos, se dieron a la fuga. Mientras los trescientos hombres tocaban los cuernos, el Señor volvió la espada de cada uno contra su compañero por todo el campamento, y se despedazaban unos a otros.

SEGUNDA LECTURA

De una carta de san Luis Gonzaga, dirigida a su madre

Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en estar alegres con los que ríen y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás.

Te he de confesar, ilustre señora, que, al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado.

Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esa infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a vernos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos.

Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte su bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas. Así te escribo porque estoy convencido de que esta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo.

R. Has conservado mi inocencia, Señor, * tú me mantienes siempre en tu presencia.
V. Prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados.

Oración

Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales, tú que uniste en san Luis Gonzaga una admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.