Capítulo 2
II. DEFENSA DE LA FE (2,1-23)
Desvelo por quienes no le conocen personalmente (2,1-8)
1Así pues, quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente,
2para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo,
3en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Advertencia ante las vanas filosofías
4Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos;
5porque aunque corporalmente estoy ausente, en espíritu estoy con vosotros, y me alegro al ver vuestra buena disposición y la firmeza de vuestra fe en Cristo.
6Por tanto, así como habéis recibido a Cristo Jesús, el Señor, vivid en él,
7enraizados y edificados sobre él, permaneciendo fuertes en la fe, tal como aprendisteis, y manifestando generosamente vuestro agradecimiento.
8Vigilad para que nadie os seduzca por medio de vanas filosofías y falacias, fundadas en la tradición de los hombres y en los elementos del mundo, pero no en Cristo.
Defensa de la verdadera doctrina ante las herejías (2,9-15)
9Porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente,
10y por él, que es cabeza de todo principado y potestad, habéis alcanzado la plenitud.
11Por él fuisteis también circuncidados con una circuncisión no hecha por mano que mutila el cuerpo carnal, sino con la circuncisión de Cristo.
12Sepultados con él por medio del Bautismo, también fuisteis resucitados con él mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos.
13Y a vosotros, que estabais muertos por los delitos y por la falta de circuncisión de vuestra carne, os vivificó con él, y perdonó gratuitamente todos nuestros delitos,
14al borrar el pliego de cargos que nos era adverso, y que canceló clavándolo en la cruz.
15Habiendo despojado a los principados y potestades, los exhibió en público llevándolos en su cortejo triunfal.
Reprensión del falso ascetismo (2,16-23)
16Así pues, que nadie os critique por la comida o bebida o por cuestión de fiestas, novilunios o sábados,
17que son una sombra de lo que tenía que venir, a saber, la realidad del cuerpo de Cristo.
18Que nadie os quite el premio haciendo alarde de humildad y de culto a los ángeles, ensimismado a causa de sus visiones, inflado vanamente por su inteligencia carnal,
19y sin mantenerse unido a la cabeza, de la cual todo el cuerpo, alimentado y trabado por medio de articulaciones y junturas, crece con el crecimiento de Dios.
20Si habéis muerto con Cristo a los elementos del mundo, ¿por qué os sujetáis a sus decretos como si aún vivierais en el mundo?
21«¡No toques, no pruebes, ni siquiera mires!»
22Todo eso acaba en la corrupción a base de usarlo según los preceptos y enseñanzas de los hombres.
SEGUNDA PARTE
23Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su religiosidad afectada, su aparente humildad y su rigor con el cuerpo, pero no valen sino para la satisfacción de la carne.
Notas de la Facultad de Teología (5)
1,15-2,23Según la mentalidad de la época, las gentes de Colosas pensaban que el mundo estaba regido por unos poderes superiores al hombre que Dios había puesto como mediadores en el cumplimiento de sus designios. Algunos «filósofos» presentaban a Cristo como uno más entre esos poderes, por lo que el Apóstol sale al paso afirmando la incomparable superioridad de Cristo (1,15-29) y poniendo en guardia a los fieles frente a aquellas filosofías (2,1-23).
2,1-23Los colosenses corrían el riesgo de ser seducidos por algunos predicadores que afirmaban la necesidad de someterse a ciertos poderes celestes, o espíritus angélicos conocidos por visiones extraordinarias, y a darles culto y guardar ciertas prescripciones como las de la Ley judía. San Pablo reacciona frente a tales teorías y expresa cómo Cristo nos ha liberado de todo ello –elementos del mundo, vanas filosofías– mediante su muerte en la cruz.
2,1-8Cristo es la manifestación plena del «misterio» o plan divino que tiene por fin la salvación de los hombres. Frente a aquellas «novedades» seductoras, San Pablo exhorta a profundizar en el Evangelio recibido. La infinita riqueza de sabiduría y ciencia que se esconde en Cristo (v. 3) hace que la meditación de su vida, de sus hechos y enseñanzas, sea fuente inagotable de alimento para la vida interior. «Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchas vetas de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada veta hallando nuevas venas de riquezas acá y allá» (S. Juan de la Cruz, Cant. espir. 37,3).
2,9-15El v. 9 enuncia el profundo misterio de la Encarnación, equivalente a Jn 1,14. Cristo es el único mediador por ser Dios y Hombre. El objetivo fundamental de su acción mediadora es reconciliar a los hombres con Dios, por el perdón de sus pecados y la donación de la vida de la gracia, que es una participación en la vida divina. Cristo ha logrado su fin por la muerte en la cruz (v. 14). Por ella, ha cancelado las cargas que imponía la circuncisión y que podían ser presentadas como un «pliego de cargos» contra el judío: también por la cruz y la resurrección Cristo ha vencido a cualquier fuerza que, según la mentalidad extendida entre los colosenses, pudiera actuar contra el hombre.
2,16-23Al recibir el Bautismo, cada fiel muere con Cristo a los elementos del mundo y es librado de la servidumbre de la Ley y del pecado. No tiene sentido, por tanto, continuar aprisionados por unos preceptos ya abolidos, y menos aún tener miedo al uso de las cosas buenas del mundo.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
