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Orar

Martes, 2 de octubre de 2029

Santos Ángeles Custodios

Tiempo Ordinario · Blanco · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Enséñame, Señor, a gustar y a comprender. R. Porque me fío de tus mandatos.

Himno

Cantemos hoy a los ángeles,

custodios nuestros y hermanos,

que velan por los humanos

y van de su bien en pos.

Ven siempre la faz del Padre,

él los ampara benigno,

y luchan contra el maligno

en las batallas de Dios.

¡Oh espíritus inmortales!

Tenéis por reina a María,

sois su vital letanía,

su enamorada legión.

Por vuestro medio nos llegan

dones y gracias del cielo,

la fe, la luz, el consuelo,

la paz y la inspiración.

Terribles como un ejército

bien ordenado en batalla,

vuestra asistencia no falla

contra la insidia infernal.

Silentes guardas y amigos,

de nuestra noche luceros,

seréis nuestros compañeros

en la patria celestial.

La gloria a Dios que ha creado

ejército tan prolijo:

que adore sumiso al Hijo,

su rey y su plenitud,

y que al Espíritu Santo,

terrenos y celestiales,

le rindan universales

tributos de gratitud. Amén.

Salmodia

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

No te exasperes por los malvados,

no envidies a los que obran el mal:

se secarán pronto, como la hierba,

como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien,

habita tu tierra y practica la lealtad;

sea el Señor tu delicia,

y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,

confía en él, y él actuará:

hará brillar tu justicia como el amanecer;

tu derecho, como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él,

no te exasperes por el hombre que triunfa

empleando la intriga:

cohíbe la ira, reprime el coraje,

no te exasperes, no sea que obres mal;

porque los que obran mal son excluidos,

pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,

fíjate en su sitio: ya no está;

en cambio, los sufridos poseen la tierra

y disfrutan de paz abundante.

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

El malvado intriga contra el justo,

rechina sus dientes contra él;

pero el Señor se ríe de él,

porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,

asestan el arco,

para abatir a pobres y humildes,

para asesinar a los honrados;

pero su espada les atravesará el corazón,

sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco

que ser malvado en la opulencia;

pues al malvado se le romperán los brazos,

pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos,

y su herencia durará siempre;

no se agostarán en tiempo de sequía,

en tiempo de hambre se saciarán;

pero los malvados perecerán,

los enemigos del Señor

se marchitarán como la belleza de un prado,

en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,

el justo se compadece y perdona.

Los que el Señor bendice poseen la tierra,

los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,

se complace en sus caminos;

si tropieza, no caerá,

porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:

nunca he visto a un justo abandonado,

ni a su linaje mendigando el pan.

A diario se compadece y da prestado;

bendita será su descendencia.

Apártate del mal y haz el bien,

y siempre tendrás una casa;

porque el Señor ama la justicia

y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados,

la estirpe de los malvados se extinguirá;

pero los justos poseen la tierra,

la habitarán por siempre jamás.

Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Confía en el Señor y sigue su camino.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

La boca del justo expone la sabiduría,

su lengua explica el derecho;

porque lleva en el corazón la ley de su Dios,

y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo

e intenta darle muerte;

pero el Señor no lo entrega en sus manos,

no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino;

él te levantará a poseer la tierra,

y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,

que prosperaba como un cedro frondoso;

volví a pasar, y ya no estaba;

lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:

su porvenir es la paz;

los impíos serán totalmente aniquilados,

el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,

él es su alcázar en el peligro;

el Señor los protege y los libra,

los libra de los malvados y los salva,

porque se acogen a él.

Confía en el Señor y sigue su camino.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del segundo libro de los Reyes · 17, l-l1

Oseas, hijo de Elá, subió al trono de Israel en Samaría el año doce del reinado de Ajaz de Judá. Reine nueve años. Hizo lo que el Señor reprueba, aunque no tanto como los reyes de Israel predecesores suyos. Salmanasar, rey de Asiria, lo atacó, y Oseas se le sometió pagándole tributo. Pero el rey de Asiria descubrió que Oseas lo traicionaba: había enviado emisarios a Sais, al rey de Egipto, y no pagó el tributo como hacía otros años. Entonces, el rey de Asiria lo apresó y lo, encerró en la cárcel.

El rey de Asiria invadió el país y, asedió a Samarí, durante tres años. El año noveno de Oséas, el rey di Asiria conquistó Samaría, deportó a los israelitas a Asiria y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, en las poblaciones de Media. Eso sucedió porque, sirviendo a otros dioses, los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto; procedieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado ante ellos y que introdujeron los reyes nombrados por ellos mismos. Los israelitas blasfemaron contra el Señor, su Dios; en todo lugar habitado, desde las torres de vigilancia hasta las plazas fuertes, se erigieron lugares de culto; erigieron cipos y estelas en las colinas altas y bajo los árboles frondosos; allí quemaban incienso, como hacían las naciones que el Señor había desterrado ante ellos. Obraron mal, irritando al Señor. Dieron culto a los ídolos, cosa que el Señor les había prohibido.

El Señor había advertido a Israel y Judá por medio de los profetas y videntes: «Volveos de vuestro mal camino, guardad mis mandatos y preceptos, siguiendo la ley que di a vuestros padres, que les comuniqué por medio de mis siervos los profetas.» Pero no hicieron caso, sino que se pusieron tercos, como sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios. Rechazaron sus mandatos y el pacto que había hecho el Señor con sus padres y las advertencias que les hizo; se fueron tras los ídolos vanos y se desvanecieron, imitando a las naciones vecinas, cosa que el Señor les había prohibido.

Abandonaron los preceptos del Señor, su Dios, se hicieron ídolos de fundición (los dos becerros) y una estela; se postraron ante el ejército del cielo y dieron culto a Baal. Sacrificaron en la hoguera a sus hijos e hijas, practicaron la adivinación y la magia, y se vendieron para hacer lo que el Señor reprueba, irritándolo. El Señor se irritó tanto contra Israel, que los arrojó de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Bernardo, abad

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

R. A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; * te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra.
V. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.