Capítulo 12
Y LAS OBLIGACIONES DE LOS CRISTIANOS (12,1-13,25)
El ejemplo de Cristo (12,1-3)
1Por consiguiente, también nosotros, que estamos rodeados de una nube tan grande de testigos, sacudámonos todo lastre y el pecado que nos asedia, y continuemos corriendo con perseverancia la carrera emprendida:
2fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de la fe, que, despreciando la ignominia, soportó la cruz en lugar del gozo que se le proponía, y está sentado a la diestra del trono de Dios.
3Por eso, pensad atentamente en aquel que soportó tanta contradicción por parte de los pecadores, para que no desfallezcáis ni decaiga vuestro ánimo.
Perseverancia en las tribulaciones (12,4-13)
4No habéis resistido todavía hasta la sangre al combatir contra el pecado
5y habéis olvidado la exhortación dirigida a vosotros como a hijos: Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando Él te reprenda;
6porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que reconoce como hij o.
7Lo que sufrís sirve para vuestra corrección. Dios os trata como a hijos, ¿y qué hijo hay a quien su padre no corrija?
8Si se os privase de la corrección, que todos han recibido, seríais bastardos y no hijos.
9A nuestros padres según la carne los teníamos como educadores y los respetábamos. ¿Y no estaremos sujetos con mayor razón al Padre de los espíritus para alcanzar la vida?
10Ellos nos educaban para un tiempo breve y nos castigaban según su parecer, pero Él lo hace con vistas a nuestro bien, para que participemos de su santidad.
11Toda corrección, al momento, no parece agradable sino penosa, pero luego produce fruto apacible de justicia en los que en ella se ejercitan.
12Por lo tanto, levantad las manos caídas y las rodillas debilitada s,
13y dad pasos derechos con vuestros pies, para que los miembros cojos no se tuerzan, sino más bien se curen.
Búsqueda de la paz, la pureza y la piedad en el culto (12,14-29)
14Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie puede ver a Dios.
15Vigilad para que a nadie le falte la gracia de Dios, no sea que brote alguna raíz amarga y os perturbe y llegue a contagiar a muchos;
16para que no surja ningún fornicario o impío como Esaú, que vendió su primogenitura por una comida.
17Sabéis bien que más tarde, cuando quiso heredar la bendición, a pesar de pedirla con lágrimas, fue rechazado y no logró cambiar la decisión.
18Vosotros no os habéis acercado a un fuego tangible y ardiente, a oscuridad, a tinieblas, a tempestad,
19a son de trompetas, y a ese clamor de palabras que cuantos lo oyeron suplicaron que no se les hablara más.
20Porque no podían soportar la orden de que si alguien tocara el monte, aunque fuera un animal, se le apedreas e.
21El espectáculo era tan sobrecogedor, que Moisés llegó a exclamar: Estoy aterrorizado y tembland o.
22En cambio, vosotros os habéis acercado al Monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea gozosa
23y a la Iglesia de los primogénitos inscritos en los cielos, al Dios Juez de todos, a los espíritus de los justos que han alcanzado la perfección,
24a Jesús mediador de la nueva alianza y a la sangre derramada, que habla mejor que la de Abel.
25Mirad, no rechacéis al que os habla, porque si aquellos que rechazaron al que pronunciaba oráculos en la tierra no escaparon al castigo, mucho menos escaparemos nosotros si nos apartamos de quien nos habla desde el cielo.
26Su voz sacudió entonces la tierra, pero ahora ha hecho esta promesa: Una vez más haré temblar no sólo la tierra sino también el ciel o.
27Las palabras una vez más indican el cambio de las cosas inestables, pues son criaturas, para que permanezcan las estables.
28Por eso, nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, mantengamos la gracia, y a través de ella ofrezcamos a Dios un culto que le sea grato, con reverencia y temor,
29porque nuestro Dios es fuego devorado r.
Notas de la Facultad de Teología (5)
10,19-13,25Desde aquí hasta la conclusión la carta tiene un carácter más moral; predomina la exhortación a una fe viva y perseverante (10,19-11,40), que permite acercarse a Cristo tanto en las pruebas y tribulaciones como en una conducta presidida por la caridad (12,1-13,19).
12,1-13,25Recordados los ejemplos de fe y fidelidad de los justos del Antiguo Testamento, se extrae ahora la consecuencia moral: los cristianos no pueden ser inferiores a ellos.
12,1-3El modelo es Cristo. Él es ejemplo perfecto de obediencia, de fidelidad a su misión, de unión con el Padre, de paciencia en el sufrimiento. Cristo es presentado como un atleta fuerte y generoso que corre su carrera (cfr 1 Co 9,24; Flp 2,16; 1 Tm 6,12; 2 Tm 2,5), que sabe iniciar y sabe terminar su esfuerzo, que no desfallece y consigue el triunfo. Los cristianos debemos vivir de la misma manera. Es como oír de nuevo las palabras de Flp 2,5-9: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús... ». Su ejemplo alienta a superar el desprecio y recuerda que el cristiano no se puede extrañar si, en lugar del triunfo y del gozo, encuentra humillaciones y hostilidad (cfr Mt 10,24-25; Jn 15,20).
12,4-13Siguiendo el ejemplo de Jesús, los cristianos debemos luchar contra el pecado y ser perseverantes en las tribulaciones y persecuciones, porque si vienen es señal de que el Señor las permite para nuestro bien. «Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. (...) Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo» (S. Josemaría Escrivá, V. Cruc. 1,1).
12,14-29Se exhorta a llevar una vida digna de ser ella misma culto a Dios (cfr v. 28). Para ello, presenta una comparación entre dos escenas (vv. 18-24): una es la estampa sobrecogedora del establecimiento de la Alianza en el Sinaí (cfr Ex 19,12-16; 20,18); la otra es la visión maravillosa de la Ciudad celestial en el monte Sión, morada de los ángeles y bienaventurados. El punto central de su argumento se basa en el momento más significativo del pacto (v. 24): el derramamiento de la sangre del Señor, que sella la Alianza y realiza la purificación universal (cfr Ex 24,8; Hb 9,12-14,20; 1 P 1,2). Esta sangre «habla mejor que la de Abel» (v. 24; cfr 11,4), porque «éste exigía venganza mientras que la sangre de Cristo exige el perdón» (S. Tomás de Aquino, Sup. epist. ad Heb. in loc.). A continuación, con palabras del profeta Ageo (v. 26), el autor manifiesta que así como la tierra tembló en el Sinaí cuando Dios selló la Alianza con Moisés, así también con la Nueva Alianza han temblado la tierra y el cielo (cfr Mt 27,51-52). Si la Antigua Alianza exigía obediencia y temor (vv. 20-21), la grandeza de la Nueva exige además una mayor unión con el Señor (v. 25) y una vida en la gracia que sea verdadero culto a Dios (v. 28). [œkfobÒj e„mi kaˆ œntromoj: «estoy con miedo y temblando», en Dt 9,19 se habla del terror ante la cólera y enojo con que Yahweh se había airado con su pueblo. San Esteban sí menciona a Moisés estremecido ante la aparición de Yahweh en el monte (Hch 7,32) de ahí arranca la tradición recibida de ese temor y temblor de Moisés]
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
