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Orar

Martes, 13 de noviembre de 2029

Martes de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza. R. Inclina el oído a las palabras de mi boca.

Himno

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra!

Penetra como fuego

y divide la entraña.

¡Nada como tu voz,

es terrible tu espada!

¡Nada como tu aliento,

es dulce tu palabra!

Tenemos que vivir

encendida la lámpara,

que para virgen necia

no es posible la entrada.

No basta con gritar

sólo palabras vanas,

ni tocar a la puerta

cuando ya está cerrada.

Espada de dos filos

que me cercena el alma,

que hiere a sangre y fuego

esta carne mimada,

que mata los ardores

para encender la gracia.

Vivir de tus incendios,

luchar por tus batallas,

rumor de tus sandalias.

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Señor, escucha mi oración,

que mi grito llegue hasta ti;

no me escondas tu rostro

el día de la desgracia.

Inclina tu oído hacia mí;

cuando te invoco, escúchame en seguida.

Que mis días se desvanecen como humo,

mis huesos queman como brasas;

mi corazón está agostado como hierba,

me olvido de comer mi pan;

con la violencia de mis quejidos,

se me pega la piel a los huesos.

Estoy como lechuza en la estepa,

como búho entre ruinas;

estoy desvelado, gimiendo,

como pájaro sin pareja en el tejado.

Mis enemigos me insultan sin descanso;

furiosos contra mí, me maldicen.

En vez de pan, como ceniza,

mezclo mi bebida con llanto,

por tu cólera y tu indignación,

porque me alzaste en vilo y me tiraste;

mis días son una sombra que se alarga,

me voy secando como la hierba.

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Tú, en cambio, permaneces para siempre,

y tu nombre de generación en generación.

Levántate y ten misericordia de Sión,

que ya es hora y tiempo de misericordia.

Tus siervos aman sus piedras,

se compadecen de sus ruinas:

los gentiles temerán tu nombre,

los reyes del mundo, tu gloria.

Cuando el Señor reconstruya Sión,

y aparezca en su gloria,

y se vuelva a las súplicas de los indefensos,

y no desprecie sus peticiones,

quede esto escrito para la generación futura,

y el pueblo que será creado alabará al Señor:

Que el Señor ha mirado

desde su excelso santuario,

desde el cielo se ha fijado en la tierra,

para escuchar los gemidos de los cautivos

y librar a los condenados a muerte,

para anunciar en Sión el nombre del Señor,

y su alabanza en Jerusalén,

cuando se reúnan unánimes los pueblos

y los reyes para dar culto al Señor.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Él agotó mis fuerzas en el camino,

acortó mis días;

y yo dije: «Dios mío, no me arrebates

en la mitad de mis días.»

Tus años duran por todas las generaciones:

al principio cimentaste la tierra,

y el cielo es obra de tus manos.

Ellos perecerán, tú permaneces,

se gastarán como la ropa,

serán como un vestido que se muda.

Tú, en cambio, eres siempre el mismo,

tus años no se acabarán.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros,

su linaje durará en tu presencia.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Ezequiel · 8, 1-6. 16—9, 11

El año sexto, el día cinco del mes sexto, estaba yo sentado en mi casa y los ancianos de Judá estaban sentados frente a mí, cuando se posó sobre mí la mano del Señor. Vi una figura que parecía un hombre: desde lo que parecía ser su cintura para abajo, era de fuego; de su cintura para arriba, era algo así como un resplandor, semejante al fulgor del electro. Alargó algo así como una mano y me tomó por los cabellos; el espíritu me levantó en vilo y me llevó en éxtasis entre el cielo y la tierra a Jerusalén, junto a la puerta septentrional del atrio interior, donde estaba la estatua rival.

Allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la había contemplado en la llanura. Me dijo:

«Hijo de hombre, dirige la vista hacia el norte.»

Dirigí la vista hacia el norte y vi al norte de la puerta del altar la estatua rival, la que está a la entrada. Añadió:

«Hijo de hombre, ¿no ves lo que están haciendo? Graves abominaciones comete aquí la casa de Israel, para que me aleje de mi santuario. Pero aún verás abominaciones mayores.»

Después me llevó al atrio interior de la casa del Señor. A la entrada del templo del Señor, entre el atrio y el altar, había unos veinticinco hombres, de espaldas al templo y mirando hacia el oriente: estaban adorando al sol. Me dijo:

«¿No ves, hijo de hombre? ¡Le parecen poco a la casa de Judá las abominaciones que aquí cometen, y colman al país de violencias, indignándome más y más! Pues también yo actuaré con cólera, no me apiadaré ni perdonaré; me invocarán a voz en grito, pero no los escucharé.»

Entonces lo oí llamar en voz alta:

«Acercaos, verdugos de la ciudad, empuñando cada uno su arma mortal.»

Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte, empuñando mazas. En medio de ellos, un hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura. Al llegar se detuvieron junto al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel se había levantado de los querubines en que se apoyaba, yendo a posarse en el umbral del templo. Llamó al hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, y le dijo el Señor:

«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen afligidos por las abominaciones que en ella se cometen.»

A los otros les dijo en mi presencia:

«Recorred la ciudad detrás de él, golpead sin compasión y sin piedad. A viejos, mozos y muchachas, a niños y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero a ninguno de los marcados toquéis. Empezad por mi santuario.»

Y empezaron por los ancianos que estaban frente al templo. Luego les dijo:

«Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salid a matar por la ciudad.»

Sólo yo quedé con vida. Mientras ellos mataban, caí rostro en tierra y grité:

«¡Ay Señor! ¿Vas a exterminar al resto de Israel, derramando tu cólera sobre Jerusalén?»

Me respondió:

«Grande, muy grande es el delito de la casa de Israel y de Judá; el país está lleno de crímenes, la ciudad colmada de injusticias; porque dicen: “El Señor ha abandonado el país, no lo ve el Señor.” Pues tampoco yo me apiadaré ni perdonaré; doy a cada uno su merecido.»

Entonces el hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, informó, diciendo:

«He cumplido lo que me ordenaste.»

SEGUNDA LECTURA

De la Homilía de un autor del siglo segundo

Hagamos penitencia mientras vivimos en este mundo. Somos, en efecto, como el barro en manos del artífice. De la misma manera que el alfarero puede componer de nuevo la vasija que está modelando, si le queda deforme o se le rompe, cuando todavía está en sus 1nanos, pero, en cambio, le resulta imposible modificar su forma cuando la ha puesto ya en el horno, así también nosotros, mientras estamos en este mundo, tenemos tiempo de hacer penitencia y debemos arrepentirnos con todo nuestro corazón de los pecados que hemos cometido mientras vivimos en nuestra carne mortal, a fin de ser salvados por el Señor.

Una vez que hayamos salido de este mundo, en la eternidad, ya no podremos confesar nuestras faltas ni hacer penitencia. Por ello, hermanos, cumplamos la voluntad del Padre, guardemos casto nuestro cuerpo, observemos los mandamientos de Dios, y así alcanzaremos la vida eterna. Dice, en efecto, el Señor en el Evangelio:

Si no habéis sido fieles en lo poco, ¿quién os confiará lo mucho? Porque os aseguro que quien es fiel en lo poco es también fiel en lo mucho. Esto es lo mismo que decir: «Guardad puro vuestro cuerpo e incontaminado el sello de vuestro bautismo, para que seáis dignos de la vida eterna.»

Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no era juzgada ni resucitará; reconoced, por el contrario, que ha sido por medio de esta carne en la que vivís que habéis sido salvados y habéis recibido la visión. Por ello debemos mirar nuestro cuerpo como si se tratara de un templo de Dios. Pues de la misma manera que habéis sido llamados en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si Cristo el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse carne para podernos llamar, también nosotros por medio de nuestra carne recibiremos la recompensa.

Amémonos, pues, mutuamente a fin de que podamos llegar todos al reino de Dios. Mientras tenemos tiempo de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para que él, como nuestro médico, nos sane; y demos los honorarios debidos a este nuestro médico. ¿Qué honorarios? El arrepentimiento de un corazón sincero. Porque él conoce de antemano todas las cosas y penetra en el secreto de nuestro corazón. Tributémosle, pues, nuestras alabanzas no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón, a fin de que nos acoja como hijos. Pues el Señor dijo: Quien cumple la voluntad de mi Padre será mi hermano.

R. Cuando veáis en el lugar santo lo que el profeta Daniel anuncia como «horrenda profanación del devastador», sobrevendrá una tribulación tan espantosa que, si no se abreviasen aquellos días, nadie se salvaría. * Pero se abreviarán los días aquellos en atención a los escogidos.
V. No hagáis daño a la tierra ni al mar, hasta que no hayamos sellado en la frente a los siervos de nuestro Dios.

R. Los justos viven eternamente, reciben de Dios su recompensa, el Altísimo cuida de ellos. * Recibirán la noble corona, la rica diadema de manos del Señor.
V. Ahora los cuentan entre los hijos de Dios y comparten la herencia con los santos.

R. Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo; * pues yo no me complazco en la muerte de nadie —oráculo del Señor—; arrepentíos y viviréis.
V. Dios os aguarda pacientemente, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos vengáis a arrepentiros.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.