Capítulo 5
IV. LA SANTIDAD CRISTIANA (5,1-20)
La vida limpia de los hijos de Dios (5,1-7)
1Imitad, por tanto, a Dios, como hijos queridísimos,
2y caminad en el amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios.
3Como conviene a los santos, la fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombren entre vosotros;
4ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen. Haced más bien acciones de gracias.
5Porque debéis tener bien claro y aprendido esto: que ningún fornicario o impúdico, o avaro, que es como un adorador de ídolos, puede heredar el Reino de Cristo y de Dios.
6Que nadie os engañe con palabras vanas, porque por culpa de esto vino la ira de Dios sobre los hijos de la rebeldía.
7Por tanto, no os hagáis cómplices suyos.
Caminar en la luz (5,8-20)
8En otro tiempo erais tinieblas, ahora en cambio sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz,
9porque el fruto de la luz se manifiesta en toda bondad, justicia y verdad.
10Sabiendo discernir lo que es agradable al Señor,
11no participéis en las obras estériles de las tinieblas, antes bien combatidlas,
12pues lo que éstos hacen a escondidas da vergüenza hasta el decirlo.
13Todas esas cosas, al ser puestas en evidencia por la luz, quedan a la vista, pues todo lo que se ve es luz.
14Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, álzate de entre los muertos, y Cristo te iluminará».
15Así pues, mirad con cuidado cómo vivís: no como necios, sino como sabios;
16redimiendo el tiempo, porque los días son malos.
17Por eso no os volváis insensatos, sino entended cuál es la voluntad del Señor.
18Y no os embriaguéis con vino, que lleva a la lujuria; al contrario, llenaos del Espíritu,
19hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones,
20dando gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
V. LA FAMILIA CRISTIANA (5,21-6,9)
Deberes de los cónyuges (5,21-33)
21Estad sujetos unos a otros en el temor de Cristo.
22Las mujeres a sus maridos como al Señor,
23porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo, del cual él es el salvador.
24Pues como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
25Maridos: amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella
26para santificarla, purificándola mediante el baño del agua por la palabra,
27para mostrar ante sí mismo a la Iglesia resplandeciente, sin mancha, arruga o cosa parecida, sino para que sea santa e inmaculada.
28Así deben los maridos amar a sus mujeres, como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama,
29pues nadie aborrece nunca su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, como Cristo a la Iglesia,
30porque somos miembros de su cuerpo.
31Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carn e.
32Gran misterio es éste, pero yo lo digo en relación a Cristo y a la Iglesia.
33En todo caso, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer reverencie al marido.
Notas de la Facultad de Teología (6)
4,1-6,24Tras exponer la realización a través de Jesucristo del proyecto salvador de Dios –misterio escondido y ahora manifestado– San Pablo pasa a considerar las consecuencias morales que se derivan para el cristiano como miembro de la Iglesia. Es la segunda parte de la carta, la parte moral.
5,1-20Consecuencias de la vida nueva en Cristo son: la vigilancia y la lucha que el cristiano debe ejercitar constantemente frente al pecado en sus múltiples manifestaciones (vv. 1-18), y la piedad y caridad sinceras (vv. 19-20).
5,1-7Santificarse es parecerse a Dios que es el Santo. El camino es imitar el amor y la entrega de Jesucristo (vv. 1-2). Por eso, como en otras ocasiones (cfr Rm 1,18-32; Ga 5,19-21; 1 Co 6,9-10), San Pablo advierte con seriedad que quienes lleven una vida desordenada, ajena a Cristo, no participarán del Reino de Dios.
5,8-20Otra consecuencia práctica: llevar una conducta limpia en la que se reflejen las obras de la luz, tal como conviene a quienes han recibido la luz de Cristo en el Bautismo y han sido llenos del Espíritu Santo. «El que quiere permanecer fiel a las promesas de su Bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración» (CCE 2340).
5,21-6,9El Apóstol considera la nueva situación en que se encuentran el marido y la mujer, los padres y los hijos, los señores y los esclavos, tras su inserción en Cristo. Al mismo tiempo exhorta al amor, a la obediencia y al respeto, que ahora tienen una dimensión nueva ya que reflejan al mismo Cristo y a la Iglesia.
5,21-33El fundamento en el que se asientan la grandeza y dignidad sobrenaturales del matrimonio cristiano es que éste refleja la unión de Cristo con la Iglesia. Al exhortar a los esposos cristianos a vivir de acuerdo con su condición de miembros de la Iglesia, el Apóstol establece una analogía, por la cual el marido representa a Jesucristo y la esposa a la Iglesia: «El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo, (...) signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra» (B. Josemaría Escrivá, Hom. 1. 23). Cuando Pablo exhorta a las mujeres a «estar sujetas» (v. 22) a sus maridos, lo hace teniendo en cuenta el hecho de que como esposa cristiana refleja en su conducta hacia el marido a la misma Iglesia, que es obediente a Cristo. Al marido, por su parte, se le exige un sometimiento similar hacia la esposa, ya que él refleja a Jesucristo que se entrega hasta la muerte por amor a la Iglesia. «Los esposos son, por tanto, el recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes» (Juan Pablo II, Fam. cons. 13).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
