Saltar al contenido

Orar

Sábado, 17 de noviembre de 2029

Santa Isabel de Hungría, religiosa

Tiempo Ordinario · Blanco · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. No dejamos de orar y pedir por vosotros. R. Para que lleguéis al pleno conocimiento de la voluntad de Dios.

Himno

A caminar sin ti, Señor, no atino;

tu palabra de fuego es mi sendero;

me encontraste cansado y prisionero

del desierto, del cardo y del espino.

Descansa aquí conmigo del camino,

que en Emaús hay trigo en el granero,

hay un poco de vino y un alero

que cobije tu sueño, Peregrino.

Yo contigo, Señor, herido y ciego;

tú conmigo, Señor, enfebrecido,

el aire quieto, el corazón en fuego.

Y en diálogo sediento y torturado

se encontrarán en un solo latido,

cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.

Salmodia

El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

El Dios de los dioses, el Señor, habla:

convoca la tierra de oriente a occidente.

Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:

viene nuestro Dios, y no callará.

Lo precede fuego voraz,

lo rodea tempestad violenta.

Desde lo alto convoca cielo y tierra,

para juzgar a su pueblo:

«Congregadme a mis fieles,

que sellaron mi pacto con un sacrificio.»

Proclame el cielo su justicia;

Dios en persona va a juzgar.

El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.

Invócame el día del peligro y yo te libraré.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;

Israel, voy a dar testimonio contra ti;

—yo, el Señor, tu Dios—.

No te reprocho tus sacrificios,

pues siempre están tus holocaustos ante mí.

Pero no aceptaré un becerro de tu casa,

ni un cabrito de tus rebaños;

pues las fieras de la selva son mías,

y hay miles de bestias en mis montes;

conozco todos los pájaros del cielo,

tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría;

pues el orbe y cuanto lo llena es mío.

¿Comeré yo carne de toros,

beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,

cumple tus votos al Altísimo

e invócame el día del peligro:

yo te libraré, y tú me darás gloria.»

Invócame el día del peligro y yo te libraré.

El sacrificio de acción de gracias me honra.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

Dios dice al pecador:

«¿Por qué recitas mis preceptos

y tienes siempre en la boca mi alianza,

tú que detestas mi enseñanza

y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él;

te mezclas con los adúlteros;

sueltas tu lengua para el mal,

tu boca urde el engaño;

te sientas a hablar contra tu hermano,

deshonras al hijo de tu madre;

esto haces, ¿y me voy a callar?

¿Crees que soy como tú?

Te acusaré, te lo echaré en cara.»

Atención los que olvidáis a Dios,

no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias,

ése me honra,

al que sigue buen camino

le haré ver la salvación de Dios.

El sacrificio de acción de gracias me honra.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Ezequiel · 14, 12-23

En aquellos días, el Señor me dirigió la palabra y me dijo:

«Hijo de hombre, si un país peca contra mí cometiendo un delito, extenderé mi mano contra él, le cortaré el sustento de pan y le mandaré hambre, y extirparé de él hombres y animales. Si se encontrasen allí estos tres varones, Noé, Daniel y Job, por ser justos, salvarían ellos la vida —oráculo del Señor—. Si suelto por el país fieras salvajes que lo dejen sin hijos, para que quede devastado y sin nadie que lo transite, por miedo a las fieras, aunque esos tres varones se encuentren allí, ¡por mi vida! —oráculo del Señor—, juro que no salvarán a sus hijos ni a sus hijas; ellos solos se salvarán y el país quedará devastado.

Si mando la espada contra ese país, si ordeno a la espada que atraviese el país y extirpo de él hombres y animales, aunque se encuentren allí esos tres varones, ¡por mi vida! —oráculo del Señor—, juro que no salvarán a sus hijos ni a sus hijas, sino que ellos solos se salvarán. Si le envío la peste a ese país y derramo sobre él mi cólera, para extirpar de él hombres y animales, aunque se encuentren allí Noé, Daniel y Job, ¡por mi vida! —oráculo del Señor—, juro que no salvarán a sus hijos ni a sus hijas, sino que ellos solos, por ser justos, salvarán la vida.

Pues así dice el Señor: ¡Cuánto más cuando yo mande mis cuatro fatídicas plagas: la espada, el hambre, las fieras salvajes y la peste, contra Jerusalén, para extirpar de ella hombres y animales! Si queda allí algún superviviente, hijos e hijas que hayan logrado evadirse adonde estáis vosotros, entonces, al ver su conducta y sus malas obras, os sentiréis aliviados de la catástrofe que mandé contra Jerusalén, de todo lo que mandé contra ella. Sí que os aliviarán: pues al ver su conducta y sus malas obras, caeréis en la cuenta de que no sin razón ejecuté en ella lo que ejecuté —oráculo del Señor—.»

SEGUNDA LECTURA

De una carta escrita por Conrado de Marburgo, director espiritual de santa Isabel

Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio de su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.

Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacía la cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección, me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en puerta.

En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban desnudados los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la que había establecido frailes menores, estando presentes algunas personas, renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas que el Salvador, en el Evangelio, aconsejó abandonar. Después de esto, viendo que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por la gloria mundana de aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato, me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad: allí, en la ciudad, hizo edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados.

Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol.

Antes de su muerte, la oí en confesión, y, al preguntarle cómo había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo, y me pidió que se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo hablando, hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación: finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la asistían, expiró como quien se duerme plácidamente.

R. Has obrado con valor, y tu corazón se ha hecho fuerte, porque amaste la castidad. * Por eso, serás bendita eternamente.
V. Tus oraciones y tus limosnas han llegado hasta Dios y las tiene presentes.

Oración

Dios nuestro, que concediste a santa Isabel de Hungría el don de reconocer y venerar a Cristo en los pobres, concédenos, por su intercesión, que sirvamos siempre a los necesitados y afligidos con una incansable caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.