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Orar

Jueves, 2 de agosto de 2029

San Eusebio de Vercelli, obispo

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Eusebio de Vercelli, obispo.

V. Ábreme, Señor, los ojos. R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad

Himno

Con gozo el corazón cante la vida,

presencia y maravilla del Señor,

de luz y de color bella armonía,

sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,

cascada luminosa de verdad,

que fluye en todo ser que en él fue hecho

imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,

palabra mensajera del amor,

responda con ternura a su llamada

en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma

en íntimo diálogo con Dios,

en puras claridades cara a cara,

bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza

por Cristo, nuestro vivo intercesor,

en alas de su Espíritu que inflama

en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17 · 17, 31-51

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8, 31)

Perfecto es el camino de Dios,

acendrada es la promesa del Señor;

él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?

¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?

Dios me ciñe de valor

y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo

y me coloca en las alturas;

él adiestra mis manos para la guerra,

y mis brazos para tensar la ballesta.

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del primer libro de los Reyes · 12, 20-33

En aquellos días, cuando Israel oyó que Jeroboam había vuelto, mandaron a llamarlo para que fuera a la asamblea, y lo proclamaron rey de Israel. Con la casa de David quedó únicamente la tribu de Judá. Cuando Roboam llegó a Jerusalén, movilizó ciento ochenta mil soldados de Judá y de la tribu de Benjamín, para luchar contra Israel y recuperar el reino para Roboam, hijo de Salomón. Pero Dios dirigió la palabra al profeta Samayas:

«Di a Roboam, hijo de Salomón, rey de Judá, a todo Judá y Benjamín y al resto del pueblo: “Así dice el Señor: No vayáis a luchar contra vuestros hermanos, los israelitas; que cada cual se vuelva a su casa, porque esto ha sucedido por voluntad mía.”»

Obedecieron a la palabra del Señor y desistieron de la empresa, como Dios lo ordenaba. Jeroboam fortificó Siquem, en la serranía de Efraím, y residió allí. Luego, salió de Siquem para fortificar Penuel. Y pensó para sus adentros:

«Todavía puede volver el reino a la casa de David. Si la gente sigue yendo a Jerusalén, para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán poniéndose de parte de su señor, Roboam, rey de Judá. Me matarán y volverán a unirse a Roboam, rey de Judá.»

Después de aconsejarse, el rey hizo dos becerros de oro y dijo a la gente:

¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto!»

Luego, colocó un becerro en Betel y el otro en Dan. Esto incitó a pecar a Israel, porque unos iban a Betel y otros a Dan. También edificó ermitas en los altozanos; puso de sacerdotes a gente de la plebe, que no pertenecía a la tribu de Leví. Instituyó también una fiesta el día quince del mes octavo, como la fiesta que se celebraba en Jerusalén, y subió al altar que había levantado en Betel, a ofrecer sacrificios al becerro que había hecho. En Betel estableció a los sacerdotes de las ermitas que había construido en los altozanos. Subió al altar que había hecho en Betel, el día quince del mes octavo (el mes que a él le pareció). Instituyó una fiesta para los israelitas y subió al altar a ofrecer incienso.

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Eusebio de Vercelli, obispo

He tenido noticias de vosotros, hermanos muy amados, y he sabido que estáis bien, como era mi deseo, y he tenido de pronto la sensación de que, atravesando la gran distancia que nos separa, me encontraba entre vosotros, igual como sucedió con Habacuc, que fue llevado por un ángel a la presencia de Daniel. Al recibir cada una de vuestras cartas y al leer en ellas vuestras santas disposiciones de ánimo y vuestro amor, las lágrimas se mezclaban con mi gozo y refrenaban mi avidez de leer; y era necesaria esta alternancia de sentimientos, ya que, en su mutuo afán de adelantarse el uno al otro, contribuían a una más plena manifestación de la intensidad de mi amor. Así, ocupado un día tras otro en esta lectura, me imaginaba que estaba hablando con vosotros y me olvidaba de los sufrimientos pasados; así, me sentía inundado de gozo al considerar vuestra fe, vuestro amor y los frutos que de ellos se derivan, a tal punto que, al sentirme tan feliz, era como si de repente no me hallara en el destierro, sino entre vosotros.

Por tanto, hermanos muy amados, me alegro de vuestra fe, me alegro de la salvación, que es consecuencia de esta fe, me alegro del fruto que producís, el cual redunda en provecho no sólo de los que están entre vosotros, sino también de los que viven lejos; y, así como el agricultor se dedica al cultivo del árbol que da fruto y que, por lo tanto, no está destinado a ser talado y echado al fuego, así también yo quiero y deseo emplearme, en cuerpo y alma, en vuestro servicio, con miras a vuestra salvación.

Por lo demás, esta carta he tenido que escribirla a duras penas y como he podido, rogando continuamente a Dios que sujetase por un tiempo a mis guardianes y me hiciese la merced de un diácono que, más que llevaros noticias de mis sufrimientos, os transmitiese mi carta de saludo, tal cual la he escrito. Por todo ello, os ruego encarecidamente que pongáis todo vuestro empeño en mantener la integridad de la fe, en guardar la concordia, en dedicaros a la oración, en acordaros constantemente de mí, para que el Señor se digne dar la libertad a su Iglesia, que en todo el mundo trabaja esforzadamente; y para que yo, que ahora estoy postergado, pueda, una vez liberado, alegrarme con vosotros.

También pido y os ruego, por la misericordia de Dios, que cada uno de vosotros quiera ver en esta carta un saludo personal, ya que las circunstancias me impiden escribiros a cada uno personalmente como solía; por ello, en esta carta, me dirijo a todos vosotros, hermanos y santas hermanas, hijos e hijas, de cualquier sexo y edad, rogándoos que os conforméis con este saludo y que me hagáis el favor de transmitirlo también a los que, aun estando ausentes, se dignan favorecerme con su afecto.

R. Estén ceñidos vuestros lomos, y encendidas vuestras lámparas; * así seréis como los siervos que están esperando a su amo de regreso de las bodas.
V. Velad, porque no sabéis cuándo vendrá vuestro Señor.

Oración

Concédenos, Señor, imitar la firmeza con que el obispo san Eusebio proclamó siempre la divinidad de Jesucristo, para que, manteniéndonos firmes en la fe que él enseñó, merezcamos participar de la misma vida de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.