OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya. R. El cielo y la tierra se alegran. Aleluya.
Himno
«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén.
Salmodia
Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. Aleluya.
Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)
Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
«Yo soy tu victoria.»
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
«Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?»
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.
Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. Aleluya.
Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso. Aleluya.
Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)
Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste,
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar,
cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.
Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso. Aleluya.
Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor. Aleluya.
Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)
Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no se hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles;
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío;
Señor mío, defiende mi causa.
Júzgame tú según tu justicia.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria;
que repitan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabaré.
Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor. Aleluya.
SEGUNDA LECTURA
De las Homilías de San Bernardo Abad.
María es llamada estrella del mar. Efectivamente, con sumo acierto se la compara a una estrella, porque así como el astro sin alterar su naturaleza difunde sus rayos, así, sin menoscabar su cuerpo, la Virgen dio a luz al Hijo de Dios. Y como el rayo no quita a la estrella su esplendor, el Hijo no mengua en la Virgen su integridad. Ella es, pues, la noble estrella de la Casa de Jacob: su luz ilumina todo el mundo, su fulgor resplandece en los cielos y penetra en los abismos; colma también la tierra y esclareciendo las almas más que los cuerpos, facilita la conquista de las virtudes y destruye los vicios. Ella, además, es la fulgente y sublime estrella que, necesariamente elevada sobre el vasto y espacioso mar de la vida, resplandece por sus méritos e ilumina con sus ejemplos.
Tú, quienquiera que seas, si entre las olas del mar de este mundo te sientes arrastrado por violentas borrascas que te impiden alcanzar la orilla y quieres salvarte de la tempestad, no quites tus ojos del resplandor de esta estrella. Si te vieras envuelto por el huracán de las tentaciones y te sintieras golpeado entre los escollos de la tribulación, mira la estrella, invoca a María. Si fueras alcanzado por las ondas de la soberbia, de la ambición, de la calumnia, de la envidia, mira la estrella, invoca a María. Si la ira, la avaricia o la seducción de la carne golpean la navecilla de tu voluntad, mira la estrella, invoca a María. Si, conturbado por la gravedad de los pecados, confundido por la propia indignidad o sobrecogido por el temor del juicio, comenzaras a sumergirte en el abismo de la tristeza o desesperación, piensa en María, invoca a María. En los peligros, en las dificultades, en las dudas, piensa en María, invoca a María. Su nombre esté siempre en tus labios, su amor colme tu corazón y, para asegurarte la eficacia de su plegaria, no olvides los ejemplos de su vida. Siguiéndola no te desviarás del recto sendero; invocándola no podrás desesperar; pensando en Ella no errarás. Si Ella te sostiene, no caerás; si te protege, nada podrás temer; si Ella te guía, no sentirás el cansancio del camino; si Ella te ampara, llegarás a la meta.
R. Bendita tú, Madre de Cristo; has engendrado al que es tu Señor. Fulgente estrella del mar, guía y salva a tus fieles. * Tú, ensalzada por los coros de los ángeles. (T. P. Aleluya.)
V. Ruega por nosotros, dulce Virgen María.
Oración
Señor, que hiciste a la Virgen María madre y auxilio de los cristianos, fortalece a tu Iglesia con su intercesión, para que pueda soportar con paciencia y vencer con amor las opresiones interiores y externas, y así manifestar abiertamente a los hombres el misterio de Cristo. Que vive y reina contigo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
