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Orar

Martes, 13 de agosto de 2030

San Ponciano, papa y San Hipólito, presbítero, mártires,

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Ponciano, papa y San Hipólito, presbítero, mártires,.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor. R. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra,

nos revela el designio salvador,

y digamos en súplica confiada:

«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada

ni dejemos que arraigue el desamor;

aunque dura es la lucha, su palabra

será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida

como tiempo de Dios y de oración;

él es fiel a la alianza prometida:

«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino

para llegar al Padre sin temor;

concédenos la gracia de tu Espíritu

que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos,

huyen de su presencia los que lo odian;

como el humo se disipa, se disipan ellos;

como se derrite la cera ante el fuego,

así perecen los impíos ante Dios.

En cambio, los justos se alegran,

gozan en la presencia de Dios,

rebosando de alegría.

Cantad a Dios, tocad en su honor,

alfombrad el camino

del que avanza por el desierto;

su nombre es el Señor:

alegraos en su presencia.

Padre de huérfanos, protector de viudas,

Dios vive en su santa morada.

Dios prepara casa a los desvalidos,

libera a los cautivos y los enriquece;

sólo los rebeldes

se quedan en la tierra abrasada.

¡Oh Dios!, cuando salías al frente de tu pueblo

y avanzabas por el desierto,

la tierra tembló, el cielo destiló

ante Dios, el Dios del Sinaí;

ante Dios, el Dios de Israel.

Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!,

una lluvia copiosa,

aliviaste la tierra extenuada;

y tu rebaño habitó en la tierra

que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres.

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

El Señor pronuncia un oráculo,

millares pregonan la alegre noticia:

«Los reyes, los ejércitos

van huyendo, van huyendo;

las mujeres reparten el botín.

Mientras reposabais en los apriscos,

las alas de la paloma se cubrieron de plata,

el oro destellaba en su plumaje.

Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,

la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»

Las montañas de Basán son altísimas,

las montañas de Basán son escarpadas;

¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,

del monte escogido por Dios para habitar,

morada perpetua del Señor?

Los carros de Dios son miles y miles:

Dios marcha del Sinaí al santuario.

Subiste a la cumbre llevando cautivos,

te dieron tributo de hombres:

incluso los que se resistían

a que el Señor Dios tuviera una morada.

Bendito el Señor cada día,

Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.

Nuestro Dios es un Dios que salva,

el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,

los cráneos de los malvados contumaces.

Dice el Señor: «Los traeré desde Basán,

los traeré desde el fondo del mar;

teñirás tus pies en la sangre del enemigo,

y los perros la lamerán con sus lenguas.»

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Aparece tu cortejo, ¡oh Dios!,

el cortejo de mi Dios, de mi Rey,

hacia el santuario.

Al frente marchan los cantores;

los últimos, los tocadores de arpa;

en medio las muchachas van tocando panderos.

«En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios,

al Señor, estirpe de Israel.»

Va delante Benjamín, el más pequeño;

los príncipes de Judá con sus tropeles;

los príncipes de Zabulón,

los príncipes de Neftalí.

¡Oh Dios!, despliega tu poder,

tu poder, ¡oh Dios!, que actúa en favor nuestro.

A tu templo de Jerusalén

traigan los reyes su tributo.

Reprime a la Fiera del Cañaveral,

al tropel de los toros,

a los Novillos de los pueblos.

Que se te rindan con lingotes de plata:

dispersa las naciones belicosas.

Lleguen los magnates de Egipto,

Etiopía extienda sus manos a Dios.

Reyes de la tierra, cantad a Dios,

tocad para el Señor,

que avanza por los cielos,

los cielos antiquísimos,

que lanza su voz, su voz poderosa:

«Reconoced el poder de Dios.»

Sobre Israel resplandece su majestad,

y su poder sobre las nubes.

Desde el santuario Dios impone reverencia:

es el Dios de Israel

quien da fuerza y poder a su pueblo.

¡Dios sea bendito!

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Zacarías · 9, 1-10, 2

Oráculo del Señor contra el país de Jadrak y contra Damasco, su reposo:

Del Señor es la joya de Siria, como todas las tribus de Israel y también Jamat, la vecina, y Tiro y Sidón, las sapientísimas. Tiro se construyó una muralla, amontonó plata como ceniza y oro como barro de las calles. Pero el Señor la despojará, arrojará sus riquezas al mar y ella será devorada- por el fuego.

Ascalón lo verá y temblará, Gaza se retorcerá y Acarón estará consternada, porque está humillada la que era su esperanza. Perecerá el rey de Gaza, Ascalón no estará habitada, en Asdod habitarán bastardos, y aniquilaré la arrogancia de los filisteos. Arrancaré de su boca los despojos sangrientos, sus abominaciones de entre los dientes. Pero quedará un resto para nuestro Dios, que será como una estirpe en Judá, y Acarón será como el Yebuseo. Yo acamparé junto a mi casa, como un guardia contra los merodeadores, y no volverá a pasar el opresor, porque ahora vigilo con mis ojos.

Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén. Mira a tu Rey que viene a ti, justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraím, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros y dictará la paz a las naciones. Su dominio llegará de un mar a otro mar, desde el Éufrates hasta los confines de la tierra.

En cuanto a ti, por la sangre de tu alianza, libraré a tus cautivos de la fosa (en la que no hay agua). Volved a la plaza fuerte, cautivos esperanzados. Hoy te lo digo y te lo anuncio: Te pagaré el doble; tenderé a Judá como un arco, lo cargaré con Efraím;, incitaré a tus hijos, Sión, contra tus hijos, Grecia, te manejaré como espada de guerrero. El Señor se les aparecerá, disparará su saeta como un rayo; el Señor tocará la trompeta, avanzará entre los huracanes del sur.

El Señor los escudará; triunfarán, pisotearán las piedras de los honderos; beberán su sangre como vino, llenándose como copa de libación, como los cuernos de los altares. Aquel día salvará el Señor, su Dios, a su pueblo como un rebaño; brillarán sobre su tierra como piedras de diadema. ¡Qué magnífico y qué bello! El trigo hará florecer a los jóvenes y el vino a las doncellas.

Implorad del Señor la lluvia, en el tiempo de la primavera; el Señor que hace los relámpagos les dará lluvias torrenciales y la hierba del campo a cada uno. Los ídolos hablan falsedades, los adivinos ven mentiras, anuncian sueños vanos, consuelos sin provecho. Por eso vagan como ovejas perdidas, sin pastor.

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Cipriano, obispo y mártir

¿Con qué alabanzas podré ensalzaros, hermanos valerosísimos? ¿Cómo podrán mis palabras expresar debidamente vuestra fortaleza de ánimo y vuestra fe perseverante? Tolerasteis una durísima lucha hasta alcanzar la gloria, y no cedisteis ante los suplicios, sino que fueron más bien los suplicios quienes cedieron ante vosotros. En las coronas de vuestra victoria hallasteis el término de vuestros sufrimientos, término que no hallabais en los tormentos. La cruel dilaceración de vuestros miembros duró tanto, no para hacer vacilar vuestra fe, sino para haceros llegar con más presteza al Señor.

La multitud de los presentes contempló admirada la celestial batalla por Dios y el espiritual combate por Cristo, vio cómo sus siervos confesaban abiertamente su fe con entera libertad, sin ceder en lo más mínimo, con la fuerza de Dios, enteramente desprovistos de las armas de este mundo, pero armados, como creyentes, con las armas de la fe. En medio del tormento, su fortaleza superó a la fortaleza de aquellos que los atormentaban, y los miembros golpeados y desgarrados vencieron a los garfios que los golpeaban y desgarraban.

Las heridas, aunque reiteradas una y otra vez, y por largo tiempo, no pudieron, con toda su crueldad, superar su fe inquebrantable, por más que, abiertas sus entrañas, los tormentos recaían no ya en los miembros, sino en las mismas heridas de aquellos siervos de Dios. Manaba la sangre que había de extinguir el incendio de la persecución, que había de amortecer las llamas y el fuego del infierno. ¡Qué espectáculo a los ojos del Señor, cuán sublime, cuán grande, cuán aceptable a la presencia de Dios, que veía la entrega y la fidelidad de su soldado al juramento prestado, tal como está escrito en los salmos, en los que nos amonesta el Espíritu Santo, diciendo: Es valiosa a los ojos del Señor la muerte de sus fieles. Es valiosa una muerte semejante, que compra la inmortalidad al precio de su sangre, que recibe la corona de mano de Dios, después de haber dado la máxima prueba de fortaleza.

Con qué alegría estuvo allí Cristo, cuán de buena gana luchó y venció en aquellos siervos suyos, como protector de su fe, y dando a los que en él confiaban tanto cuanto cada uno confiaba en recibir. Estuvo presente en su combate, sostuvo, fortaleció, animó a los que combatían por defender el honor de su nombre. Y el que por nosotros venció a la muerte de una vez para siempre continúa venciendo en nosotros.

Dichosa Iglesia nuestra, a la que Dios se digna honrar con semejante esplendor, ilustre en nuestro tiempo por la sangre gloriosa de los mártires. Antes era blanca por las obras de los hermanos; ahora se ha vuelto roja por la sangre de los mártires. Entre sus flores no faltan ni los lirios ni las rosas. Que cada uno de nosotros se esfuerce ahora por alcanzar el honor de una y otra altísima dignidad, para recibir así las coronas blancas de las buenas obras o las rojas del martirio.

R. Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. * Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronado por Cristo.
V. Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una entrega total.

Oración

Que la gloriosa muerte de tus mártires Ponciano e Hipólito haga aumentar en nosotros el amor hacia ti y acreciente la firmeza de nuestra fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.