OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Juan de Capistrano, presbítero.
V. El Señor hace caminar a los humildes con rectitud. R. Enseña su camino a los humildes.
Himno
Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.
Salmodia
El Señor hará justicia a los pobres.
SALMO 9 B
Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)
¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»
La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios
y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»
Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.
Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;
se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»
El Señor hará justicia a los pobres.
Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.
SALMO 9 B
Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)
Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?
Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.
Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.
Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.
Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.
Salmo 11
Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo. (San Agustín)
Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.
Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua orgullosa
de los que dicen: «La lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro amo?»
El Señor responde: «Por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre, yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía.»
Las palabras del Señor son palabras sinceras,
como plata limpia de escoria,
refinada siete veces.
Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.
Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del segundo libro de las Crónicas · 35, 20—36, 12
En aquellos días, bastante después de que Josías restaurase el templo, el rey de Egipto, Necó, se dirigió a Cárquemis, junto al Eufrates, para entablar batalla. Josías salió a hacerle frente. Entonces, Necó le envió este mensaje:
«No te metas en mis asuntos, rey de Judá. No vengo contra ti, sino contra la dinastía que me hace la guerra. Dios me ha dicho que me dé prisa. Deja de oponerte a Dios, que está conmigo, no sea que él te destruya.»
Pero Josías, en vez de dejarle paso franco, se empeñó en combatir. Desatendiendo lo que Dios le decía por medio de Necó, entabló batalla en la llanura de Meguidó. Los arqueros dispararon contra el rey Josías, y éste dijo a sus servidores:
«Sacadme del combate, porque estoy gravemente herido.»
Sus servidores lo sacaron del carro, lo trasladaron al otro que poseía y lo llevaron a Jerusalén, donde murió. Lo enterraron en las tumbas de sus antepasados. Todo Judá y Jerusalén hizo duelo por Josías. Jeremías compuso una elegía en su honor, y todos los cantores y cantoras siguen recordándolo en sus elegías. Se han hecho tradicionales en Israel; pueden verse en las Lamentaciones. Para más datos sobre Josías, las obras de piedad que hizo de acuerdo con la ley del Señor y todas sus gestas, de las primeras a las últimas, véase el libro de los reyes de Israel y Judá.
La gente tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo nombraron, rey sucesor en Jerusalén. Cuando Joacaz subió al trono tenía veintitrés años, y reinó tres meses en Jerusalén. El rey de Egipto lo destronó, impuso al país un tributo de cien pesos de plata y un peso de oro, y nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Eliacim, cambiándole el nombre por el de Joaquín. A su hermano Joacaz se lo llevó Necó a Egipto.
Cuando Joaquín subió al trono tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba. Nabucodonosor de Babilonia subió contra él y lo condujo a Babilonia atado con cadenas de bronce. También se llevó algunos objetos del templo y los colocó en su palacio de Babilonia. Para más datos sobre Joaquín, las iniquidades que cometió y todo lo que le sucedió, véase el libro de los reyes de Israel y Judá. Su hijo Jeconías le sucedió en el trono.
Cuando Jeconías subió al trono tenía ocho años, y reinó en Jerusalén tres meses y diez días. Hizo lo que el Señor reprueba. A principios de año, el rey Nabucodonosor envió a por él y lo llevaron a Babilonia, junto con los objetos de valor del templo. Nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Sedecías.
Cuando Sedecías subió al trono tenía veintiún años, y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba; no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba en nombre de Dios.
SEGUNDA LECTURA
Del tratado «Espejo de los clérigos», de san Juan de Capistrano, presbítero
Los que han sido llamados a ministrar en la mesa del Señor deben brillar por el ejemplo de una vida loable y recta, en la que no se halle mancha ni suciedad alguna de pecado. Viviendo honorablemente como sal de la tierra, para sí mismos y para los demás, e iluminando a todos con el resplandor de su conducta, como luz que son del mundo, deben tener presente la solemne advertencia del sublime maestro Cristo Jesús, dirigida no sólo a los apóstoles y discípulos, sino también a todos sus sucesores, presbíteros y clérigos: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
En verdad es pisado por la gente, como barro despreciable, el clero inmundo y sucio, impregnado de la sordidez de sus vicios y envuelto en las cadenas de sus pecados, considerado inútil para sí y para los demás; porque, como dice san Gregorio: «De aquel cuya vida está desprestigiada queda también desprestigiada la predicación.»
Los presbíteros que dirigen bien merecen doble honorario, sobre todo los que se atarean predicando y enseñando. En efecto, los presbíteros que se comportan con dignidad son acreedores a un doble honorario, material y personal, o sea, temporal y a la vez espiritual, que es lo mismo que decir transitorio y eterno al mismo tiempo; pues, aunque viven en la tierra sujetos a las limitaciones naturales como los demás mortales, su anhelo tiende a la convivencia con los ángeles en el cielo, para ser agradables al Rey, como prudentes ministros suyos. Por lo cual, como un sol que nace para el mundo desde las alturas donde habita Dios, alumbre la luz del clero a los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo.
Vosotros sois la luz del mundo. Pues, así como la luz no se ilumina a sí misma, sino que con sus rayos llena de resplandor todo lo que está a su alrededor, así también la vida luminosa de los clérigos virtuosos y justos ilumina y serena, con el fulgor de su santidad, a todos los que la observan. Por consiguiente, el que está puesto al cuidado de los demás debe mostrar en sí mismo cómo deben conducirse los otros en la casa de Dios.
R. No retengas la palabra oportuna ni escondas tu sabiduría; * Pues hablando se muestra la sabiduría, y la inteligencia, en la respuesta de la lengua.
V. Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.
Oración
Señor Dios nuestro, que suscitaste a san Juan de Capistrano, para que confortara a tu pueblo en las adversidades, haz que nosotros nos sintamos siempre seguros bajo tu protección y conserva constantemente en paz a tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
