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Orar

Domingo, 23 de diciembre de 2029

4º domingo de Adviento

Adviento · Morado · Ciclo B

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. La palabra de Dios es viva y eficaz. R. Más penetrante que espada de doble filo.

Himno

Alegría de nieve

por los caminos.

Todo espera la gracia

del Bien Nacido.

Miserables los hombres,

dura la tierra.

Cuanta más nieve cae,

más cielo cerca.

La tierra tan dormida

ya se despierta.

Y hasta el hombre más muerto

se despereza.

Ya los montes se allanan

y las colinas,

y el corazón del hombre

vuelve a la vida.

Gloria al Padre y al Hijo,

gloria al Espíritu,

que han mirado a la tierra

compadecidos. Amén.

Salmodia

Mirad, viene ya el Rey excelso, con gran poder, para salvar a todos los pueblos. Aleluya.

Salmo 23

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes

y puro corazón,

que no confía en los ídolos

ni jura contra el prójimo en falso.

Ése recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.

Éste es el grupo que busca al Señor,

que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,

levantaos, puertas antiguas:

va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,

levantaos, puertas antiguas:

va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria.

Mirad, viene ya el Rey excelso, con gran poder, para salvar a todos los pueblos. Aleluya.

Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene. No temas, Sión, tu salvación está cerca.

Salmo 65

Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)

Aclama al Señor, tierra entera;

tocad en honor de su nombre,

cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras,

por tu inmenso poder tus enemigos se rinden!»

Que se postre ante ti la tierra entera,

que toquen en tu honor,

que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios,

sus temibles proezas en favor de los hombres:

transformó el mar en tierra firme,

a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios,

que con su poder gobierna eternamente;

sus ojos vigilan a las naciones,

para que no se subleven los rebeldes.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,

haced resonar sus alabanzas,

porque él nos ha devuelto la vida

y no dejó que tropezaran nuestros pies.

¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba,

nos refinaste como refinan la plata;

nos empujaste a la trampa,

nos echaste a cuestas un fardo:

sobre nuestro cuello cabalgaban,

pasamos por fuego y por agua,

pero nos has dado respiro.

Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene. No temas, Sión, tu salvación está cerca.

Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará.

Salmo 65

Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)

Entraré en tu casa con víctimas,

para cumplirte mis votos:

los que pronunciaron mis labios

y prometió mi boca en el peligro.

Te ofreceré víctimas cebadas,

te quemaré carneros,

inmolaré bueyes y cabras

Fieles de Dios, venid a escuchar,

os contaré lo que ha hecho conmigo:

a él gritó mi boca

y lo ensalzó mi lengua.

Si hubiera tenido yo mala intención,

el Señor no me habría escuchado;

pero Dios me escuchó,

y atendió a mi voz suplicante.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica

ni me retiró su favor.

Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará.

SEGUNDA LECTURA

Nadie duda que san Juan de Kety debe ser contado entre aquellos excelentes varones que fueron eximios por su santidad y doctrina, porque practicaban lo que enseñaban, y por la defensa de la fe ortodoxa, impugnada por los herejes. Mientras en las regiones vecinas pululaban las herejías y los cismas, el bienaventurado Juan enseñaba en la universidad de Cracovia la doctrina tomada de su más pura fuente, y confirmaba la más auténtica doctrina moral, que con mucho empeño explicaba al pueblo en sus sermones, con la humildad, castidad, misericordia, penitencia y todas las otras virtudes propias de un santo sacerdote y de un celoso ministro.

Así, pues, constituye no sólo una honra y gloria para los profesores de aquella universidad, sino que dejó un ejemplo maravilloso, que producirá abundantes frutos, para todos aquellos que se dedican a este ministerio, es decir, para que no cesen en su empeño de conseguir ser unos doctores perfectos, y para que se esfuercen en enseñar, con las palabras y con las obras, la ciencia de Dios, junto con las restantes disciplinas, para alabanza y gloria de Dios.

A la piedad con que se ocupaba de las cosas de Dios, se añadía su humildad, y, aunque aventajaba a todos en ciencia, se anonadaba a sí mismo y no se anteponía a nadie; más aún, deseaba ser despreciado y pospuesto por todos; y llegaba tan lejos que trataba con la misma equidad a los que lo despreciaban y denigraban.

A su humildad acompañaba una extraordinaria sencillez, propia de un niño, y por esto en sus hechos y dichos no había ni ambigüedad ni fingimiento; lo que tenía en el corazón lo proclamaba con sus labios. Si sospechaba que casualmente, al decir la verdad, había ofendido a alguien, antes de acercarse a celebrar, pedía perdón no tanto por su error como por el ajeno. Durante el día, una vez cumplido su deber de enseñar, se dirigía directamente a la iglesia, donde, por largo tiempo, se dedicaba a la oración y a la contemplación ante Cristo, escondido en la Eucaristía. Dios era el mismo en su corazón y en sus labios.

Responsorio Is 58, 7-8

R. Parte tu pan con el que tiene hambre, da hospedaje a los pobres que no tienen techo; * entonces brillará tu luz como la aurora, y tu justicia te abrirá camino. V. Cuando veas a alguien desnudo, cúbrelo, y no desprecies a tu semejante.

R. Entonces brillará tu luz como la aurora, y tu justicia te abrirá camino.

Laudes: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros.

Vísperas: Os aseguro que lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Oración

Concédenos, Señor, que, siguiendo el ejemplo de san Juan de Kanty, crezcamos en santidad y, practicando como él la misericordia para con nuestros hermanos, obtengamos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.