Capítulo 1
Saludo (1,1-2)
1Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a cuantos por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha tocado en suerte una fe tan preciosa como la nuestra:
2gracia y paz en abundancia para vosotros, mediante el conocimiento de Dios y de Jesús, Señor nuestro.
I. FIDELIDAD A LA DOCTRINA RECIBIDA (1,3-21)
Los bienes concedidos por Dios (1,3-4)
3Su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado por su propia gloria y potestad:
4con ello nos ha regalado los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que por éstos lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, tras haber escapado de la corrupción que reina en el mundo a causa de la concupiscencia.
Las virtudes cristianas (1,5-11)
5Por esa razón, debéis poner de vuestra parte todo esmero en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento,
6al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad,
7a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad.
8Porque si tenéis estas virtudes y crecen vigorosamente en vosotros, no quedaréis inoperantes e infecundos en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
9Quien carezca de estas virtudes es tan ciego y miope que no puede ver, y ha echado en olvido que fue purificado de sus antiguos pecados.
10Por tanto, hermanos, poned el mayor esmero en fortalecer vuestra vocación y elección. Porque si os comportáis de este modo, no tropezaréis jamás.
11Así se os abrirá de par en par la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Testamento espiritual (1,12-15)
12Por eso procuraré siempre recordaros estas cosas, por más que las sepáis y estéis firmes en la verdad que ya poseéis.
13Considero que es mi deber –mientras permanezca en esta tienda– estimularos con mis exhortaciones,
14porque sé que pronto tendré que abandonarla, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.
15Y procuraré que incluso después de mi partida podáis recordar estas cosas en todo momento.
La Transfiguración garantiza la Parusía (1,16-18)
16Pues os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad.
17En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias».
18Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.
Las Profecías y la Parusía (1,19-21)
19Y tenemos así mejor confirmada la palabra de los profetas, a la que hacéis bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en la oscuridad, hasta que alboree el día y el lucero de la mañana amanezca en vuestros corazones.
20Pues ante todo debéis saber que ninguna profecía de la Escritura depende de la interpretación privada,
21porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que, impulsados por el Espíritu Santo, aquellos hombres hablaron de parte de Dios.
Notas de la Facultad de Teología (8)
1,1-3,18Esta carta, que tiene parecidos con la de San Judas, va encaminada a reafirmar la esperanza en la segunda venida del Señor. El cristiano debe desarrollar la fe que ha recibido y confiar en la enseñanza apostólica (1,3-21), guardándose de falsos maestros que, porque no esperan esa segunda venida, se dan, e incitan a los demás, a una vida licenciosa que les acarreará el castigo divino (2,1-22). Por el contrario, la segunda venida del Señor, aunque parezca retrasarse, es algo seguro (3,1-16), que exige vigilancia (3,17-18).
1,1-2El «conocimiento» de Dios y de Jesucristo se obtiene mediante la recta fe e implica un comportamiento coherente (cfr 1,5-11). Se hace hincapié desde el principio en este punto porque el autor quiere hacer frente a enseñanzas falsas que enturbian la rectitud de la fe.
1,3-21Frente a los que negaban la última venida del Señor, el autor sagrado exhorta a ser fieles a la doctrina recibida de los Apóstoles.
1,3-4Dios, con su poder, ha elegido a los Apóstoles y les ha concedido gracias admirables para que todos los hombres lleguen a ser «partícipes de la naturaleza divina» (v. 4). Esta participación, que se realiza por el Bautismo, es una nota fundamental de la vocación cristiana. Para eso se encarnó el Verbo: «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (S. Atanasio, Inc. 54,3; cfr CCE 460).
1,5-11A la iniciativa divina hemos de responder con la fe y la práctica de las virtudes, para alcanzar la meta y la plenitud a la que los cristianos hemos sido llamados. La fe y la caridad son «principio y término de la vida. El principio es la fe; el término, la caridad. Las dos, trabadas en unidad, conducen a Dios, y todo lo demás que atañe a la perfección y santidad se sigue de ellas» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Ephes. 14,1-2).
1,12-15En este pasaje queda reflejada la finalidad de la carta, que tiene carácter de testamento espiritual: traer a la memoria las verdades cristianas y estimular a los fieles en la práctica de las virtudes. Sobre la vida como una tienda de nómadas, cfr también 2 Co 5,1.
1,16-18La Transfiguración de Jesucristo es garantía de la verdad de la Parusía o segunda venida de Cristo. Si entonces el Señor dejó entrever su divinidad momentáneamente, al final de los tiempos se manifestará de nuevo en plenitud y para siempre.
1,19-21El testimonio de los profetas es también garantía de la verdad de la Parusía, porque es palabra de Dios. El v. 21 pone de manifiesto el hecho y la naturaleza de la inspiración bíblica. La Sagrada Escritura ha sido redactada bajo la inspiración del Espíritu Santo; en la composición de los libros sagrados intervienen Dios y el autor humano de tal manera que el escrito resultante es –a la vez– todo de Dios y todo del hombre. Sin embargo, como añade el escritor sagrado, la interpretación de la Sagrada Escritura no puede ser arbitraria: «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» (C. Vat. II, Dei Verb. 10).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
