OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. Todos quedaban maravillados. R. De las palabras que salían de la boca de Dios.
Himno
Salve, Madre de misericordia,
madre de esperanza y de perdón,
madre de Dios y madre de gracia,
madre llena de gozo y de amor.
Jardín floral de virtudes lleno,
todo fragante, de rico olor,
madre querida, con tus consuelos
atiende, pía, nuestro dolor.
Te creó el Padre sumo, increado;
su Unigénito tu seno honró;
el Espíritu Almo te fecunda,
a los tres damos gloria y honor. Amén.
Salmodia
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Salmo 17 · 17, 2-30
En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz
y mi grito llegó a sus oídos.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
El Señor me libró porque me amaba.
Salmo 17 · 17, 2-30
En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su rostro se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz,
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba sobre un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad:
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste el fragor de tu voz,
al soplo de tu ira.
Desde el cielo alargó la mano y me sostuvo,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
El Señor me libró porque me amaba.
Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.
Salmo 17 · 17, 2-30
En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)
El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega;
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del libro del profeta Ezequiel · 20, 27-44
En aquellos días, el Señor me dirigió la palabra y me dijo:
«Hijo de hombre, habla así a la casa de Israel: Esto dice el Señor: Vuestros padres me ofendieron cometiendo esta traición: Cuando los introduje en la tierra que con la mano en alto había jurado darles, al ver un collado alto, al ver un árbol copudo, allí hacían sus sacrificios, allí depositaban su irritante ofrenda, allí ponían sus oblaciones de aroma que aplaca, allí vertían sus libaciones. Entonces les pregunté: “¿Qué hay en ese altozano que frecuentáis?” Y se quedó con el nombre de “altozano” hasta el día de hoy.
Por tanto, dile a la casa de Israel: Esto dice el Señor: Os contamináis igual que vuestros padres, fornicáis con sus fetiches, ofrecéis a vuestros hijos pasándolos por el fuego, os seguís contaminando con vuestros ídolos, ¿y voy a dejarme consultar por vosotros, casa de Israel? Por mi vida —oráculo del Señor—, juro que no me dejaré consultar. Jamás se realizarán los planes que estáis pensando: "Seremos como los demás pueblos, como las razas de otros países, sirviendo al palo y a la piedra.
Por mi vida —oráculo del Señor— juro que con mano poderosa, con brazo extendido, con cólera incontenible, reinaré sobre vosotros, y os sacaré de los países y os reuniré de entre las naciones por las que andáis dispersos, con mano poderosa, con brazo extendido, con cólera incontenible. Y os llevaré al desierto de los pueblos, para pleitear allí con vosotros cara a cara. Igual que pleiteé con vuestros padres, en el desierto de Egipto, así pleitearé con vosotros —oráculo del Señor—. Os haré pasar bajo el cayado, y os haré entrar uno a uno por el aro de la alianza; y excluiré a los rebeldes, que se sublevan contra mí; los sacaré del país de su destierro, pero no entrarán en la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy el Señor.
A vosotros, casa de Israel, esto os dice el Señor: Cada uno que vaya a servir a sus ídolos, si no quiere obedecerme; pero que no siga profanando mi santo nombre, con sus ofrendas idolátricas. Porque en mi santo monte, en el más alto monte de Israel —oráculo del Señor—, allí en la tierra, me servirá la casa de Israel toda entera. Allí los aceptaré, allí os pediré vuestros tributos, vuestras primicias y vuestros dones sagrados.
Como aroma que calma os aceptaré, cuando os saque de los países y os reúna de entre las naciones en las que estáis dispersos, y muestre en vosotros mi santidad a la vista de los gentiles. Y sabréis que yo soy el Señor cuando os lleve a la tierra de Israel, al país que con la mano en alto juré dar a vuestros padres. Allí, cuando os acordéis de vuestra conducta y de las malas obras con que os contaminasteis, sentiréis asco de vosotros mismos por las maldades que cometisteis. Y sabréis que yo soy el Señor cuando os trate como exige mi nombre, no según vuestra mala conducta y vuestras obras perversas, casa de Israel —oráculo del Señor—.»
SEGUNDA LECTURA
De los sermones de san Agustín, obispo
Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano sobre susdiscípulos: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella?
Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.
Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el vientre que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno.
María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos.
R. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: * Porque me ha vestido un traje de gala, como novia que se adorna con sus joyas.
V. Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
