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Orar

Viernes, 4 de octubre de 2030

San Francisco de Asís

Tiempo Ordinario · Blanco · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación. R. Y tu promesa de justicia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera;

tus flechas se me han clavado,

tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne

a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,

son un peso superior a mis fuerzas.

Señor, no me castigues con cólera.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Mis llagas están podridas y supuran

por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido,

todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo;

rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,

no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón,

me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,

mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí,

los que desean mi daño me amenazan de muerte,

todo el día murmuran traiciones.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Pero yo, como un sordo, no oigo;

como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye

y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,

y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa,

que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,

y mi pena no se aparta de mí:

yo confieso mi culpa,

me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes,

los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,

Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Judit · 12, 1-13, 5

En aquellos días, Holofernes ordenó que llevaran a Judit a donde tenía su vajilla de plata, y mandó que le sirvieran de su misma comida y de su mismo vino. Pero Judit dijo:

«No los probaré, para no caer en pecado. Yo me he traído mis provisiones.»

Holofernes le preguntó:

«Y si se te acaba lo que tienes, ¿de dónde sacamos una comida igual? Entre nosotros no hay nadie de tu raza.»

Judit le respondió:

«¡Por tu vida, alteza! No acabaré lo que he traído antes de que el Señor haya realizado su plan por mi medio.»

Los oficiales de Holofernes la llevaron a su tienda. Judit durmió hasta la media noche, se levantó antes del relevo del amanecer y mandó este recado a Holofernes:

«Señor, ordena que me permitan salir a orar.»

Holofernes ordenó a los guardias de su escolta que la dejaran salir. Así pasó Judit tres días en el campamento. Por la noche, se dirigía hacia el barranco de Betulia y se lavaba en la fuente donde estaba el puesto de guardia. Después de lavarse, suplicaba al Señor, Dios de Israel, que dirigiera su plan para exaltación de su pueblo. Luego, purificada, volvía a su tienda y allí se quedaba hasta que, a eso del atardecer, le llevaban la comida.

El cuarto día, Holofernes ofreció un banquete exclusivamente para su personal de servicio, sin invitar a ningún oficial, y dijo al eunuco Bagoas, que era su mayordomo:

«Vete a ver si convences a esa hebrea que tienes a tu cargo para que venga a comer y beber con nosotros. Porque sería una vergüenza no aprovechar la ocasión de acostarme con esa mujer. Si no me la gano, se va a reír de mí.»

Bagoas salió de la presencia de Holofernes, entró donde Judit y le dijo:

«No tenga miedo esta bella jovencita de presentarse a mi señor como huésped de honor, para beber y alegrarse con nosotros, pasando el día como una mujer asiria de las que viven en el palacio de Nabucodonosor.»

Judit respondió:

«¿Quién soy yo para contradecir a mi señor? Haré en seguida lo que le agrade; será para mí un recuerdo feliz hasta el día de mi muerte.»

Se levantó para arreglarse. Se vistió y se puso todas sus joyas de mujer. Su doncella entró delante y le extendió en el suelo, ante Holofernes, el vellón de lana que le había dado Bagoas para que se recostase allí a diario mientras comía. Judit entró y se sentó. Al verla, Holofernes se turbó, y le agitó la pasión con un deseo violento de unirse a ella, pues desde la primera vez que la vio esperaba la ocasión de seducirla, y le dijo:

«Anda, bebe; alégrate con nosotros.»

Judit respondió:

«Claro que beberé, señor. Hoy es el día más grande de toda mi vida.»

Y comió y bebió ante Holofernes, tomando de lo que le había preparado su doncella. Holofernes, entusiasmado con ella, bebió muchísimo vino, como no había bebido en toda su vida. Cuando se hizo tarde, el personal de servicio se retiró en seguida. Bagoas cerró la tienda por fuera, después de hacer salir a los sirvientes. Todos fueron a acostarse, rendidos por lo mucho que habían bebido. En la tienda quedaron sólo Judit y Holofernes, tumbado en el lecho, completamente borracho. Judit había ordenado a su doncella que se quedara fuera de la alcoba y la esperase a la salida como otros días. Había dicho que saldría para hacer la oración, y había hablado de ello con Bagoas.

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Francisco de Asís, dirigida a todos los fieles (Opúsculos, edición Quaracchi, Florencia) 1949, 87-94)

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre, diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.

Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.

¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al verdadero padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle día y noche nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.

Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración.

No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario; debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.

R. Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. * Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
V. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.