Capítulo 2
1Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo.
2Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.
Cumplir los Mandamientos (2,3-11)
3En esto sabemos que le hemos conocido: en que guardamos sus mandamientos.
4Quien dice: «Yo le conozco», pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y en ése no está la verdad.
5En cambio, quien guarda su palabra, en ése el amor de Dios ha alcanzado verdaderamente su perfección. En esto sabemos que estamos en Él.
6Quien dice que permanece en Dios, debe caminar como él caminó.
7Queridísimos: no os escribo un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado.
8Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que se verifica en él y en vosotros, porque las tinieblas van desapareciendo y brilla ya la luz verdadera.
9Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está todavía en las tinieblas.
10Quien ama a su hermano permanece en la luz y no corre peligro de tropezar.
11En cambio, quien aborrece a su hermano está en las tinieblas y camina por ellas, sin saber adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.
Confianza en los fieles (2,12-14)
12Os escribo a vosotros, hijos, porque por su nombre se os han perdonado los pecados.
13Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que existe desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno.
14Os he escrito a vosotros, niños, porque habéis conocido al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que existe desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno.
Guardarse del mundo (2,15-17)
15No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
16Porque todo lo que hay en el mundo –la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia de los bienes terrenos– no procede del Padre, sino del mundo.
17Y el mundo es pasajero, y también sus concupiscencias; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.
Permanecer en la verdad, frente a los herejes (2,18-29)
18Hijitos, es la última hora. Habéis oído que tiene que venir el Anticristo: pues bien, ya han aparecido muchos anticristos. Por eso sabemos que es la última hora.
19Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Porque si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que ninguno de ellos es de los nuestros.
20En cuanto a vosotros, tenéis la unción del Santo; y todos estáis instruidos.
21No os escribo porque ignoréis la verdad, sino porque la conocéis y sabéis que ninguna mentira proviene de la verdad.
22¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.
23Todo el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre; el que confiesa al Hijo, tiene también al Padre.
24Vosotros procurad que lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre.
25Y ésta es la promesa que él nos hizo: la vida eterna.
26Os escribo esto a propósito de los que pretenden engañaros.
27En cuanto a vosotros, la unción que recibisteis de él permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Es más, tal como su unción –que es verdadera y no engaña– os enseña acerca de todas las cosas, permaneced en él, del mismo modo que os enseñó.
28Y ahora, hijos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza y no quedemos avergonzados lejos de él, en su venida.
29Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que obra la justicia ha nacido de él.
Notas de la Facultad de Teología (7)
1,1-5,21Aunque no tiene saludo ni despedida, esta carta refleja la intimidad entre el autor y los destinatarios. El tema central es la comunión con Dios, con Cristo y con los hermanos (1,1-4). Para avivar esa comunión, San Juan va reflexionando sobre algunos temas que aparecen entrelazados como en círculos concéntricos y se contemplan cada vez con más profundidad. Son como los puntos esenciales de una catequesis bautismal por los que el cristiano puede discernir cuál es la comunión auténtica y cuál no lo es. La comunión con Dios se alcanza caminando en la luz, en la sinceridad, guardando los mandamientos y permaneciendo en la verdad de Cristo y sobre Cristo (1,5-2,29). Una comunión con Dios que es filiación y que exige romper con el pecado y vivir con obras el mandamiento del amor fraterno (3,1-24). Una comunión que conlleva la confesión de la verdad sobre Cristo, amar como Dios ama, y creer en la acción de Dios que nos ha dado a su Hijo (4,1-5,12). La carta concluye reafirmando el poder de la oración y la seguridad que da la fe (5,14-21).
1,5-2,29En esta sección se expone la naturaleza de la unión con Dios y las exigencias que conlleva.
1,6-2,2Para llevar una vida de unión con Dios, el cristiano debe reconocerse pecador y luchar contra el pecado. Así, Cristo, que es el abogado ante el Padre (2,1), le purifica de todo pecado con su sangre (v. 7). La acogida de la misericordia divina exige de cada uno de nosotros la confesión de sus faltas. La penitencia impuesta en el sacramento de la Reconciliación nos ayuda a configurarnos con Cristo que es el Único que expió nuestros pecados de una vez por todas (cfr CCE 1460).
2,3-11A lo largo de la carta, «conocer a Dios» no significa un saber teórico sino estar unidos a Él por la fe y por el amor, viviendo la vida de la gracia. La novedad del mandamiento no está en el precepto –ya se encuentra en el Antiguo Testamento (cfr Lv 19,18)–, sino en la medida que exige Jesús –«como yo os he amado» (Jn 13,34)– y en su universalidad: el amor a todos los hombres, amigos y enemigos, sin distinción de raza, ni de ideología, ni de posición social. «¿Cuál es la perfección del amor? Amar a los enemigos y amarlos para que se conviertan en hermanos» (S. Agustín, In Epist Ioann. ad Parth. 1, 9).
2,12-14Estos versículos pueden entenderse como una exhortación dirigida a todos los cristianos, a cada uno según su situación. «Hijos» y «niños» podría referirse a los recién bautizados, mientras que «padres» y «jóvenes» haría referencia a quienes ya han recorrido diversas etapas en su fe; bien porque son capaces de engendrar a otros en esa misma fe, bien porque luchan y, con la gracia, vencen las tentaciones del mundo.
2,15-17«Mundo» tiene aquí el sentido peyorativo de enemigo de Dios y del hombre, abarcando todo lo que se opone a Dios: el reino del pecado. «Arrogancia de los bienes terrenos» (v. 16) se ha venido traduciendo habitualmente como «soberbia de la vida». «San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia (...). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento proscribe la concupiscencia de la carne; el décimo prohibe la codicia del bien ajeno» (CCE 2514).
2,18-29La existencia de herejes lleva a pensar que se ha cumplido la predicción del Señor sobre la llegada del Anticristo (cfr Mt 24,-15-28 y par.; 2 Ts 2,1-12), y ha comenzado «la última hora» (v. 18). Ésta refleja el anhelo de los primeros cristianos por la segunda venida de Cristo o Parusía, y quiere decir que todo lo que sucede está preparando esa venida. «La unción del Santo» (vv. 20 y 27) se refiere a la acción del Padre y del Hijo por el Espíritu Santo que se despliega en el cristiano mediante el Bautismo. Los cristianos no necesitan oír enseñanzas ajenas a las de la Iglesia, sino que, guiados por el Espíritu Santo, poseen la certeza de la fe «cuando «desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos» (S. Agustín, De praed. sanct. 14,27) muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral» (C. Vat. II, Lum. gent. 12). Éste es el denominado sentido sobrenatural de la fe de los fieles (sensus fidelium). El v. 22 contiene una verdad fundamental de la fe: para ser cristiano es necesario creer que Jesús, el que vivió entre nosotros, es el Mesías Hijo de Dios.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
