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Jueves, 20 de diciembre de 2029

20 de diciembre

Adviento · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Una voz clama en el desierto: R. Enderezad las sendas para nuestro Dios.

Himno

Alegría de nieve

por los caminos.

Todo espera la gracia

del Bien Nacido.

Miserables los hombres,

dura la tierra.

Cuanta más nieve cae,

más cielo cerca.

La tierra tan dormida

ya se despierta.

Y hasta el hombre más muerto

se despereza.

Ya los montes se allanan

y las colinas,

y el corazón del hombre

vuelve a la vida.

Gloria al Padre y al Hijo,

gloria al Espíritu,

que han mirado a la tierra

compadecidos. Amén.

Salmodia

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88 · 88, 39-53

Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)

Tú, encolerizado con tu Ungido,

lo has rechazado y desechado;

has roto la alianza con tu siervo

y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas

v derrocado sus fortalezas;

todo viandante lo saquea,

y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos

y has dado el triunfo a sus adversarios;

pero a él le has embotado la espada

y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso

y has derribado su trono;

has acortado los días de su juventud

y lo has cubierto de ignominia.

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)

Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra,

desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera

y nos ha trastornado tu indignación!

Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada:

y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,

y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta,

la mayor parte son fatiga inútil,

porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,

quién ha sentido el peso de tu cólera?

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Isaías · 41, 21-29

Presentad vuestro pleito —dice el Señor—; aducid vuestras pruebas —dice el Rey de Jacob—; que se adelanten y nos anuncien lo que va a suceder: Narradnos vuestras predicciones pasadas, y prestaremos atención; anunciadnos el futuro, y conoceremos el desenlace; narrad los sucesos futuros, y sabremos que sois dioses.

Haced algo, bueno o malo, que nos demos cuenta y lo veamos todo. Mirad, vosotros sois nada; vuestras obras, vacío; es abominable elegiros.

Yo lo he suscitado en el norte, y ha venido; en oriente lo llamo por su nombre; pisará gobernantes como barro,

como pisa el alfarero la arcilla. ¿ Quién lo anunció de antemano, para que se supiera, por adelantado, para que dijeran: «Tiene razón»?

Ninguno lo narra, ninguno lo anuncia, nadie oye vuestro discurso. Lo anuncié yo el primero en Sión y envié un heraldo a Jerusalén. Busqué; pero entre ellos no había nadie, ningún consejero a quien preguntarle para que me informara. Todos juntos eran nada; sus obras, vacío; aire y nulidad, sus estatuas.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Isaías · 48, 1-11

Escuchad esto, casa de Jacob, que lleváis el nombre de Israel, que brotáis de la semilla de Judá, que juráis por el nombre del Señor, que invocáis al Dios de Israel, pero sin verdad ni rectitud, aunque tomáis nombre de la ciudad santa y os apoyáis en el Dios de Israel, cuyo nombre es «Señor de los ejércitos».

El pasado lo predije de antemano: de mi boca salió y lo anuncié; de repente lo realicé y sucedió. Porque sé que eres obstinado, que tu cerviz es un tendón de hierro y tu frente es de bronce, por eso te lo anuncio de antemano, antes de que te suceda te lo predigo, para que no digas: «Mi ídolo lo ha hecho, mi estatua de leño o metal lo ha ordenado.» Lo que escuchaste lo verás todo, ¿no lo vas a admitir?

Y ahora te predigo algo nuevo, secretos que no conoces, que ahora son creados y no antes, ni de antemano los oíste, para que no digas: «Ya lo sabía.» Ni lo habías oído ni lo sabías, aún no estaba abierto tu oído, porque yo sabía lo pérfido que eres, que desde el vientre de tu madre te llaman rebelde.

Por mi nombre doy largas a mi cólera, por mi honor la reprimo para no aniquilarte. Mira, yo te he refinado como plata, te he probado en el crisol de la desgracia; por mí, por mí lo hago: porque mi nombre no ha de ser profanado, y mi gloria no la cedo a nadie.

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre

Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, condenados a muerte por una sentencia divina, esperamos, Señora, tu palabra de misericordia.

En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida.

Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán, arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados, que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies.

Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza.

Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna.

¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal olvide ahora la prudencia. Virgen prudente, no temas en este caso la presunción, porque, si bien es amable el pudor en el silencio, ahora es más necesario que en tus palabras resplandezca la misericordia.

Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. Aquí está —dice la Virgen— la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

R. Les suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca; * y él les dirá todo lo que yo le mande.
V. Enviaré a mi amado Hijo; éste es ciertamente el profeta que ha de venir al mundo.

R. Ya te he probado en el crisol de la desgracia; por mí, por mí lo hago: porque mi nombre no ha de ser profanado, * y mi gloria no la cedo a nadie.
V. En un arranque de ira te escondí un instante mi rostro; pero te amo con amor eterno.

R. Recibe la palabra, Virgen María, que el Señor te anuncia por medio del ángel: concebirás y darás a luz al Dios hecho hombre, * para que te llamen bendita entre las mujeres.
V. Darás a luz un hijo sin perder tu virginidad, concebirás en tu seno y serás madre siempre intacta.

Oración

Dios nuestro, cuyo Verbo inefable fue recibido por la Virgen Inmaculada cuando aceptó tu designio, manifestado por el anuncio del ángel, e, inundada por la luz del Espíritu Santo, fue convertida en mansión de la divinidad, concédenos que también nosotros, a imitación suya, aceptemos siempre sincera y humildemente tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.