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Orar

Viernes, 9 de agosto de 2030

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), virgen y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), virgen y mártir.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación. R. Y tu promesa de justicia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera;

tus flechas se me han clavado,

tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne

a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,

son un peso superior a mis fuerzas.

Señor, no me castigues con cólera.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Mis llagas están podridas y supuran

por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido,

todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo;

rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,

no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón,

me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,

mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí,

los que desean mi daño me amenazan de muerte,

todo el día murmuran traiciones.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Pero yo, como un sordo, no oigo;

como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye

y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,

y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa,

que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,

y mi pena no se aparta de mí:

yo confieso mi culpa,

me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes,

los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,

Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Comienza el libro del profeta Malaquías 1, 1-14; 2, 13-16

Mensaje del Señor a Israel por medio de Malaquías:

«Os amo —dice el Señor— y vosotros preguntáis: “¿Cómo es que nos amas?” Oráculo del Señor: ¿No eran hermanos Esaú y Jacob? Y, sin embargo, amé a Jacob y tuve aversión a Esaú; hice de sus montes un desierto, heredad de los chacales de la estepa. Si Edom dice: “Estamos deshechos, pero reconstruiremos nuestras ruinas”, así responde el Señor de los ejércitos: Ellos construirán y yo derribaré; al país lo llamarán: “Tierra malvada”, y al pueblo: “Pueblo de la ira perpetua del Señor”. Cuando lo veáis con vuestros ojos, diréis: “Grande es el Señor más allá de las fronteras de Israel.”

El hijo honra a su padre, el esclavo a su señor; pues si yo soy Padre, ¿dónde queda mi honor? Si yo soy Señor, ¿dónde está mi respeto? Lo dice esto el Señor de los ejércitos a vosotros, sacerdotes, que despreciáis mi nombre. Vosotros replicáis: “¿Cómo es que despreciamos tu nombre?” Trayendo a mi altar pan impuro. Y todavía preguntáis: “¿Cómo es que te hemos profanado?” Cuando estimáis despreciable la mesa del Señor. Cuando ofrecéis víctimas ciegas o cojas o enfermas, ¿no obráis mal? Anda y ofrécelas a tu gobernador, a ver si le agradan y se congracia contigo —dice el Señor de los ejércitos—.

Y ahora implorad al Señor para que os sea benévolo. De vuestras manos vino tal ofrenda, ¿acaso os mirará con benevolencia? ¡Oh!, ¿quién de vosotros os cerrará las puertas para que no podáis encender mi altar en vano? Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Desde el oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y una oblación pura, porque mi nombre es grande entre las naciones —dice el Señor de los ejércitos—.

Vosotros lo habéis profanado cuando decíais: “La mesa del Señor es despreciable, de ella se saca comida vil.” Decís: “¡Vaya un trabajo!”, y me despreciáis. Cuando ofrecéis víctimas robadas o cojas o enfermas, ¿podrá agradarme la ofrenda de vuestras manos? Maldito el tramposo que tiene un macho en su rebaño, ofrecido en voto, y trae al Señor una víctima defectuosa. Yo soy el Rey soberano —dice el Señor de los ejércitos—; mi nombre es temido entre las naciones.

Todavía hacéis otra cosa: cubrís de lágrimas el altar del Señor, de llanto y de gemidos, porque no mira vuestra ofrenda ni la acepta complacido de vuestras manos; y preguntáis: “¿Cómo es eso?”

Porque el Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tú has sido infiel, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y aliento de vida? Y ¿a qué tiende este único ser? A una posteridad dada por Dios. Guarda, pues, tu vida y no traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio —dice el Señor— y al que mancha su ropaje con violencias. Guardad, pues, vuestro espíritu y no cometáis tal traición.»

SEGUNDA LECTURA

Del libro «La Ciencia de la Cruz» de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

Cristo se sometió al yugo de la ley, guardando plenamente la ley y muriendo por la ley y por medio de la ley. Liberó, por ello, a los que desean recibir la vida. Pero no la pueden recibir, salvo que ellos mismos ofrezcan la suya propia. Porque los que han sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte han sido bautizados. Son sumergidos en su vida para devenir miembros de su cuerpo y padecer y morir con él, como miembros suyos. Esta vida vendrá abundantemente en el día glorioso, pero ya ahora, mientras vivimos en la carne, participamos de ella, si creemos que Cristo ha muerto por nosotros para darnos la vida. Con esta fe nos unimos con él como los miembros se unen con su cabeza; esta fe nos abre a la fuente de su vida. Por eso, la fe en el Crucificado, es decir, esa fe viva que lleva aparejada un amor entregado, viene a ser para nosotros puerta de la vida y comienzo de la gloria; de ahí que la Cruz constituya nuestra gloria: Fuera de mí gloriarme en otra cosa que no sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Quien elige a Cristo ha muerto para el mundo y el mundo para él. Lleva en su cuerpo los estigmas de Cristo, se ve rodeado de flaquezas y despreciado por los hombres, pero, por este mismo motivo, se halla robusto y vigoroso, ya que la fuerza de Dios resplandece en la debilidad. Con este conocimiento, el discípulo de Jesús no solo acoge la cruz sobre sus espaldas, sino que él mismo se crucifica en ella. Los que son de Jesucristo han crucificado la carne con sus vicios y concupiscencias. Lucharon un duro combate contra su naturaleza a fin de que la vida del pecado muriese en ellos y poder así dar amplia cabida a la vida en el Espíritu. Para esta pelea se precisa una singular fortaleza. Pero la Cruz no es el fin; la Cruz es la exaltación y mostrará el cielo. La Cruz no sólo es signo, sino también invicta armadura de Cristo: báculo de pastor con el que el divino David se enfrenta contra el malvado Goliat; báculo con el que Cristo golpea enérgicamente la puerta del cielo y la abre. Cuando se cumplan todas estas cosas, la luz divina se difundirá y colmará a cuantos siguen al Crucificado.

R. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. * Que me amó hasta entregarse por mí.
V. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios.

Oración

Dios y Padre nuestro, que concediste a la mártir santa Teresa Benedicta experimentar a tu Hijo crucificado e imitarlo fielmente hasta la muerte, concédenos por su intercesión que todos los hombres reconozcan a Cristo como el Salvador y por Él, lleguen a gozar de tu visión en la eternidad. Por el mismo Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.