Capítulo 3
II. NO ES ORGULLO MOSTRAR LA GRANDEZA DE SU MINISTERIO APOSTÓLICO (3,1-6,10)
Su carta de recomendación (3,1-3)
1¿Comenzamos de nuevo a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para vosotros o de vuestra parte?
2Nuestra carta sois vosotros, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres;
3pues es notorio que sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio y escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra sino en tablas que son corazones de carne.
Superioridad de su ministerio sobre el de la Antigua Alianza (3,4-18)
4Y esta confianza la tenemos por Cristo ante Dios.
5No es que por nosotros seamos capaces de pensar algo como propio nuestro, sino que nuestra capacidad viene de Dios,
6el cual también nos hizo idóneos para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.
7Pues si el ministerio de muerte, grabado con letras sobre piedras, resultó glorioso, hasta el punto de que los hijos de Israel no podían fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, que era perecedera,
8¿con cuánta mayor razón será más glorioso el ministerio del Espíritu?
9Porque si el ministerio de la condenación fue glorioso, mucho más abunda en gloria el ministerio de la justicia.
10Y verdaderamente, aquella glorificación deja de ser gloriosa en comparación con esta gloria eminente.
11Porque si lo perecedero pasó por un momento de gloria, con mucha más razón lo duradero permanece en gloria.
12Teniendo, pues, esta esperanza, procedemos completamente confiados,
13y no como Moisés, que se ponía un velo sobre la cara para que los hijos de Israel no se fijasen en el final de lo que estaba destinado a perecer.
14Pero sus inteligencias se embotaron. En efecto, hasta el día de hoy perdura en la lectura del Antiguo Testamento ese mismo velo, sin haberse descorrido, porque sólo en Cristo desaparece;
15verdaderamente, hasta hoy, siempre que se lee a Moisés, está puesto un velo sobre sus corazones;
16pero cuando se conviertan al Señor, será quitado el vel o.
17El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad.
18Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor.
Notas de la Facultad de Teología (4)
1,12-7,16Pablo explica a los corintios su modo de comportarse y sale al paso de las críticas que algunos han levantado contra él. Estos temas, que forman la primera parte de la carta, nos dan a conocer, quizá con más claridad que en ningún otro lugar, cómo era la entrega de San Pablo a su ministerio (1,12-2,17), con qué sinceridad de vida la llevaba a cabo (3,1-6,10) y qué sentimientos suscitaban en su corazón las distintas respuestas de los fieles (6,11-7,16).
3,1-6,10Otra acusación que se hacía de Pablo entre algunos de Corinto era su arrogancia y orgullo en la presentación de su ministerio. Él, al tiempo que se defiende, aprovecha para mostrar la naturaleza y finalidad del ministerio que desempeña y del ministerio cristiano en cuanto tal.
3,1-3Es de suponer que sus enemigos se habían presentado en Corinto con alguna carta de recomendación. El Apóstol puede presentar una carta mucho más elocuente y expresiva: los mismos corintios, convertidos mediante su predicación, «porque cualquier gente, por bárbara que sea, aunque no entienda el lenguaje de la palabra, entiende el lenguaje del buen ejemplo y virtud, que ve puesto por obra, y de allí vienen a estimar en mucho al que tales discípulos tiene» (S. Juan de Ávila, Audi, filia 34).
3,4-18San Pablo, con su predicación y comportamiento, proclamaba una relación con Dios en Cristo superior e incluso al margen de la que el hombre adquiría mediante la Ley de Moisés. No faltaban en Corinto quienes, siguiendo a los judaizantes, pensaban que todo ello era invención de Pablo y efecto de su arrogancia. Por eso el Apóstol apela a Dios y muestra la superioridad de la Nueva Alianza sobre la Antigua. De ahí que el ministerio de los Apóstoles sea superior al de Moisés. La Nueva Ley es «Espíritu», porque es el mismo Espíritu Santo quien difunde mediante la gracia la caridad en los corazones de los fieles, y la caridad es la plenitud de la Ley. El velo con que Moisés cubrió su rostro al bajar del Monte Sinaí después de hablar con Dios (Ex 34,29-35) era un símbolo del carácter transitorio de la Ley y de su ministerio. Sólo con la luz que trae Jesucristo, plenitud de la revelación, puede entenderse su significado verdadero: « Los libros íntegros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento y a su vez lo iluminan y lo explican» (C. Vat. II. Dei Verb. 16).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
