1 Tesalonicenses

Capítulo 4

II. LA VIDA CRISTIANA: SANTIDAD, ESPERANZA, ORACIÓN (4,1-5,28)

Recomendaciones: santidad y pureza (4,1-8)

1Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el Señor Jesús a que, conforme aprendisteis de nosotros sobre el modo de comportaros y de agradar al Señor, y tal como ya estáis haciendo, progreséis cada vez más.

2Pues conocéis los preceptos que os dimos de parte del Señor Jesús.

3Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación:

4que cada uno sepa guardar su propio cuerpo santamente y con honor,

5sin dejarse dominar por la concupiscencia, como los gentiles, que no conocen a Dios.

6En este asunto, que nadie abuse ni engañe a su hermano, pues el Señor toma venganza de todas estas cosas, como ya os advertimos y aseguramos;

7porque Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad.

8Por tanto, el que menosprecia esto no menosprecia a un hombre, sino a Dios, que además os concede el don del Espíritu Santo.

Caridad y laboriosidad (4,9-12)

9En cuanto al amor fraterno, no tenéis necesidad de que os escriba, pues vosotros mismos habéis sido instruidos por Dios para que os améis los unos a los otros,

10y, en efecto, así lo estáis poniendo por obra con todos los hermanos en toda Macedonia. Pero os encarecemos, hermanos, a que progreséis más

11y a que os esmeréis en vivir con serenidad, ocupándoos de vuestros asuntos y trabajando con vuestras manos, como os lo ordenamos,

12de modo que os comportéis honradamente ante los de fuera y no necesitéis de nadie.

La Parusía (4,13-5,11)

13No queremos, hermanos, que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto, para que no os entristezcáis como esos otros que no tienen esperanza.

14Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron.

15Así pues, como palabra del Señor, os transmitimos lo siguiente: nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la venida del Señor, no nos anticiparemos a los que hayan muerto;

16porque, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitarán en primer lugar los que murieron en Cristo;

17después, nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados a las nubes junto con ellos al encuentro del Señor en los aires, de modo que, en adelante estemos siempre con el Señor.

18Por tanto, animaos mutuamente con estas palabras.

Notas de la Facultad de Teología (5)

1,1-5,28De las cartas de San Pablo, ésta es la más antigua que conservamos. Tras saludar a la comunidad que él mismo había fundado, dedica un amplio espacio a dar gracias a Dios por el fruto de la evangelización y por la fidelidad de aquellos cristianos (1,2-3,13). Después, movido, al parecer, por el dolor de los fieles de Tesalónica ante la muerte de seres queridos, les exhorta a llevar una vida santa en la esperanza de la segunda venida de Cristo (4,1-5,28).

4,1-5,28El pensamiento acerca de la segunda venida del Señor parece sugerir al Apóstol unas exhortaciones que vienen en esta segunda sección de la carta. Están orientadas a animar a los tesalonicenses a progresar más y más en la santidad (4,1-12), y a avivar en ellos la esperanza en la resurrección futura (4,13-5,11). Concluirá con la recomendación de vivir en paz, alegres y en oración constante (5,12-22).

4,1-8Las exhortaciones que ahora comienzan se fundan en la llamada divina a la santidad. El v. 3 parece un eco de la enseñanza de nuestro Señor en Discurso de la Montaña: «Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). La santidad requiere pureza. Por eso, la castidad cristiana no es sólo una consecuencia de la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios, sino también exigencia de la nueva dignidad del bautizado, cuyo cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr 1 Co 6,19-20). «Con el espíritu de Dios, la castidad no resulta un peso molesto y humillante. Es una afirmación gozosa» (S. Josemaría Escrivá, Hom. 2. 177).

4,9-12Entre los puntos fundamentales de la vida cristiana Pablo subraya, junto con la caridad y como consecuencia de ésta, la necesidad de trabajar. Consejos semejantes se encuentran con frecuencia en los documentos cristianos más antiguos: «Si alguno quiere establecerse entre vosotros, que tenga un oficio, que trabaje y así se alimente. Y si no tiene oficio, proveed conforme a vuestra prudencia, de modo que no haya entre nosotros ningún cristiano ocioso» (Didach. 12,3-5). El amor a Dios permite dar al trabajo un sentido. «Hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con la ayuda de estos contenidos, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios» (Juan Pablo II, Lab. exerc. 24).

4,13-5,11La precipitada marcha del Apóstol había dejado incompleta la instrucción cristiana. Una de las dudas que les quedaban podía formularse así: «Cuando llegue el Señor, ¿tendrán los difuntos alguna desventaja frente a los que estemos vivos?» San Pablo responde con dos enseñanzas: primero afirma que no los aventajaremos en nada (vv. 15-18); después aclara que no sabemos cuándo ocurrirá ese acontecimiento (vv. 1-2). Al emplear la primera persona del plural (v. 15: «nosotros, los que vivamos, los que quedemos») no quiere decir que la Parusía sea inminente ni que él piense permanecer vivo ese día. Algunos le malinterpretarán (cfr 2 Ts 2,1-2) afirmando la inminencia de la Parusía a pesar de que, en otros lugares, San Pablo dice no saber cuándo sucederá (1 Ts 5,2 ss.; cfr

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

1 Tesalonicenses 4 — Parroquia Jesús Obrero