OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. Hijo mío, conserva mis palabras. R. Conserva mis mandatos y vivirás.
Himno
Delante de tus ojos
ya no enrojecemos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor, que es justo,
revoca sus decretos:
la salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.
Salmodia
Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.
Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)
Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
«Yo soy tu victoria.»
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
«Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?»
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.
Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.
Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.
Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)
Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste,
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar,
cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.
Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.
Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.
Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)
Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no se hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles;
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío;
Señor mío, defiende mi causa.
Júzgame tú según tu justicia.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria;
que repitan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabaré.
Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro de Tobit · 7, 1. 9-20; 8, 4-16
Al llegar a Ecbatana, Tobías dijo al ángel:
«Amigo Azarías, llévame derecho a casa de nuestro pariente Ragüel.»
El ángel lo llevó a casa de Ragüel. Lo encontraron sentado a la puerta del patio; se adelantaron a saludarlo, y él les contestó:
«Tanto gusto, amigos; bienvenidos.»
Ragüel los acogió cordialmente y mandó matar un carnero. Después de lavarse y bañarse, se pusieron a la mesa. Tobías dijo a Rafael:
«Amigo Azarías, dile a Ragüel que me dé a mi pariente Sara.»
Ragüel, lo oyó y dijo al muchacho:
«Tú, carne, y bebe y disfruta a gusto esta noche. Porque amigo sólo tú tienes derecho a casarte con mi hija Sara, y yo tampoco puedo dársela a otro, porque tú eres el pariente más cercano. Pero, hijo, te voy a hablar con toda franqueza. Ya se la he dado en matrimonio a siete de mi familia, y todos murieron la noche en que iban a acercarse a ella. Pero bueno, hijo, tú come y bebe, que el Señor cuidará de vosotros.»
Tobías replicó:
«No comeré ni beberé mientras no dejes decidido este asunto mío.»
Ragüel le dijo:
«Lo haré. Y te la daré como prescribe la ley de Moisés. Dios mismo manda que te la entregue, y yo te la confío. A partir de hoy, para siempre, sois marido y mujer. Es tuya desde hoy para siempre. ¡El Señor del cielo os ayude esta noche, hijo, y os dé su gracia y su paz!»
Llamó a su hija, Sara. Cuando se presentó, Ragüel le tomó la mano y se la entregó a Tobías, con estas palabras:
«Recíbela conforme al derecho y a lo prescrito en la ley de Moisés, que manda que se te dé por esposa. Tómala y llévala enhorabuena a casa de tu padre. Que el Dios del cielo os dé paz y bienestar.»
Luego, llamó a la madre, mandó traer papel y escribió el? acta del matrimonio, según la cual la entregaba como esposa conforme a lo prescrito en la ley de Moisés. Después, empezaron a cenar.
Ragüel llamó a su mujer, Edna, y le dijo:
«Mujer, prepara la otra habitación, y llévala allí.»
Edna se fue a arreglar la habitación que le había dicho su marido. Llevó allí a su hija y lloró por ella. Luego, enjugándose las lágrimas, le dijo:
«Ánimo, hija. Que el Dios del cielo cambie tu tristeza en gozo. Ánimo hija.»
Y salió. Ragiiel y Edna cerraron 'la puerta de la habitación. Tobías, entonces, se levantó de la cama y dijo a Sara:
«Mujer, levántate, vamos a rezar pidiendo a nuestro Señor que tenga misericordia de nosotros y nos proteja.» Se levantó, y empezaron a rezar pidiendo a Dios que los protegiera. Rezó así:
«Bendito eres, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por los siglos de los siglos. Que te bendigan el cielo y todas tus creaturas por los siglos. Tú creaste a Adán, y como ayuda y apoyo creaste a su mujer, Eva: de los dos nació la raza humana. Tú dijiste: “No está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle alguien como él que lo ayude.” Si yo me caso con esta prima mía no busco satisfacer mi pasión, sino que procedo lealmente. Dígnate apiadarte de ella y de mí, y haznos llegar juntos a la vejez.»
Los dos dijeron:
«Amén, amén.»
Y durmieron aquella noche. Ragüel se levantó, llamó a los criados y fueron a cavar una fosa; pues se dijo: «No sea que haya muerto, y luego se rían y se burlen de nosotros.»
Cuando terminaron la fosa, Ragüel marchó a casa, llamó a su mujer y le dijo:
«Manda una criada que entre a ver si está vivo; porque, si está muerto, lo enterramos, y así nadie se entera.»
Encendieron el candil, abrieron la puerta y mandaron dentro a la criada. Entró y encontró a los dos juntos, profundamente dormidos, y salió a decir:
«Está vivo, no ha ocurrido nada.»
Entonces Ragüel alabó al Dios del cielo:
«Bendito eres, Dios, digno de toda bendición sincera. Seas bendito por siempre. Bendito eres por el gozo que me has dado: no pasó lo que me temía, sino que nos has tratado según tu gran misericordia.»
SEGUNDA LECTURA
De los escritos de san Vicente de Paúl, presbítero
Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que, con frecuencia, son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos ayudándolos y apoyándolos.
Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto, nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo a todos. Por lo cual, todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.
El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.
Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.
R. Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos. Me he hecho débil con los débiles. * Me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
V. Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo, yo era padre de los pobres.
Oración
Señor, tú que adornaste a san Vicente de Paúl con las cualidades de un verdadero apóstol, para que se entregara al servicio de los pobres y a la formación de los ministros de tu Iglesia, concédenos a nosotros que, animados por un celo semejante al suyo, amemos lo que él amó y practiquemos lo que él enseñó. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
