OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. El Señor nos instruirá en sus caminos. R. Y marcharemos por sus sendas.
Himno
Delante de tus ojos
ya no enrojecemos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor, que es justo,
revoca sus decretos:
la salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.
Salmodia
Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.
Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37
Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)
Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los cabellos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas conque te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;
cuando me visto de saco, se ríen de mí;
sentados a la puerta murmuran,
mientras beben vino me cantan burlas.
Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.
En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37
Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)
Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,
por tu gran compasión vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme en seguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.
En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37
Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)
Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.
Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Comienza el libro del profeta Zacarías · 1, 1-21
En el mes octavo del año segundo de Darío, fue dirigida la palabra del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí, en estos términos:
«El Señor está irritado contra vuestros padres. Les dirás: “Así dice el Señor de los ejércitos: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros. No seáis como vuestros padres, a quienes predicaban los antiguos profetas: ‘Así dice el Señor: Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas obras’, pero no me obedecieron ni me hicieron caso —oráculo del Señor—. Vuestros padres ¿dónde están ahora? Vuestros profetas ¿viven eternamente? Pero mis palabras y preceptos que mandé a mis siervos los profetas ¿no es verdad que alcanzaron a vuestros padres? Por eso ellos se convirtieron, diciendo: ‘Como el Señor de los ejércitos había dispuesto tratarnos por nuestra conducta y obras, así nos ha sucedido.’”»
El día veinticuatro del mes undécimo —el mes de Sebat— del año segundo de Darío, vino el siguiente mensaje del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí:
Tuve una visión nocturna: Vi un jinete sobre un caballo rojo, de pie entre los mirtos de un valle; detrás de él había caballos rojos, castaños, negros y blancos; pregunté:
«¿Quiénes son éstos, señor?»
Y me contestó el ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Te mostraré quiénes son.»
Pero el jinete que estaba entre los mirtos dijo:
«A éstos los ha despachado el Señor para que recorran la tierra.»
Contestaron éstos al ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Hemos recorrido la tierra, y toda ella está quieta y en paz.»
Preguntó el ángel del Señor:
«¿Hasta cuándo, Señor de los ejércitos, no te compadecerás de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las que estás irritado desde hace setenta años?»
Respondió el Señor al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de consuelo. El ángel que me hablaba me dijo:
«Proclama lo siguiente: “Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Jerusalén y por Sión, y una gran cólera contra las naciones confiadas que contribuyeron a la desgracia durante mi breve cólera. Por eso, así dice el Señor: Me vuelvo con misericordia a Jerusalén. En ella será reedificado mi templo —oráculo del Señor de los ejércitos—, el cordel de medir será tendido sobre Jerusalén.” Proclama también: “Así dice el Señor de los ejércitos: Otra vez rebosarán las ciudades de bienes, el Señor consolará otra vez a Sión y elegirá de nuevo a Jerusalén.”»
Levanté luego los ojos y vi cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba conmigo:
«¿Qué significan?»
Él contestó:
«Éstos son los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén.»
Después el Señor me hizo ver cuatro herreros. Pregunté:
«¿Qué han venido a hacer?»
Respondió:
«Aquéllos eran los cuernos que dispersaron a Judá, hasta no dejar alzar cabeza a un solo hombre; y éstos vinieron a abatirlos, para derribar los cuernos de las naciones que levantaron su poder contra la tierra de Judá para dispersarla.»
SEGUNDA LECTURA
De una carta de san Luis Gonzaga, dirigida a su madre
Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en estar alegres con los que ríen y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás.
Te he de confesar, ilustre señora, que, al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado.
Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esa infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a vernos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos.
Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte su bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas. Así te escribo porque estoy convencido de que esta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo.
R. Has conservado mi inocencia, Señor, * tú me mantienes siempre en tu presencia.
V. Prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados.
Oración
Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales, tú que uniste en san Luis Gonzaga una admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
