OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. Señor, enséñame tus caminos. R. Instrúyeme en tus sendas.
Himno
A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero;
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.
Salmodia
Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.
Salmo 135
Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)
Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.
Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.
Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.
El afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.
Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.
El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.
La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.
Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.
Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.
Salmo 135
Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)
El hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.
Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.
Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.
Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.
Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.
Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.
Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.
Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.
Salmo 135
Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)
Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.
Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.
Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.
A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.
Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.
Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.
En heredad a Israel, su siervo:
porque es eterna su misericordia.
En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.
Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.
Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del segundo libro de los Reyes · 4, 8-37
En aquellos días, pasó Eliseo por Sunán. Había allí una mujer rica que le obligó a comer en su casa; después, siempre que él pasaba, entraba allí a comer. Un día, dijo la mujer a su marido:
«Mira, ese que viene siempre por casa es un profeta santo. Si te parece, le hacemos en la azotea una habitación pequeña de tabique: le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil; y, cuando venga a casa, podrá quedarse allí arriba.»
Un día que Eliseo llegó a Sunán, subió a la habitación de la azotea ,y durmió allí. Después, dijo a su criado Guejazi:
«Llama a la sunamita.»
La llamó y se presentó ante él. Entonces, Eliseo habló a Guejazi:
«Dile: “Te has tomado todas estas molestias por nosotros. ¿Qué puedo hacer por ti? Si quieres alguna recomendación para el rey o el general …”»
Ella dijo:
«Yo vivo con los míos.»
Pero Eliseo insistió:
«¿Qué podríamos hacer por ella?»
Guejazi comentó:
«Qué sé yo. No tiene hijos y su marido es viejo.» Eliseo dijo:
«Llámala.»
La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo:
«El año que viene por estas fechas abrazarás a un hijo.»
Ella respondió:
«Por favor, no, señor, no engañes a tu servidora.»
Pero la mujer concibió, y dio a luz un hijo al año siguiente por aquellas fechas, como le había predicho Eliseo. El niño creció. Un día fue adonde su padre, que estaba con los segadores y dijo:
«¡Me duele la cabeza!»
Su padre dijo a un criado:
«Llévalo a su madre.»
El criado lo cogió y se lo llevó a su madre; ella lo tuvo en sus rodillas hasta el mediodía, y el niño murió. Lo subió y lo acostó en la cama del profeta. Cerró la puerta y salió. Llamó a su marido y le dijo:
«Haz el favor de mandarme un criado y una burra; voy a ir corriendo adonde el profeta y vuelvo en seguida.»
Él le dijo:
«¿Por qué vas a ir hoy a visitarlo, si no es luna nueva ni sábado?»
Pero ella respondió:
«Hasta luego.»
Hizo aparejar la burra y ordenó al criado:
«Toma el ronzal y anda. No aflojes la marcha si no te lo digo.»
Marchó, pues, y llegó adonde estaba el profeta, en el monte Carmelo. Cuando Eliseo la vio venir, dijo a su criado Guejazi:
«Allí viene la sunamita. Corre a su encuentro y pregúntale qué tal están ella, su marido y el niño.»
Ella respondió:
«Estamos bien.»
Pero al llegar junto al profeta, en lo alto del monte, se abrazó a sus pies. Guejazi se acercó para apartarla, pero el profeta le dijo:
«Déjala, que está apenada, y el Señor Ine lo tenía oculto sin revelármelo.»
Entonces, la mujer dijo:
«¿Te pedí yo un hijo? ¡Te dije que no me engañaras!»
Eliseo ordenó a Guejazi:
«Cíñete, coge mi bastón y ponte en camino; si encuentras a alguno, no lo saludes, y, si te saluda alguno, no le respondas. Y coloca mi bastón sobre el rostro del niño.»
Pero la madre exclamó:
«¡Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré.»
Entonces, Eliseo se levantó y la siguió. Mientras tanto, Guejazi se había adelantado y había puesto el bastón sobre el rostro del niño, pero el niño no habló ni reaccionó. Guejazi volvió al encuentro de Eliseo y le comunicó:
«El niño no se ha despertado.»
Eliseo entró en la casa y encontró al niño muerto tendido en su cama. Entró, cerró la puerta y oró al Señor. Luego, subió a la cama y se echó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos, con manos, encogido sobre él; la carne del niño fue entrando en calor. Entonces, Eliseo se puso a pasear por la habitación, de acá para allá; subió de nuevo a la cama y se encogió sobre el niño, y así hasta siete veces; el niño estornudó y abrió los ojos. Eliseo llamó a Guejazi y le ordenó:
«Llama a la sunamita.»
La llamó, y, cuando llegó, le dijo Eliseo: «Toma a tu hijo.»
Ella entró y se arrojó a sus pies postrada en tierra. Luego, cogió a su hijo y salió.
SEGUNDA LECTURA
De la carta de santa Clara, virgen, a la beata Inés de Praga
Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna, un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios vas recorriendo sus diversas partes.
Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio del espejo, considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano. Al final de este mismo espejo, contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante. Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor? Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: No hago más que pensar en ello, y estoy abatido. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.
Contemplando, además, sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: «Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca.» Contemplando estas cosas, dígnate acordarte de esta tu insignificante madre, y sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi corazón, ya que te amo más que nadie.
R. Se consumen mi corazón y mi carne * por Dios, mi herencia eterna.
V. Lo perdí todo, con tal de ganar a Cristo y encontrarme unido a él.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
