OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. R. Constituido sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec.
Himno
Delante de tus ojos
ya no enrojecemos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor, que es justo,
revoca sus decretos:
la salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.
Salmodia
El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.
Salmo 1
Felices los que, poniendo su esperanza en la cruz, se sumergieron en las aguas del bautismo.
Dichoso el hombre,
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.
El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.
Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión, mi monte santo.
Salmo 2
Verdaderamente se aliaron contra tu santo siervo Jesús, tu Ungido. (Hch 4, 27)
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
«Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo.»
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
«Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo.»
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza.»
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!
Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión, mi monte santo.
Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.
Salmo 3
Durmió el Señor el sueño de la muerte y resucitó del sepulcro porque el Padre fue su ayuda. (S. Ireneo)
Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
«Ya no lo protege Dios.»
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tu golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.
De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.
Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.
SEGUNDA LECTURA
De las Meditaciones de san Juan Bautista de la Salle, presbítero
Caed en la cuenta de lo que dice el apóstol Pablo, esto es, que Dios puso en su Iglesia apóstoles, profetas y doctores, y observaréis que es él quien os puso en vuestro oficio. Pablo es también quien os vuelve a dar testimonio, cuando dice que hay diversos ministerios y diversas operaciones y que es el mismo Espíritu quien se manifiesta en todas ellas para la utilidad común, es decir, para el bien de la Iglesia.
No dudéis entonces de que la gracia que se os ha concedido de enseñar a los niños, de anunciarles el Evangelio y de educar su espíritu religioso es un gran don de Dios, que es quien os ha llamado a este oficio.
Por tanto, los niños, que han sido entregados a vuestro cuidado, han de ver que sois ministros de Dios porque ejercéis vuestro oficio con una caridad sincera y una fraternal diligencia. El pensar que sois no sólo ministros de Dios, sino también de Cristo y de la Iglesia, os debe ayudar a cumplir con vuestra obligación.
Esto es lo que dice san Pablo cuando exhorta a que todos los que anuncian el Evangelio sean considerados como ministros de Cristo y que escriban la carta que Cristo dicta, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón de los niños. Por esto, el amor de Dios debe apremiaros, puesto que Jesucristo murió por todos para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó. Que vuestros discípulos, estimulados por vuestra diligencia y solicitud, sientan que es Dios mismo quien les exhorta por vuestro medio, ya que actuáis como embajadores de Cristo.
Es necesario que manifestéis a la Iglesia el amor que por ella sentís y le deis pruebas de vuestra diligencia, pues trabajáis en unión con la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Que vuestra actuación haga ver que amáis a los que Dios os encomendó con el mismo amor con que Cristo amó a su Iglesia.
Esforzaos porque los niños lleguen efectivamente a formar parte de este templo, de tal modo que sean dignos de presentarse un día ante el tribunal de Jesucristo gloriosamente, sin mancha ni arruga ni nada por el estilo, y puedan así manifestar a los siglos venideros las abundantes riquezas de la gracia que Dios os otorgó para educar y enseñar, y a ellos para aprender, todo con vistas a la herencia del reino de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor.
R. Le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos trataban de apartarlos. Jesús, al verlo, les dijo: * «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo estorbéis, porque el reino de Dios es de los que son como ellos.» (T. P. Aleluya.)
V. Y tomándolos en sus brazos los bendecía, imponiendo su mano sobre ellos.
Oración
Señor, Dios nuestro, que elegiste a san Juan Bautista de la Salle para educar cristianamente a la juventud, suscita en tu Iglesia educadores que se consagren por entero a la formación humana y cristiana de los jóvenes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
