Capítulo 4
Sinceridad con que actúa (4,1-6)
1Por eso, teniendo este ministerio por la misericordia que se nos hizo, no desfallecemos.
2Antes bien, nos abstuvimos de los disimulos vergonzosos, no procediendo con astucia ni falsificando la palabra de Dios, sino recomendándonos a nosotros mismos ante toda conciencia humana por la manifestación de la verdad delante de Dios.
3Y si todavía nuestro evangelio está velado, lo está para los que se pierden,
4para los incrédulos, cuyas inteligencias cegó el dios de este mundo para que no vean la luz del Evangelio glorioso de Cristo, el cual es la imagen de Dios.
5Pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús.
6Porque el mismo Dios que mandó: «Del seno de las tinieblas brille la luz», hizo brillar la luz en nuestros corazones, para que irradien el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo.
Tribulaciones del Apóstol (4,7-12)
7Pero llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se reconozca que la sobreabundancia del poder es de Dios y que no proviene de nosotros:
8en todo atribulados, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados;
9perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados,
10llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
11Porque nosotros, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
12De manera que en nosotros actúe la muerte, y en vosotros la vida.
Sostenido por la esperanza del Cielo (4,13-5,10)
13Pero teniendo el mismo espíritu de fe –según lo que está escrito: Creí, por eso habl é–, también nosotros creemos, y por eso hablamos,
14sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos pondrá a su lado con vosotros.
15Porque todo es para vuestro bien, a fin de que la gracia, multiplicada a través de muchos, haga abundar la acción de gracias para la gloria de Dios.
16Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.
17Porque la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente,
18ya que nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas.
Notas de la Facultad de Teología (5)
1,12-7,16Pablo explica a los corintios su modo de comportarse y sale al paso de las críticas que algunos han levantado contra él. Estos temas, que forman la primera parte de la carta, nos dan a conocer, quizá con más claridad que en ningún otro lugar, cómo era la entrega de San Pablo a su ministerio (1,12-2,17), con qué sinceridad de vida la llevaba a cabo (3,1-6,10) y qué sentimientos suscitaban en su corazón las distintas respuestas de los fieles (6,11-7,16).
3,1-6,10Otra acusación que se hacía de Pablo entre algunos de Corinto era su arrogancia y orgullo en la presentación de su ministerio. Él, al tiempo que se defiende, aprovecha para mostrar la naturaleza y finalidad del ministerio que desempeña y del ministerio cristiano en cuanto tal.
4,1-6En contraste con los falsos apóstoles, el único objeto de la predicación de Pablo es la verdad de Jesucristo, sin componendas ni concesiones. Si, a pesar de todo, hay todavía quienes no perciben la verdad del Evangelio es por sus malas disposiciones, que permiten al demonio cegar sus inteligencias. San Pablo llama con frecuencia a Jesucristo «Señor». Es una clara afirmación de la divinidad de Jesucristo, ya que es el término con que, habitualmente, los griegos traducen del hebreo el nombre de Dios.
4,7-12En los sufrimientos del Apóstol se reproducen los de Jesucristo en su pasión y muerte. Pero, en Cristo, el sufrimiento y la muerte son camino para la vida gloriosa tras la resurrección. «En la ciudad de los santos, sólo se permite la entrada y descansar y reinar con el Rey por los siglos eternos a los que pasan por la vía áspera, angosta y estrecha de las tribulaciones» (Ps.Macario, Hom. 12,5).
4,13-5,10La esperanza de la resurrección y del Cielo es estímulo para la fortaleza del Apóstol. Mientras el hombre exterior –el cuerpo corruptible– va consumiéndose por las tribulaciones y sufrimientos, el hombre interior –la vida del alma– crece y se renueva de día en día, hasta alcanzar su plenitud en el Cielo. Es algo que se observa de manera evidente en la vida de los santos; en medio de sufrimientos y enfermedades, y a la vez que su vida en la tierra se va consumiendo, la juventud de su alma y la alegría aumentan. En el Cielo, el cuerpo estará glorificado por Dios y será ya una mansión eterna para el alma. Mientras tanto, el cuerpo mortal es como un vestido, que a su vez ha de ser revestido de gloria e inmortalidad en la vida eterna. «Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos. Nuestra patria es el Cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones» (S. Alfonso M. Ligorio, Serm. abrev. 16,1,2).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
