Capítulo 8
Segunda multiplicación de los panes (8,1-10)
1En aquellos días, reunida de nuevo una gran muchedumbre que no tenía qué comer, llamando a los discípulos les dijo:
2—Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer;
3y si los despido en ayunas a sus casas desfallecerán en el camino, porque algunos han venido desde lejos.
4Y le respondieron sus discípulos: —¿Quién podrá alimentarlos de pan aquí, en un desierto?
5Les preguntó: —¿Cuántos panes tenéis? —Siete –respondieron ellos.
6Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomando los siete panes, después de dar gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran; y los distribuyeron a la muchedumbre.
7Tenían también unos pocos pececillos; después de bendecirlos, mandó que los distribuyeran.
8Y comieron y quedaron satisfechos, y con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas.
9Eran unos cuatro mil. Y los despidió.
10Y subiendo enseguida a la barca con sus discípulos, se fue hacia la región de Dalmanuta.
La levadura de los fariseos y de Herodes (8,11-21)
Mt 16,1-12
11Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole, para tentarle, una señal del cielo.
12Suspirando desde lo más íntimo, dijo: —¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad os digo que a esta generación no se le dará ninguna señal.
13Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se marchó a la otra orilla.
14Se olvidaron de llevar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan.
15Y les advertía diciendo: —Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.
16Y ellos comentaban unos con otros que no tenían pan.
17Al darse cuenta Jesús, les dice: —¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón?
18¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís? ¿No os acordáis
19de cuántos cestos llenos de trozos recogisteis, cuando partí los cinco panes para cinco mil? —Doce –le respondieron.
20—Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis? —Siete –le contestaron.
21Y les decía: —¿Todavía no comprendéis?
Curación del ciego de Betsaida (8,22-26)
22Llegan a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que lo toque.
23Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y, poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: —¿Ves algo?
24Y alzando la mirada dijo: —Veo a hombres como árboles que andan.
25Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas.
26Y lo envió a su casa diciéndole: —No entres ni siquiera en la aldea. (Mt 16,13-20; Lc 9,18-21)
Confesión de San Pedro (8,27-30)
27Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino comenzó a preguntar a sus discípulos: —¿Quién dicen los hombres que soy yo?
28Ellos le contestaron: —Juan el Bautista. Y hay quienes dicen que Elías, y otros que uno de los profetas.
29Entonces él les pregunta: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Le responde Pedro: —Tú eres el Cristo.
SEGUNDA PARTE
30Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto. Jesús predice su Pasión y su Gloria (Mt 16,21-28; Lc 9,22-27)
MINISTERIO CAMINO DE JERUSALÉN (§ 8,31-10,52)
VI. ENSEÑANZAS SOBRE LA VIDA CRISTIANA (8,31-9,50)
La ley de la renuncia cristiana (8,31-9,1)
31Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar después de tres días.
32Hablaba de esto claramente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle.
33Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo: —¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.
34Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: —Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga.
35Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.
36»Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?
37Pues ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
38Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles.
Notas de la Facultad de Teología (9)
1,14-8,30El Evangelio de Marcos es semejante en su estructura a la primera predicación de los Apóstoles: «Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,37-38). En esta primera parte (1,14-8,30) el evangelista nos va describiendo la actividad docente y curativa de Jesús por Galilea y regiones vecinas. Ante sus milagros y sus palabras, las gentes se preguntan: «¿Quién es éste?», (cfr 1,27; 2,7.12; 3,32; 4,41; 6,2.14-16, etc.) y no aciertan a descubrirlo. Sólo San Pedro (cfr 8,29) sabrá hacerlo confesando que Jesús es el Mesías. Pero, aun entonces, Jesús pide a sus discípulos que no lo proclamen porque su mesianismo debe pasar por la cruz.
6,6-8,30La actividad de Jesús en Galilea se prolonga ahora con la de los discípulos (6,6-13). Galilea era, en tiempos de Jesús, una región con características étnicas y geográficas peculiares. En sus ciudades convivían judíos y paganos y las condiciones de vida –trabajo, comercio, etc.– determinaban un estrecho contacto con regiones vecinas pobladas por personas no judías. Con su presencia en estas tierras limítrofes (7,24-8,9), iniciada ya antes (cfr 5,1-20), Jesús está indicando que, aunque su misión se dirige primero a los Hijos de Israel (cfr 7,27) su alcance es universal. De otra parte, las gentes siguen preguntándose quién es Jesús (cfr. 6,14-16; 8,27-28). En los pasajes anteriores, el evangelista ha mostrado que los demonios lo saben (cfr 1,24.34; 3,11-12; 5,7), pero Cristo no reconoce su testimonio porque quiere que sean los hombres quienes le confiesen como Mesías. Cuando eso acontece con la confesión de Pedro (8,29), comienza una nueva fase del evangelio en la que el Maestro adoctrina a sus discípulos sobre el sentido redentor de su mesianismo.
8,1-10Marcos y Mateo narran una nueva multiplicación de los panes. En algunos detalles el milagro es muy semejante al anterior (cfr 6,32-44). Sin embargo hay ciertos rasgos propios de este pasaje: la indicación de que venían de lejos (v. 3), los siete panes y las siete espuertas sobrantes (vv. 5.8) frente a los doce cestos de la multiplicación anterior (cfr 6,43), etc. Jesús, que antes se había presentado como el Mesías Pastor del nuevo pueblo de Israel, ahora sugiere que también los gentiles tienen su lugar en ese pueblo. El sentido de las multiplicaciones de los panes queda así más claro: tal como le explica Jesús a la mujer sirofenicia con la imagen del pan (cfr 7,27-30), la salvación, dirigida en primer lugar a Israel, tiene como destinatarios a todos los pueblos (cfr Hch 2,39; 3,26; 11,18; etc.): «Todos los hombres, por tanto, están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios. (...) A esta unidad pertenecen de diversas maneras y a ella están destinados los católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios» (C. Vat. II, Lum. gent. 13).
8,11-21En otros lugares de los evangelios (cfr Mt 13,33; Lc 13,20-21) la imagen de la levadura fue empleada por Cristo para señalar la fuerza de su doctrina. Aquí simboliza las malas disposiciones de los fariseos que no creen en Él y le piden una señal para tentarle (vv. 11-12), y la doblez de Herodes que tampoco entiende los signos de Jesús (6,14-16; cfr Lc 13,31-32). El Señor previene a sus discípulos para que no caigan en aquella visión humana de las obras del Cristo, desprovista del verdadero sentido de su misión salvadora y de su poder. La confusión de los discípulos a propósito de los panes muestra qué cerca estaban de esta incomprensión.
8,22-26Como en el caso del sordomudo (cfr 7,31-37), aquí también Jesús cura con gestos simbólicos que después la Iglesia utilizó en la liturgia de los sacramentos. La curación del ciego de Betsaida representa, en el curso del evangelio, la culminación de los signos mesiánicos de Cristo (cfr nota a 7,31-37); por eso no es extraño que venga seguida por la confesión de Pedro (8,29). Por otra parte, la curación progresiva del ciego puede simbolizar el camino que recorrieron Pedro y los discípulos y que recorre también todo hombre: el Señor con sus signos va curando nuestra ceguera hasta que vemos «con claridad todas las cosas» (v. 25) y nos atrevemos a confesar a Cristo como Hijo de Dios y Salvador nuestro: «Dadnos, Señor, luz; mirad que es más menester que al ciego (...), que éste deseaba ver la luz y no podía; ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia» (S. Teresa de Jesús, Exclam. 8).
8,27-30Se recoge aquí uno de los momentos centrales de la relación de los discípulos con Jesús: la confesión de su mesianismo. El diálogo con los discípulos muestra hasta qué punto es decisiva la respuesta de Pedro. En efecto, lo que los hombres piensan de Jesús es, humanamente, lo más grande que podía concebir un judío piadoso: un profeta, o el mismo Elías (cfr 9,11). Pero San Pedro con su respuesta no expresa una opinión, sino que hace una auténtica profesión de fe cuyo sentido explícito encontramos en Mt 16,16-17.
8,31-10,52Tras la confesión de Pedro, el horizonte del evangelio cambia. Desde ese momento Jesús se dedica con mayor intensidad a la formación de sus discípulos mostrándoles la necesidad de su pasión para entrar en su gloria (8,31-9,13). Los tres anuncios de la pasión (8,31; 9,31; 10,33-34) son como el estribillo de esta parte del evangelio. Junto a esta nota, el relato está repleto de enseñanzas de Jesús sobre las virtudes y actitudes que deben presidir la vida de sus discípulos: la oración (9,14-29), la humildad (9,33-50), la pobreza (10,17-31), etc.
8,31-9,50Comienza ahora la revelación de Jesús como Siervo Sufriente. Es el camino de la cruz que Cristo aceptó para sí (cfr 8,31) y que cada cristiano debe recorrer (8,34). Jesús prepara a sus discípulos para este acontecimiento con sus palabras (8,31-9,1; 9,30-32) y con sus gestos: los tres discípulos que serán testigos de su agonía en el Huerto de los Olivos (14,33) son confortados antes con una visión anticipada de su gloria (9,2-13).
8,31-9,1Jesús inicia ahora una enseñanza particular a sus discípulos acerca del verdadero sentido de su misión: la salvación se realizará a través de su pasión y de su cruz, y, por eso, quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a esa renuncia de sí mismo (vv. 34-38). El diálogo con Pedro (vv. 31-33) ilustra de manera concentrada la paradoja cristiana: a Pedro le cuesta comprender que el triunfo de Cristo sea realmente la cruz. Cristo le reprende abiertamente porque eso es un modo humano de ver las cosas, incompatible con el plan de Dios. También nosotros podemos tener a menudo esa visión empequeñecida: «Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural (...). En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección» (S. Josemaría Escrivá, V. Cruc. 2,5).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
