VI. VOCACIÓN DE SAN PABLO (9,1-31)

Saulo, camino de Damasco (9,1-19)

1Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el sumo sacerdote

2y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar detenidos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres y mujeres, seguidores del Camino.

3Pero mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo.

4Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: —Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

5Respondió: —¿Quién eres tú, Señor? Y él: —Yo soy Jesús, a quien tú persigues.

6Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer.

7Los hombres que le acompañaban se detuvieron estupefactos, puesto que oían la voz pero no veían a nadie.

8Se levantó Saulo del suelo y, aunque tenía abiertos los ojos, no veía nada. Le condujeron de la mano a Damasco,

9donde estuvo tres días sin vista y sin comer ni beber. Ananías bautiza a Saulo

10Había en Damasco un discípulo, de nombre Ananías, a quien el Señor habló en una visión: —¡Ananías! Él respondió: —Aquí estoy, Señor.

11El Señor le dijo: —Levántate y vete a la calle que se llama Recta, y busca en casa de Judas a uno de Tarso, de nombre Saulo, que está orando

12—y vio Saulo en una visión que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos, para que recobrase la vista.

13—Señor –respondió Ananías–, he oído a muchos cuánto mal ha causado este hombre a tus santos en Jerusalén,

14y que tiene aquí poderes de los príncipes de los sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre.

15El Señor le dijo: —Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.

16Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre.

17Marchó Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: —Saulo, hermano, me ha enviado el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo.

18Al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista; se levantó y fue bautizado,

Inicio de la actividad apostólica de San Pablo (9,19-31)

19y tomando algo de comer recuperó las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos que había en Damasco,

20y enseguida empezó a predicar a Jesús en las sinagogas: —Éste es el Hijo de Dios.

21Todos los que le oían se asombraban y decían: —¿Pero no es éste el que atacaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y que vino aquí para llevarlos detenidos ante los príncipes de los sacerdotes?

22Saulo cobraba cada vez más fuerza y desconcertaba a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que Jesús es el Cristo. Huida de San Pablo

23Muchos días después, los judíos tomaron la decisión de matarlo;

24pero Saulo se enteró de sus insidias. Y aunque vigilaban día y noche las puertas de la ciudad para acabar con él,

25sus discípulos lo tomaron una noche y lo descolgaron por la muralla en una espuerta. San Bernabé y San Pablo, en Jerusalén con los Apóstoles

26Cuando llegó a Jerusalén intentaba unirse a los discípulos; pero todos le temían, porque no creían que fuera discípulo.

27Sin embargo, Bernabé se lo llevó con él, lo condujo a los apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, y que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado abiertamente en el nombre de Jesús.

28Entonces entraba y salía con ellos en Jerusalén, hablando claramente en el nombre del Señor.

29Conversaba también y disputaba con los helenistas; y éstos intentaban matarle.

30Cuando los hermanos lo supieron, lo llevaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso. Crecimiento de la Iglesia

31La Iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaría. Se consolidaba y caminaba en el temor del Señor y crecía con el consuelo del Espíritu Santo.

VII. ACTIVIDAD DE SAN PEDRO (9,32-12,25)

San Pedro cura en Lida a un paralítico (9,32-35)

32Mientras recorría Pedro todos los lugares, llegó hasta los santos que vivían en Lida.

33Encontró allí a un hombre llamado Eneas, que era paralítico y llevaba ocho años postrado en cama.

34Pedro le dijo: —¡Eneas!, Cristo Jesús te cura. Levántate y deja listo tu lecho. Inmediatamente se levantó.

35Lo vieron todos los que vivían en Lida y Sarón y se convirtieron al Señor.

San Pedro resucita en Jope a Tabita (9,36-43)

36Había en Jope una discípula llamada Tabita –que traducido significa «Gacela»–, que hacía muchísimas buenas obras y limosnas.

37Aconteció por aquellos días que cayó enferma y murió. Después de lavarla, la colocaron en la estancia superior.

38Como Lida está cerca de Jope, al oír los discípulos que Pedro se encontraba allí, enviaron a dos hombres para rogarle: —No tardes en venir junto a nosotros.

39Pedro se levantó y fue con ellos. En cuanto llegó, le condujeron a la estancia superior y le rodearon todas las viudas, que lloraban y mostraban las túnicas y los mantos que Gacela les había confeccionado cuando vivía con ellas.

40Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró. Después, vuelto hacia el cuerpo, dijo: —Tabita, levántate. Ella abrió los ojos y al ver a Pedro se incorporó.

41Dándole la mano la levantó, llamó a los santos y a las viudas, y se la presentó con vida.

42El hecho se supo en toda Jope y muchos creyeron en el Señor.

43Pedro se quedó en Jope bastantes días, en casa de un tal Simón, que era curtidor.

Notas de la Facultad de Teología (7)

8,1-12,25En esta parte se narra la dispersión de los cristianos que, con excepción de los Doce, se habían diseminado a causa de la persecución y predicaban el Evangelio por Judea, Samaría y Siria. Jerusalén ha quedado demasiado estrecha y la Iglesia comienza a abrir sus puertas a los gentiles. Se nos habla de la conversión del etíope (8,26-39) y de la recepción del Bautismo por parte de numerosos samaritanos (8,14-17). Se narran con bastante detalle la vocación de Pablo, llamado a ser Apóstol de las gentes (9,15), y la conversión del centurión Cornelio (caps. 10-11), de extraordinario significado para la superación evangélica de las barreras étnicas. Termina con la muerte de Santiago, hermano de Juan, y la detención y liberación milagrosa de San Pedro.

9,1-31Este es el primero de los tres relatos de la vocación de Saulo que incluye el libro de los Hechos (cfr 22,5-16; 26,10-18), sucedida probablemente entre los años 34 y 36. Cuando se trata de sucesos trascendentales no le importa a Lucas repetir su narración. En este primer relato se describen los acontecimientos desde dos perspectivas distintas: la de Pablo (vv. 1-9) y la de Ananías (vv. 10-19). Después, (vv. 19-30) se describe el vigor de la predicación del Apóstol.

9,1-19Desde el mismo momento de su vocación, en la primera aparición a Saulo, Cristo le hizo patente la identificación entre Él y los cristianos. Es una realidad que formulará más tarde el Apóstol, al hablar en sus epístolas del Cuerpo Místico de Cristo (cfr Col 1,18; Ef 1,22s.). Ésta es la idea que resaltan algunos Padres en sus comentarios: Jesús «no dice: ¿por qué persigues a mis miembros?, sino «¿por qué me persigues?», porque Él mismo todavía padece afrentas en su Cuerpo, que es la Iglesia» (S. Beda, Sup. Act. exp. in loc.).

9,19-31Lucas hace notar el vigor de la predicación de Saulo: el mismo ardor que mostraba antes en la persecución de los cristianos (9,1-2), lo renueva ahora en sus controversias con judíos (v. 22) y griegos (v. 29). Pero «los discípulos temían que los judíos hicieran de Saulo un mártir, como habían hecho con San Esteban. A pesar de ese temor le envían a predicar el Evangelio a su propia patria, donde estará más seguro. Veis en esta conducta de los Apóstoles que Dios no lo hace todo inmediatamente con su gracia y que con frecuencia deja actuar a sus discípulos siguiendo la regla de la prudencia» (S. Juan Crisóstomo, Hom. in Act. 21,1). Tras esta primera actividad de Pablo, Lucas detiene su relato (v. 31) para hacer una consideración de carácter general sobre el progreso ininterrumpido de la Iglesia en su conjunto y de las diversas comunidades que han surgido con motivo de la dispersión (cfr 2,41.47; 4,4; 5,14; 6,1.7; 11,21.24; 16,5). Destaca sobre todo la paz y consolación operadas por el Espíritu Santo. Es una nota de justificado optimismo y confianza en la asistencia divina.

9,32-12,25Lucas sigue ahora su narración con la actividad de San Pedro fuera de Jerusalén. La descripción del relato sugiere que ya había bastantes cristianos en Lida (9,32) y en Jope (9,36-38). Pero el acontecimiento más importante de este viaje de Pedro es la conversión del centurión Cornelio (10,1-11,18), porque representa la admisión a la nueva fe de personas que no han pasado por la circuncisión. A lo largo del relato, Lucas –y el mismo San Pedro en su discurso en Jerusalén (11,4-17)– subrayará que la iniciativa fue siempre del Espíritu Santo. La importancia del acontecimiento se mostrará después en otros momentos de la vida de la primitiva Iglesia (15,3-11).

9,32-35También Jesús curó a un paralítico (Mt 9,1-8 y par.) mandándole que se levantara y tomara el lecho. Cristo lo hacía en nombre propio y perdonando los pecados como Dios. San Pedro, en cambio, lo hace en nombre de Jesús.

9,36-43El pasaje no deja de ser un bello ejemplo de la recompensa que se obtiene por las obras de piedad: «En los Hechos de los Apóstoles –escribe San Cipriano– está claro que las limosnas no sólo nos libran de la muerte espiritual, sino de la temporal. Habiendo enfermado y muerto Tabita, que «hacía muchísimas buenas obras y limosnas», fue llamado Pedro. Y apenas se presentó, con toda la diligencia de su caridad apostólica, le rodearon las viudas con lágrimas y súplicas (...), rogando por la difunta más con sus gestos que con sus palabras. Creyó Pedro que podía lograrse lo que pedían de manera tan insistente y que no faltaría el auxilio de Cristo a las súplicas de los pobres en quienes Él había sido vestido (...). No dejó, en efecto, de prestar su auxilio a Pedro, al que había dicho en el Evangelio que se concedería todo lo que se pidiera en su nombre. Por tal causa se interrumpe la muerte y la mujer vuelve a la vida, y con admiración de todos se reanima, retornando a la luz del mundo el cuerpo resucitado. Tanto pudieron las obras de misericordia, tanto poder ejercieron las obras buenas» (De Oper. et eleem. 6).

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Hechos de los apóstoles 9 — Parroquia Jesús Obrero