Romanos

Capítulo 5

II. LA SALVACIÓN Y LA VIDA CRISTIANA (5,1-8,39)

La reconciliación por el Sacrificio de Cristo, fundamento de nuestra esperanza (5,1-11)

1Justificados, por tanto, por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo,

2por quien también tenemos acceso en virtud de la fe a esta gracia en la que permanecemos, y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios.

3Pero no sólo esto: también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia;

4la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.

5Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado.

6Porque Cristo, cuando todavía nosotros éramos débiles, murió por los impíos en el tiempo establecido.

7En realidad, es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena.

8Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

9¡Cuánto más, si hemos sido justificados ahora en su sangre, seremos salvados por él de la ira!

10Porque, si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida.

11Pero no sólo esto: también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación.

El pecado original (5,12-21)

12Por tanto, así como por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron...

13Pues, hasta la Ley, había pecado en el mundo, pero no se puede acusar de pecado cuando no existe ley;

14con todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre aquellos que no cometieron una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir.

15Pero el don no es como la caída; porque si por la caída de uno solo murieron todos, cuánto más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos.

16Y no ocurre lo mismo con el don que con el pecado de uno solo; pues la sentencia a partir de una sola caída acaba en condenación, mientras que la gracia a partir de muchos pecados acaba en justificación.

17Pues si por la caída de uno solo la muerte reinó por medio de uno solo, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo.

18Por consiguiente, como por la caída de uno solo la condenación afectó a todos los hombres, así también por la justicia de uno solo la justificación, que da la vida, alcanza a todos los hombres.

19Pues como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos.

20La Ley se introdujo para que se multiplicara la caída; pero una vez que se multiplicó el pecado, sobreabundó la gracia,

21para que, así como reinó el pecado por la muerte, así también reinase la gracia por medio de la justicia para vida eterna por nuestro Señor Jesucristo.

Notas de la Facultad de Teología (4)

1,18-11,36La parte doctrinal de la carta está centrada en el significado, naturaleza y consecuencias de la justificación que Cristo nos ha ganado. Tras afirmar que únicamente por medio de Cristo, y por la fe en Él, el hombre puede llegar a ser justo delante de Dios (1,18-4,25), San Pablo explica cómo, mediante el Bautismo, entramos a participar en la reconciliación con Dios obtenida por el sacrificio de Cristo, y las consecuencias que conlleva: libertad, vida en el Espíritu, filiación divina (5,1-8,39). Finalmente, muestra cuál ha sido, y sigue siendo, el papel de Israel en la manifestación definitiva de la acción justificadora de Dios (9,1-11,36).

5,1-8,39En esta parte de la carta San Pablo explica los efectos de la justificación. Cristo nos reconcilia con el Padre por medio del sacrificio de su sangre, y su resurrección es fundamento de nuestra esperanza (5,1-11); nos libera del pecado y de la muerte, devolviéndonos la vida de la gracia y la vida eterna que el pecado del primer hombre nos había quitado (5,12-21); nos comunica esa vida a través del Bautismo (6,1-11). Cristo nos da también la posibilidad de liberarnos de los pecados personales (6,12-23) y de la esclavitud de la Ley, otorgándonos la libertad frente a ella (7,1-6) y frente a la concupiscencia (7,7-13). Por eso, el cristiano debe seguir luchando contra la ley de la carne en la que anida la concupiscencia (7,14-25). Con todo, lo más importante de la justificación es la vida nueva que el Espíritu concede (8,1-13). Por la acción del Espíritu, los cristianos somos verdaderamente hijos de Dios (8,14-30) y estamos llenos de confianza y esperanza aun en medio de las contradicciones (8,31-39).

5,1-11La nueva vida que resulta de la justificación se realiza en la fe y en la esperanza, y tiene como fruto la paz. La paz no consiste en la ausencia de dificultades sino en la firmeza llena de esperanza («la virtud probada», v. 4) de quien se sobrepone a las tribulaciones y se mantiene fiel mediante la paciencia. Las tribulaciones son necesarias porque a través de ellas crecen las virtudes. «Quien espera algo con gran fuerza está dispuesto a sufrir todas las dificultades y amarguras para conseguirlo. Así, por ejemplo, un enfermo, si desea ardientemente la salud, toma de buena gana la medicina amarga que le sanará» (S. Tomás de Aquino, Sup. epist. ad Rom. in loc.).

5,12-21Todos los hombres estamos implicados en el pecado de Adán «que se trasmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación y que se halla como propio en cada uno» (CCE 419). Éste es el pecado original. Pero así como el pecado entró en el mundo por obra de quien encerraba en sí toda la humanidad que había de ser engendrada a partir de él, así también la justicia nos llega a todos por un solo hombre, por el «nuevo Adán», Jesucristo, «el primogénito de toda criatura» que es «cabeza del cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,15.18). Cristo, mediante su obediencia y sumisión a la voluntad del Padre, se contrapone a la desobediencia y rebeldía de Adán, devolviéndonos con creces la felicidad y la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de nuestros primeros padres.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

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