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Orar

Jueves, 26 de julio de 2029

San Joaquín y Santa Ana

Tiempo Ordinario · Blanco · Año impar (I)

Laudes

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de Laudes cuando con él se abre el día.

Himno

Oh Dios, autor de la luz,

de los cielos la lumbrera,

que el universo sostienes

abriendo tu mano diestra.

La aurora, con mar de grana,

cubriendo está las estrellas,

bautizando humedecida

con el rocío la tierra.

Auséntanse ya las sombras,

al orbe la noche deja,

y al nuevo día el lucero,

de Cristo imagen, despierta.

Tú, Día de Día, oh Dios,

y Luz de Luz, de potencia

soberana, oh Trinidad,

doquier poderoso reinas.

Oh Salvador, ante ti

inclinamos la cabeza,

y ante el Padre y el Espíritu,

dándote gloria perpetua. Amén.

Salmodia

En la mañana, Señor, hazme escuchar tu gracia.

Salmo 142 · 142, 1-11

El hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús. (Ga 2, 16)

Señor, escucha mi oración;

tú que eres fiel, atiende a mi súplica;

tú que eres justo, escúchame.

No llames a juicio a tu siervo,

pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

El enemigo me persigue a muerte,

empuja mi vida al sepulcro,

me confina a las tinieblas

como a los muertos ya olvidados.

Mi aliento desfallece,

mi corazón dentro de mí está yerto.

Recuerdo los tiempos antiguos,

medito todas tus acciones,

considero las obras de tus manos

y extiendo mis brazos hacia ti:

tengo sed de ti como tierra reseca.

Escúchame en seguida, Señor,

que me falta el aliento.

No me escondas tu rostro,

igual que a los que bajan a la fosa.

En la mañana hazme escuchar tu gracia,

ya que confío en ti;

indícame el camino que he de seguir,

pues levanto mi alma a ti.

Líbrame del enemigo, Señor,

que me refugio en ti.

Enséñame a cumplir tu voluntad,

ya que tú eres mi Dios.

Tu espíritu, que es bueno,

me guíe por tierra llana.

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;

por tu clemencia, sácame de la angustia.

En la mañana, Señor, hazme escuchar tu gracia.

El Señor hará derivar hacia Jerusalén como un río la paz.

Cántico · Is 66, 10-14a

La Jerusalén de arriba es libre; ésa es nuestra madre. (Ga 4, 26)

Festejad a Jerusalén, gozad con ella,

todos los que la amáis,

alegraos de su alegría,

los que por ella llevasteis luto;

a su pecho seréis alimentados

y os saciaréis de sus consuelos

y apuraréis las delicias

de sus pechos abundantes.

Porque así dice el Señor:

«Yo haré derivar hacia ella

como un río la paz,

como un torrente en crecida,

las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas

y sobre las rodillas las acariciarán;

como a un niño a quien su madre consuela,

así os consolaré yo

y en Jerusalén seréis consolados.

Al verlo se alegrará vuestro corazón,

y vuestros huesos florecerán como un prado.»

El Señor hará derivar hacia Jerusalén como un río la paz.

Nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

Salmo 146

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos, a ti nuestra alabanza.

Alabad al Señor, que la música es buena;

nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

El Señor reconstruye Jerusalén,

reúne a los deportados de Israel;

él sana los corazones destrozados,

venda sus heridas.

Cuenta el número de las estrellas,

a cada una la llama por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso,

su sabiduría no tiene medida.

El Señor sostiene a los humildes,

humilla hasta el polvo a los malvados.

Entonad la acción de gracias al Señor,

tocad la cítara para nuestro Dios,

que cubre el cielo de nubes,

preparando la lluvia para la tierra;

que hace brotar hierba en los montes,

para los que sirven al hombre;

que da su alimento al ganado,

y a las crías de cuervo que graznan.

No aprecia el vigor de los caballos,

no estima los músculos del hombre:

el Señor aprecia a sus fieles,

que confían en su misericordia.

Nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

LECTURA BREVE

Is 55, 3

Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David.

R. Por su entrañable misericordia nos visitó el Señor.
V. Por su entrañable misericordia nos visitó el Señor.

R. Nos visitó el Señor.
V. Sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús.

R. Por su entrañable misericordia nos visitó el Señor.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Benedictus

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo.

Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79

EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo.

Preces

Invoquemos a Dios, de quien viene la salvación para su pueblo, diciendo:

Tú, que eres nuestra vida, escúchanos, Señor.

Bendito seas, Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque en tu gran misericordia nos has hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, — por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

Tú que, en Cristo, renovaste al hombre, creado a imagen tuya, — haz que reproduzcamos la imagen de tu Hijo.

Derrama en nuestros corazones, lastimados por el odio y la envidia, — tu Espíritu de amor.

Concede hoy trabajo a quienes lo buscan, pan a los hambrientos, alegría a los tristes, — a todos la gracia y la salvación.

Oración

Señor, Dios de nuestros padres, que concediste a san Joaquín y a santa Ana el privilegio de tener como hija a María, la madre del Señor, concédenos, por la intercesión de estos dos santos, la salvación que has prometido a tu pueblo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.