Apocalipsis

Capítulo 15

El cántico de los salvados (15,1-4)

1Vi en el cielo otro signo grande y admirable: siete ángeles que tenían siete plagas, las últimas, porque en ellas culmina la ira de Dios.

2Vi también como un mar de cristal mezclado con fuego, y a los que vencieron a la bestia y a su imagen y al número de su nombre, que estaban de pie sobre el mar de cristal llevando las cítaras de Dios.

3Y cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero: «¡Grandes y admirables son tus obras, Señor, Dios omnipotente! ¡Justos y verdaderos tus caminos, Rey de las naciones!

4¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque sólo Tú eres Santo, porque todas las naciones vendrán y se postrarán en tu presencia, porque tus juicios se han manifestado».

Las siete copas con las siete plagas (15,5-16,21)

5Y continuó la visión: se abrió en el cielo el templo de la tienda del testimonio

6y salieron del templo los siete ángeles con las siete plagas. Iban vestidos de lino puro y brillante, ceñidos con cinturones de oro a la altura del pecho.

7Entonces uno de los cuatro seres dio a los siete ángeles siete copas de oro llenas de la ira de Dios, que vive por los siglos de los siglos.

8Y el templo se llenó del humo de la gloria de Dios y de su fuerza. Nadie podía entrar en el templo hasta que se cumplieran las siete plagas de los siete ángeles.

Notas de la Facultad de Teología (4)

4,1-22,21Tras el mensaje de Cristo a cada una de las iglesias, viene expuesto el proyecto de Dios sobre la humanidad y sobre la Iglesia, tal como se le ha manifestado al autor del libro en forma de visiones. Comienza con una grandiosa visión celeste que sirve de introducción a las demás (4,1-5,14). Siguen otras en las que se contemplan los acontecimientos de la historia previos al combate final (6,1-11,14), y culmina con las visiones de ese combate en el que el mal es definitivamente vencido, y el Reino de Dios y la Jerusalén celeste se manifiestan en todo su esplendor (11,15-22,15). Concluye con un epílogo en el que se ratifica el contenido del libro (22,16-21).

11,15-22,15El sonar de la séptima trompeta abre una nueva sección en la que se van a presentar, en primer lugar la culminación del enfrentamiento entre Satanás y los poderes del mal contra Cristo y la Iglesia (12,1-16,16); a continuación, los combates definitivos, y, tras la victoria de Cristo, el establecimiento total de su reinado (16,17-22,5).

15,1-4La tercera señal (cfr las otras dos en 12,1.3) anuncia la llegada del desenlace final de la tensión existente entre los poderes del mal y la Iglesia de Jesucristo. Este desenlace se presenta con el simbolismo del número siete repetido por tercera vez, tras los siete sellos (cfr 5,1) y las siete trompetas (cfr 8,2). El mar de cristal puede recordar la salvación del Éxodo (cfr Sb 19,6-7) o el mar de bronce para las purificaciones del Templo de Jerusalén (cfr 4,6-7). En cualquier caso, una vez más la oración de alabanza de la Iglesia precede a la intervención de Dios. «La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria» (CCE 2639).

15,5-16,21La tienda (15,5), como el arca en 11,19, simboliza la presencia de Dios, que actúa definitivamente mediante sus ángeles. las siete copas de oro son el instrumento para arrojar las plagas sobre el mundo: por eso se dice que están llenas del furor de Dios, esto es, están colmadas de la justicia divina que se va a manifestar plenamente. De ahí que las copas de oro sean a la vez símbolo de las oraciones de los santos –que motivan la intervención divina (cfr 5,8)– y de sus consecuencias: victoria del bien y castigo de los poderes del mal. Su contenido no se identifica propiamente con las plagas, sino con los efectos de la oración: la actuación de Dios que lleva consigo el consuelo –como un perfume– para los justos, y el castigo –el furor de Dios–, para los que siguen a la bestia, los que obran la iniquidad. Las imágenes para expresar los castigos se inspiran en las plagas de Egipto. Las cuatro primeras intervenciones se relacionan con elementos de la naturaleza (cfr 16,2-9 y 8,7-13), la quinta y la sexta con fuerzas o poderes que actúan en la historia (cfr 16,10-16 y 9,1-21), y la séptima representa la culminación final. Ahora los castigos afectan no sólo a una tercera parte de los elementos, sino a la totalidad. El pecado va en aumento. Los males son fruto del pecado, y la ira de Dios se manifiesta entregando a los hombres a las apetencias de sus corazones idólatras (cfr Rm 1,18-32). A medida que avanza la historia de la humanidad parece que va creciendo también la manifestación del pecado, cuyos efectos son las nuevas plagas que se ciernen sobre el mundo. «Es necesario añadir que en el horizonte de la civilización contemporánea –especialmente la más avanzada en sentido técnico-científico– los signos y señales de muerte han llegado a ser particularmente presentes y frecuentes. Baste pensar en la carrera armamentista y en el peligro, que la misma conlleva, de una autodestrucción nuclear. Por otra parte, se hace cada vez más patente a todos la grave situación de extensas regiones del planeta marcadas por la indigencia y el hambre que llevan a la muerte. Se trata de problemas que no son sólo económicos, sino también y ante todo éticos. Pero en el horizonte de nuestra época se vislumbran «signos de muerte» aún más sombríos; se ha difundido el uso –que en algunos lugares corre el riesgo de convertirse en institución– de quitar la vida a los seres humanos aun antes de su nacimiento, o también antes de que lleguen a la meta natural de la muerte» (Juan Pablo II, Dom. et Viv. 57).

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Apocalipsis 15 — Parroquia Jesús Obrero