OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Juan Eudes, presbítero.
V. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor. R. Más que miel en la boca.
Himno
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Salmodia
Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.
Salmo 72
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y engreídos;
no pasan las fatigas humanas
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo,
y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: «¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?»
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Salmo 72
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: «Voy a hablar como ellos»,
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.
Salmo 72
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tú tomas mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?;
y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi herencia eterna.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y proclamar todas tus acciones
en las puertas de Sión.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro del Qohelet · 2, 1-3. 12-26
Yo me dije en mi corazón: «¡Adelante! ¡Voy a hacerte probar el placer, a hacer que disfrutes del bienestar!» Pero vi que también esto es vanidad. A la risa la llamé: «¡Locura!»; y del placer dije: «¿Para qué vale?» Traté de regalar mi cuerpo con el vino, mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme al desvarío hasta ver en qué consistía la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida.
Dirigí luego mi reflexión sobre la sabiduría, la locura y el desvarío. Porque ¿qué hará el hombre que suceda al rey, sino lo que ya otros hicieron? Yo vi que la sabiduría aventaja al desvarío, como la luz a las tinieblas.
El sabio tiene sus ojos en la cabeza, mas el necio camina en las tinieblas. Pero también yo sé que la misma suerte alcanza a ambos. Entonces me dije: «Como la suerte del necio será la mía. ¿Para qué vale, pues, mi sabiduría?» Y pensé que hasta eso mismo es vanidad. No hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio.
He detestado la vida, porque me disgusta cuanto se hace bajo el sol, pues todo es vanidad y atrapar vientos. Detesté todos mis fatigosos afanes bajo el sol, y los dejo a mi sucesor. ¿Quién sabe si será sabio o necio? Y, sin embargo, él será dueño de toda mi fatiga, la que realicé con afán y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Entregué mi corazón al desaliento por todos mis fatigosos afanes bajo el sol, al considerar cómo algún hombre que se ha afanado con sabiduría, ciencia y destreza deja su bien a otro que en nada se afanó para ello. También esto es vanidad y mal grave. Pues ¿qué le queda a aquel hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol? ¿De todos sus días de dolor, de penosas ocupaciones, de todas sus noches de insomnio? También esto es vanidad.
No hay mayor felicidad humana que comer y beber y pasarlo bien en medio de los afanes. Yo veo que también esto viene de la mano de Dios, pues quien come y goza lo tiene de Dios. Porque a quien le agrada da él sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador da el trabajo de amontonar y atesorar para dejárselo a quien a él le plazca. También esto es vanidad y atrapar vientos.
SEGUNDA LECTURA
Del tratado de san Juan Eudes, presbítero, sobre el admirable Corazón de Jesús
Te pido que pienses que nuestro Señor Jesucristo es realmente tu cabeza y que tú eres uno de sus miembros.
Él es para ti como la cabeza para con los miembros; todo lo suyo es tuyo: el espíritu, el corazón, el cuerpo, alma y todas sus facultades, y tú debes usar de todo ello como de algo propio, para que, sirviéndolo, lo alabes, ames y lo glorifiques. En cuanto a ti, eres para él como el miembro para con la cabeza, por lo cual él desea intensamente usar de todas tus facultades como propias, para servir y glorificar al Padre.
Y él no es para ti sólo eso que hemos dicho, sino que además quiere estar en ti, viviendo y dominando en ti a la manera que la cabeza vive en sus miembros y los gobierna. Quiere que todo lo que hay en él viva y domine en ti: su espíritu en tu espíritu, su corazón en él tuyo, todas las facultades de su alma en las tuyas, de modo que en ti se realicen aquellas palabras: Glorificad a Dios con vuestro cuerpo, y que la vida de Jesús se manifieste en vosotros.
Igualmente, tú no sólo eres para el Hijo de Dios sino que debes estar en él como los miembros están en la cabeza. Todo lo que hay en ti debe ser injertado en él, y de él debes recibir la vida y ser gobernado por él. Fuera de él no hallarás la vida verdadera, ya que éles la única fuente de vida verdadera; fuera de él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de él y por él, para que en ti se cumplan aquellas palabras: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor: si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.
Eres, por tanto, una sola cosa con Jesús, del mismo modo que los miembros son una sola cosa con la cabeza, por eso, debes tener con él un solo espíritu, una sola alma, una sola vida, una sola voluntad, un solo sentir, un solo corazón. Y él debe ser tu espíritu, tu corazón, tu amor, tu vida y todo lo tuyo. Todas estas grandezas del cristiano tienen su origen en el bautismo, son aumentadas y corroboradas por el sacramento de la confirmación y por el buen empleo de las demás gracias comunicadas por Dios, que en la sagrada eucaristía encuentran su mejor complemento.
R. Para esto murió Cristo y retornó a la vida, para ser Señor de vivos y muertos. * Pues tanto en vida como en muerte somos del Señor.
V. Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Que si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, para el Señor morimos.
Oración
Señor, tú que elegiste a san Juan Eudes para que nos anunciara las insondables riquezas de Cristo, haz que nosotros, siguiendo su ejemplo y enseñanzas, te conozcamos cada vez mejor y vivamos cada día con mayor fidelidad el mensaje del Evangelio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
