OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. Ábreme, Señor, los ojos. R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad
Himno
Profeta de soledades,
labio hiciste de tus iras
para fustigar mentiras
y para gritar verdades.
Sacudiste el azote
ante el poder soberbio;
y ante el Sol que nacía
se apagó tu lucero.
Por fin, en un banquete
y en el placer de un ebrio,
el vino de tu sangre
santificó el desierto.
Profeta de soledades,
labio hiciste de tus iras
para fustigar mentiras
y para gritar verdades. Amén.
Salmodia
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
Salmo 17 · 17, 31-51
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8, 31)
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;
él me da pies de ciervo
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
PRIMERA LECTURA (Año II)
De la primera carta a Timoteo · 2, 1-15
Hijo mío, Timoteo: Te recomiendo ante todo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en dignidad, para que gocemos de una vida tranquila y sosegada, en el temor de Dios y con dignidad humana.
Esto es hermoso y grato a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios, y único es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual se entregó a sí mismo como precio de rescate por todos. Éste es el testimonio que nos ha dado Dios a su tiempo; y para su promulgación me ha constituido mensajero y apóstol —digo la, verdad, no miento— y maestro de los gentiles en la fe y en la verdad.
Así, pues, quiero que los hombres oren en todo lugar levantando al cielo las manos purificadas, limpias de ira y de altercados. Asimismo, que las mujeres se presenten en la asamblea con traje decoroso, arregladas con recato y sobriedad, sin peinados complicados, ni oro, ni joyas, ni suntuosos vestidos. Su ornato deben ser las buenas obras, como conviene a mujeres que hacen profesión de religiosidad. Durante la instrucción, las mujeres guarden silencio en actitud sumisa. No consiento que la mujer enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre; debe mantenerse en silencio. Fue Adán primero en ser creado, después Eva. Y no fue Adán el seducido, sino Eva, que una vez seducida incurrió en la transgresión. Pero la mujer se salvará por el, cumplimiento de sus deberes maternales, si persevera en la fe, en el amor y en la santidad.
SEGUNDA LECTURA
De las homilías de san Beda el Venerable, presbítero
El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.
No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.
Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de unlargo y penoso cautiverio. Él que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.
La muerte —que de todas maneras había de acaecerle por ley natural— era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.
R. Herodes había mandado prender a Juan y, cargándolo de cadenas, lo metió en la cárcel, * por instigación de Herodías, la mujer de su hermano, con la cual se había casado.
V. Y envió a uno de sus guardias, que lo decapitó en la cárcel.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
