Capítulo 1
PRESENTACIÓN (1,1-10)
Saludo (1,1-5)
1Pablo, apóstol –no de parte de los hombres ni por medio de ningún hombre, sino por obra de Jesucristo y de Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos–,
2y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia:
3gracia y paz a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo,
4que se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro,
5para quien es la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Amonestaciones a los Gálatas (1,6-10)
6Me sorprende que hayáis abandonado tan pronto al que os llamó por la gracia de Cristo para seguir otro evangelio;
7aunque no es que haya otro, sino que hay algunos que os inquietan y quieren cambiar el Evangelio de Cristo.
8Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un evangelio diferente del que os hemos predicado, ¡sea anatema!
9Como os lo acabamos de decir, ahora os lo repito: si alguno os anuncia un evangelio diferente del que habéis recibido, ¡sea anatema!
10¿Busco ahora la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿O es que pretendo agradar a los hombres? Si todavía pretendiera agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.
PRIMERA PARTE
EL EVANGELIO PREDICADO POR SAN PABLO (§ 1,11-4,31)
I. APOLOGÍA DE SU APOSTOLADO (1,11-2,21)
La vocación de San Pablo (1,11-24)
11Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio que yo os he anunciado no es algo humano;
12pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.
13Porque habéis oído de mi conducta anterior en el judaísmo: cómo perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la combatía,
14y aventajaba en el judaísmo a muchos contemporáneos de mi raza, por ser extremadamente celoso de las tradiciones de mis padres.
15Pero cuando Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien
16revelar en mí a su Hijo para que le anunciara entre los gentiles, enseguida, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre,
17y sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles, mis predecesores, me retiré a Arabia, y de nuevo volví a Damasco.
18Luego, tres años después, subí a Jerusalén para ver a Cefas, y permanecí a su lado quince días;
19pero no vi a ningún otro de los apóstoles, excepto a Santiago, el hermano del Señor.
20De lo que os escribo, Dios es testigo que no miento.
21Después me fui a las regiones de Siria y Cilicia.
22Por eso no me conocían personalmente las iglesias de Cristo que había en Judea.
23Solamente habían oído decir: «El que antes nos perseguía, predica ahora la fe que en otro tiempo combatía»,
24y glorificaban a Dios por mi causa.
Notas de la Facultad de Teología (6)
1,1-10La introducción de la carta se compone del saludo a los destinatarios (vv. 1-5) y de la ocasión que la motivó: quiere prevenirles de una posible falsificación del evangelio (vv. 6-10).
1,1-5En el saludo, el Apóstol recuerda su condición de elegido de Jesucristo, lo mismo que los otros Apóstoles (cfr Hch 9,1-18). Sus palabras ofrecen los dos ejes en torno a los cuales gira toda la carta: la reafirmación de su autoridad apostólica (v. 1) y la eficacia de la Redención universal cumplida por Jesucristo (v. 4). El primer tema ocupa los caps. 1 y 2; el segundo, el resto del escrito.
1,6-10El «Evangelio de Cristo» que Pablo había predicado a los gálatas consistía en el anuncio de que Jesucristo es el único Salvador. Los predicadores que perturbaban a los gálatas afirmaban que la salvación venia por la circuncisión y el cumplimiento de la Ley. Pablo, con su enseñanza, se había ganado la enemistad de aquellos judíos. Ésa era una señal de que con su predicación no buscaba agradar a los hombres, sino servir a Dios (cfr v. 10).
1,11-4,31El Evangelio que San Pablo predicaba a los gentiles no les exigía hacerse primero judíos y someterse a todas las prescripciones de la Ley. Esto levantó la oposición de algunos espíritus cerrados, incapaces de reconocer la novedad del ofrecimiento gratuito de salvación hecho por Jesucristo. Frente a ellos, Pablo, por una parte, apela a su condición de Apóstol y a su comunión con los demás Apóstoles (1,11-2,21) y, por otra, muestra, apoyándose en la Escritura, que sólo Cristo, y no la Ley de Moisés, puede salvar al hombre (3,1-4,31).
1,11-2,21San Pablo, para defender el carácter sobrenatural de su misión así como la verdad de su Evangelio, recuerda las etapas principales de su vida: su vocación (1,11-24), el viaje a Jerusalén con Bernabé y Tito, probablemente con ocasión del Concilio de los Apóstoles (2,1-10), y el episodio de Antioquía (2,11-21).
1,11-24El relato de su vocación confirma la autenticidad de lo que enseñaba. Pablo muestra así que su Evangelio –aunque lógicamente coincide y queda contrastado con el que proclamaban los demás Apóstoles (cfr 1 Co 15,3; Ga 2,2)– no viene de un hombre, sino de una revelación del mismo Jesucristo. Su vocación, como la de otros enviados por Dios (cfr Jr 1,5; Is 49,1-5; Lc 1,14; etc.), manifiesta la iniciativa gratuita divina y la ausencia de méritos personales previo. Probablemente, este «Santiago, el hermano del Señor» (v. 19) es Santiago el Menor, que dirigió la comunidad cristiana de Jerusalén.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
