SAN PABLO, PRISIONERO Y TESTIGO DE CRISTO (§ 21,1-28,31)

XII. SAN PABLO EN JERUSALÉN (21,1-23,21)

De Mileto a Cesarea (21,1-14)

1Separándonos de ellos nos hicimos a la mar y fuimos derechos a Cos, al día siguiente a Rodas y luego a Pátara.

2Encontramos una nave que zarpaba para Fenicia, nos embarcamos en ella y partimos.

3Avistamos la isla de Chipre y, dejándola a nuestra izquierda, continuamos navegando rumbo a Siria. Llegamos a Tiro, donde la nave debía dejar su carga.

4Encontramos a los discípulos y permanecimos allí siete días. Movidos por el Espíritu, ellos le decían a Pablo que no subiese a Jerusalén.

5Concluidos aquellos días salimos para continuar el viaje. Nos acompañaron todos con sus mujeres e hijos hasta fuera de la ciudad. Puestos de rodillas en la playa, hicimos oración,

6nos despedimos unos de otros y subimos a la nave. Ellos se volvieron a sus casas.

7Nosotros, terminado el viaje por mar desde Tiro, arribamos a Tolemaida, saludamos a los hermanos y permanecimos un día con ellos.

8Al día siguiente partimos y llegamos a Cesarea, donde fuimos a casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, y nos quedamos con él.

9Tenía éste cuatro hijas vírgenes que profetizaban. El profeta Ágabo

10Llevábamos allí varios días cuando llegó desde Judea un profeta que se llamaba Ágabo.

11Vino a nosotros, tomó el cinturón de Pablo y atándose las manos y los pies dijo: —Esto dice el Espíritu Santo: en Jerusalén, los judíos atarán así al hombre a quien pertenece este cinturón, y le entregarán a manos de los gentiles.

12Cuando lo oímos, tanto nosotros como los del lugar, le rogamos que no subiera a Jerusalén.

13Entonces Pablo respondió: —¿Qué hacéis llorando y afligiendo mi corazón? Yo estoy dispuesto no solamente a que me aten, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.

14Como no podíamos convencerle, dejamos de insistirle y dijimos: —Hágase la voluntad del Señor.

Llegada a Jerusalén y encuentro con los cristianos (21,15-26)

15Después de estos días, acabamos los preparativos y subimos a Jerusalén.

16Venían con nosotros algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a casa de un tal Mnasón, chipriota y antiguo discípulo, en donde no hospedamos.

17En cuanto llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría.

18Al día siguiente vino Pablo con nosotros a casa de Santiago, y allí se reunieron también todos los presbíteros.

19Después de saludarles les narró una por una las cosas que había obrado Dios en los gentiles por su ministerio.

20Ellos, al oírle, glorificaban a Dios, y le dijeron: —Ya ves, hermano, cuántos miles de judíos han recibido la fe, y todos son celosos seguidores de la Ley.

21Han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que habitan entre los gentiles que se aparten de Moisés, hablándoles de no circuncidar a sus hijos y no vivir las tradiciones.

22¿Qué podemos hacer? En cualquier caso se enterarán de que has llegado.

23Haz entonces lo que vamos a decirte: hay entre nosotros cuatro hombres que deben cumplir un voto;

24llévalos contigo, purifícate con ellos y paga sus gastos para que se rapen la cabeza, y vean todos que no hay nada de lo que han oído decir contra ti, sino que también tú caminas en la observancia de la Ley.

25En cuanto a los gentiles que han creído, les hemos escrito ya nuestra decisión de que se abstengan de la carne sacrificada a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación.

26Se llevó entonces Pablo a aquellos hombres y, al día siguiente, después de haberse purificado con ellos, entró en el Templo y anunció el plazo de los días de la purificación, para saber el día en que podría presentar la ofrenda por cada uno de ellos.

San Pablo, apresado en el Templo de Jerusalén (21,27-40)

27Cuando estaban a punto de cumplirse los siete días, unos judíos venidos de Asia, al verlo en el Templo, alborotaron a la muchedumbre y le echaron mano

28gritando: —¡Auxilio, hombres de Israel! Éste es el hombre que enseña a todos por todas partes contra el pueblo, la Ley y este lugar, y que ha introducido incluso a unos griegos en el Templo y ha profanado este lugar santo

29–era que habían visto con él en la ciudad al efesio Trófimo, y creían que Pablo le había introducido en el Templo.

30Se agitó toda la ciudad y se formó un tumulto de gente. Entonces, apresaron a Pablo, lo arrastraron fuera del Templo y cerraron inmediatamente las puertas.

31Intentaban matarlo, cuando se le anunció al tribuno de la cohorte que toda Jerusalén se encontraba alborotada.

32Éste enseguida se llevó con él a soldados y centuriones y corrió hacia ellos, quienes, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.

33Se acercó el tribuno, lo prendió y ordenó que fuera atado con dos cadenas, y le preguntó quién era y qué había hecho.

34Como en la muchedumbre unos gritaban una cosa y otros otra, y no podía averiguar nada con claridad a causa del tumulto, mandó conducirlo al cuartel.

35Cuando llegó a las escaleras tuvo que ser llevado por los soldados a causa de la violencia de la gente,

36pues la multitud seguía detrás gritando: —¡Mátalo!

37Cuando iban a entrar en el cuartel le dijo Pablo al tribuno: —¿Me permites decirte una cosa? Él le contestó: —¿Hablas griego?

38¿No eres tú el egipcio que hace pocos días promovió una rebelión y llevó al desierto a cuatro mil sicarios?

39Pablo respondió: —Yo soy judío, de Tarso de Cilicia, ciudadano de esta ciudad no desconocida. Te ruego que me permitas hablar al pueblo.

40Le concedió el permiso, y Pablo, de pie en lo alto de las gradas, hizo una señal a la gente con la mano. Se produjo entonces un profundo silencio y comenzó a hablarles en lengua hebrea:

Notas de la Facultad de Teología (5)

21,1-28,31Con la llegada a Jerusalén comienza la última parte del libro en la que se describe la cautividad del Apóstol. Éste, según el anuncio del Señor (23,11), será, desde ahora, prisionero y testigo de Cristo y del Evangelio. Se narra con detalle su viaje, como prisionero, hasta Roma. Desde la Urbe queda abierto el camino del Evangelio a todo el mundo.

21,1-23,21De esta última estancia de Pablo en Jerusalén, Lucas recuerda el recibimiento alegre por parte de los cristianos (21,17), pero también, el encono con que le perseguían algunos judíos (21,27-28). Las circunstancias adversas le sirven a Pablo para hacer una apología de su actuación, que lo es también del Evangelio (22,1-21). La cerrazón de los acusadores parece que le puede llevar a la muerte, pero todo es providencia del Señor que le tiene destinado para llevar el Evangelio a los gentiles y a Roma (22,21; 23,11).

21,1-14San Pablo, como hizo Jesús en su vida terrena, marcha con determinación hacia Jerusalén sabedor de lo que allí iba a acontecer. Las palabras y avisos del Espíritu Santo (vv. 4.11; cfr 20,23) refuerzan en Pablo la prontitud para aceptar la voluntad de Dios y soportar las dificultades que se le anuncian (v. 13; cfr 20,23-24). La serenidad del Apóstol contrasta con la turbación, explicable por el afecto, de quienes le rodean. Una larga vida de entrega y olvido de sí mismo ha hecho posible la calma sobrenatural en estos momentos decisivos. «La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada— (S. Josemaría Escrivá, Camino 758). El ejemplo de Pablo logra impresionar a los discípulos y les mueve a aceptar lo que Dios haya dispuesto, con una expresión que recuerda las palabras de Jesús en Getsemaní (v. 14; cfr Lc 22,42).

21,15-26Pablo y sus acompañantes son recibidos por Santiago –probablemente. Santiago el Menor– cabeza de la iglesia de Jerusalén por aquellos años (cfr 12,17; 15,13; 1 Co 15,7; Ga 1,19), y por los presbíteros que le asisten en el gobierno y atención espiritual de la comunidad. Lucas suele distinguir entre presbíteros y Apóstoles. De aquí cabe pensar que los demás Apóstoles, incluido Pedro, habían abandonado la Ciudad Santa. Los dirigentes de la Iglesia en Jerusalén se alegran del éxito del apostolado de Pablo (v. 20), pero también son conscientes de los rumores que corren en torno a su labor (v. 21). Estos rumores tienen una base real, porque el Apóstol considera secundaria la Ley mosaica en orden a conseguir la salvación y no concede a la circuncisión carácter necesario o absoluto (cfr Rm 2,25-29; Ga 4,9; 5,11). Pero la acusación que contienen es injusta. Pablo nunca exhortó a los cristianos de origen judío a omitir la circuncisión de sus hijos, y él mismo se ocupó de que Timoteo fuera circuncidado (cfr 16,3). En Corinto se había mostrado defensor de que las mujeres, según la costumbre judía, usaran velo en las funciones de culto (cfr 1 Co 11,2-16); y personalmente parece que no tuvo inconveniente en emitir un voto de nazareato (cfr 18,18).

21,27-40Unos judíos venidos de Asia (v. 27) para la fiesta de Pentecostés (cfr 20,16) soliviantan a la multitud contra Pablo. Las acusaciones que vierten contra él (v. 28) son muy semejantes a las lanzadas en su día contra el Señor (cfr Mt 26,61; 27,40) y contra Esteban (cfr 6,11-14). Con el arresto de Pablo por parte del tribuno (v. 33) se inicia un nuevo tema que Lucas describirá con detalle: la prisión del Apóstol (21,33-22,29), su procesamiento en Jerusalén y Cesarea (caps. 23-26), y el viaje a Roma (27,1-28,16) para comparecer ante el tribunal imperial. A partir de este momento Pablo no será tanto el misionero y fundador infatigable de iglesias como el testigo encadenado del Evangelio. Pero también en las nuevas circunstancias continuará su tarea de anunciar a Cristo.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Hechos de los apóstoles 21 — Parroquia Jesús Obrero