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Orar

Lunes, 21 de enero de 2030

Santa Inés, virgen y mártir

Tiempo Ordinario · Rojo · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Enséñame, Señor, a caminar con lealtad. R. Porque tú eres mi Dios y Salvador.

Himno

Testigos de amor

de Cristo Señor,

mártires santos.

Rosales en flor

de Cristo el olor,

mártires santos.

Palabras en luz

de Cristo Jesús,

mártires santos.

Corona inmortal

del Cristo total,

mártires santos. Amén.

Salmodia

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado;

tú, que eres justo, ponme a salvo,

inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,

sé la roca de mi refugio,

un baluarte donde me salve,

tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:

sácame de la red que me han tendido,

porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu:

tú, el Dios leal, me librarás;

tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,

pero yo confío en el Señor;

tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,

velas por mi vida en peligro;

no me has entregado en manos del enemigo,

has puesto mis pies en un camino ancho.

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

Piedad, Señor, que estoy en peligro:

se consumen de dolor mis ojos,

mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;

mis años, en los gemidos;

mi vigor decae con las penas,

mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,

la irrisión de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos:

me ven por la calle y escapan de mí.

Me han olvidado como a un muerto,

me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,

y todo me da miedo;

se conjuran contra mí

y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,

te digo: «Tú eres mi Dios.»

En tu mano está mi destino:

líbrame de los enemigos que me persiguen;

haz brillar tu rostro sobre tu siervo,

sálvame por tu misericordia.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

¡Qué bondad tan grande, Señor,

reservas para tus fieles,

y concedes a los que a ti se acogen

a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes

de las conjuras humanas;

los ocultas en tu tabernáculo,

frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí

prodigios de misericordia

en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:

«Me has arrojado de tu vista»;

pero tú escuchaste mi voz suplicante

cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;

el Señor guarda a sus leales,

y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón

los que esperáis en el Señor.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Génesis · 11, 1-26

El mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar de oriente, lo ores encontraron una llanura en el país de Senaar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: «Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos.»

Empleando ladrillos, en vez de piedras, y alquitrán, en vez de cemento. Y dijeron:

«Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra.»

El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres; y se dijo:

«Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Vamos a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo.»

El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.

Descendientes de Sem:

Tenía Sem cien años, cuando engendró a Arfaxad dos años después del diluvio; después vivió quinientos años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Arfaxad treinta y cinco años, cuando engendró a Sela; después vivió cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Sela treinta años, cuando engendró a Heber; después vivió cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Heber treinta y cuatro año, 'uando engendro a Peleg; después vivió cuatrocientos cincuenta años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Peleg treinta años, cuando engendró a Reu; después vivió doscientos nueve años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Reu treinta y dos años, cuando engendró a Sarug; después vivió doscientos siete años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Sarug treinta años, cuando engendró a Najor; después vivió doscientos años, engendró hijos e hijas.

Tenía Najor veintinueve año cuando engendró a Teraj; después vivió ciento diez y nueve años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Teraj setenta años, cu ido engendró a Abram, Najor y Harán.

SEGUNDA LECTURA

Del tratado de san Ambrosio, obispo, sobre las vírgenes

Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tan tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.

¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y, si distraídamente se pinchan con una aguja, se ponen a llorar como si se tratara de una herida.

Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.

¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.

Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales. El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo:

«Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero.»

Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si él fuese el condenado; cómo temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio.

R. Celebremos la festividad de santa Inés, recordemos su glorioso martirio: * en su juventud afrontó la muerte y encontró la vida.
V. Pues amó únicamente al Autor de la vida.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, que te has complacido en elegir lo débil a los ojos del mundo para confundir a los que se creían fuertes, concede a quienes estamos celebrando el martirio de santa Inés imitar la heroica firmeza de su fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.