Hebreos

Capítulo 10

Los sacrificios antiguos no podían borrar el pecado (10,1-18)

1Puesto que la Ley posee sólo una sombra de los bienes futuros y no la verdadera imagen de las cosas, no puede jamás, mediante los mismos sacrificios que no cesa de presentar todos los años, hacer perfectos a los que se acercan con ellos.

2Si no fuera así, los que rinden culto, al considerarse definitivamente purificados, por no tener ya conciencia alguna de pecado, ¿no dejarían de ofrecerlos?

3Por el contrario, con ellos se renueva cada año el recuerdo de los pecados,

4porque es imposible que la sangre de toros y machos cabríos borre los pecados. El sacrificio de Cristo, que se ofreció a Sí mismo, posee un valor infinito

5Por eso, al entrar en el mundo, dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo;

6los holocaustos y sacrificios por el pecado no te han agradad o.

7Entonces dije: «Aquí vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad ».

8Después de haber dicho antes: No quisiste ni te agradaron sacrificios y ofrendas ni holocaustos y víctimas expiatorias por el pecado –cosas que se ofrecen según la Ley–,

9añade luego: Aquí vengo para hacer tu volunta d. Deroga lo primero para instaurar lo segundo.

10Y por esa voluntad somos santificados de una vez para siempre, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo.

11Mientras todo sacerdote se mantiene en pie día tras día para celebrar el culto y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar los pecados,

12él, en cambio, ofreció un solo sacrificio por los pecados y se sentó para siempre a la diestra de Dio s,

13y sólo le queda esperar que sus enemigos le sean puestos como estrado de sus pie s;

14porque con una sola oblación hizo perfectos para siempre a los que son santificados.

15Nos lo atestigua también el Espíritu Santo, porque después de haber dicho:

16Ésta es la alianza que estableceré con ellos después de aquellos días, dice el Seño r. Pondré mis leyes en sus corazones y las grabaré en sus inteligencia s,

17añade: Y de sus pecados y de sus iniquidades ya no me acordar é.

18Ahora bien, donde hay remisión de pecados ya no hay ofrenda por ellos.

SEGUNDA PARTE

LA FE Y LA PERSEVERANCIA EN LA FE (§ 10,19-13,25)

V. EXHORTACIÓN A PERSEVERAR EN LA FE (10,19-11,40)

Motivos para mantener la fidelidad a Cristo (10,19-39)

19Por tanto, hermanos, como tenemos la confianza de entrar en el Santuario por la sangre de Jesús

20–por el camino reciente y vivo que él nos abrió a través del velo, es decir, de su carne–

21y a un gran sacerdote al frente de la casa de Dios,

22acerquémonos con un corazón sincero y una fe plena, después de purificar nuestros corazones de una mala conciencia y de lavar nuestro cuerpo con agua pura.

23Mantengamos firme la confesión de la esperanza, porque fiel es el que hizo la promesa,

24y estemos pendientes unos de otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras,

25sin abandonar nuestras propias reuniones, como acostumbran algunos, sino animándonos tanto más cuanto más cercano veis el día.

26Porque si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no nos queda ningún sacrificio por los pecados,

27sino la tremenda espera del juicio y el ardor del fuego que va a devorar a los rebeldes.

28Si alguien transgredía la Ley de Moisés, con el testimonio de dos o tres se le condenaba a muerte sin compasión.

29¿Qué castigo más grave pensáis que merecerá el que haya pisoteado al Hijo de Dios y haya considerado impura la sangre de la alianza en la que fue santificado y haya ultrajado al Espíritu de la gracia?

30Pues conocemos bien al que dijo: Mía es la venganza; yo daré lo merecid o. Y otra vez: Juzgará el Señor a su puebl o.

31¡Es terrible caer en manos del Dios vivo!

32Acordaos de los días primeros, cuando, recién iluminados, tuvisteis que sostener una lucha grande y dolorosa:

33unas veces sometidos públicamente a calumnias y vejaciones, otras estrechamente unidos a los que así eran tratados,

34porque compartisteis los sufrimientos de los encarcelados y recibisteis con alegría el robo de vuestros bienes, sabiendo que poseéis un patrimonio mejor y más duradero.

35No perdáis, por tanto, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa:

36porque necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios.

37En efecto, todavía un poco de tiempo, muy poc o, y el que va a venir llegará y no tardar á;

38pero mi justo vivirá de f e; y si se volviera atrá s, mi alma no se complacerá en é l.

39Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás para su perdición, sino de los que tienen fe para la salvación del alma.

Notas de la Facultad de Teología (6)

1,5-10,18Aunque la enseñanza doctrinal y moral se entremezcla a lo largo del escrito, los primeros diez capítulos tienen sobre todo carácter doctrinal. El autor sagrado trata de la superioridad de Cristo sobre los personajes más importantes del Antiguo Testamento –los ángeles (1,5-2,18), Moisés (3,1-4,13), los sacerdotes del orden levítico (4,14-7,28)– y sobre el culto de la Antigua Ley (8,1-10,18).

8,1-10,18Se prueba ahora la superioridad del sacerdocio de Cristo desde el punto de vista del sacrificio, que es la función esencial y específica del sacerdote. En Cristo encuentra su perfección y su acabamiento toda la Antigua Alianza que rendía culto a Dios por medio de sacrificios y ofrendas; a partir de Cristo empieza la Nueva Alianza, que tiene un nuevo Sacrificio y un nuevo Templo.

10,1-18Compara de nuevo los sacrificios del Antiguo Testamento con el sacrificio de Cristo (cfr 7,27; 9,9-10.12-14), considerándolos ahora bajo el aspecto de su eficacia. Con unos textos del Antiguo Testamento se muestra cómo el sacrificio del Mesías es superior a los sacrificios de la Antigua Ley. Éstos tenían que reiterarse y no podían borrar los pecados (v. 11). En cambio, el sacrificio de Cristo es único y perfecto (vv. 12-14). La Santa Misa es la renovación de este único sacrificio de Cristo, pero no reiteración al modo de los antiguos sacrificios: «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: «Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a sí misma entonces sobre la cruz; sólo difiere la manera de ofrecer» (C. de Trento: DS 1743): «Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz 'se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento'; ... este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio» (ibid.)» (CCE 1367). (v. 5 el texto hebreo lee «me has formado oídos abiertos, me has abierto oídos» indicando la prontitud en oír, la docilidad y obediencia a Dios pronta que Dios le ha preparado. Sin embargo, la mayoría de los códices (LXX) lee sîma. Traducen «èt…a» (oídos) las versiones de Aquila, Símmaco, Teodoción. Es fácil la confusión de una letra con la otra tratándose de letras unciales (qelhsaS WTIA SWMA). Pero aquí no cabe duda que el texto griego de Heb lee y escribe «sîma», es el cuerpo de Cristo el que ha preparado Dios).

10,19-13,25Desde aquí hasta la conclusión la carta tiene un carácter más moral; predomina la exhortación a una fe viva y perseverante (10,19-11,40), que permite acercarse a Cristo tanto en las pruebas y tribulaciones como en una conducta presidida por la caridad (12,1-13,19).

10,19-11,40En primer lugar se reúnen motivos y ejemplos incomparables que deben animar al creyente a perseverar en su fe a pesar de las dificultades.

10,19-39Los cristianos debemos confiar en la eficacia del sacrificio de Cristo y unirnos a su sacerdocio por la fe, la esperanza y la caridad (vv. 19-24). Por eso debemos mantener la fe que hemos recibido y profesado en el Bautismo y la pureza que en él se nos ha dado (vv. 25-31). La carta advierte sobre el peligro y gravedad de la apostasía, que equivale a un ultraje hecho contra el Espíritu Santo (cfr nota a 6,4-12 y Mt 12,22-37). Frente a las persecuciones (vv. 32-34) el autor sagrado renueva su exhortación a la perseverancia (vv. 35-39). Insta a los destinatarios a que vuelvan con el pensamiento y la meditación a los comienzos de su vocación cristiana. Deben actuar como los que compiten y luchan en público sin temor a ser motivo de espectáculo (cfr 1 Co 4,9). La exhortación a perseverar se apoya en dos citas de la Sagrada Escritura. La primera, de Is 26,20, recuerda que Dios juzgará a los impíos dentro de poco tiempo. La segunda, de Ha 2,4, citada otras veces por San Pablo (cfr Rm 1,17; Ga 3,11), anuncia la venida de la liberación del pueblo de Israel. El antiguo vaticinio se ha cumplido en Cristo que es «el que va a venir» (v. 37), es decir, el que ha de venir por segunda vez. Así pues, el cristiano debe perseverar con entereza en esta espera gozosa. [v. 37 Otra razón para aguantar es que la prueba durará poco, muy poco. Porque todavía «un poco, cuán poco [tiempo]; el que ha de venir vendrá y no tardará». Las primeras palabras, «un poco, cuán poco» (mikrÕn Óson Óson), recuerdan la expresión hebrea que leemos en Is 26,20 (Vg y Neo Vg «modicum ad momentum»; y en 10,25: Vg y Neo Vg «paululum modicumque»), para que el pueblo se esconda por un instante hasta que pase la indignación y venga el Señor. La parusía del Señor está cercana (v.25), no sólo la primera venida en la destrucción de Jerusalén, pero también la segunda y última. No tarda el Señor (cf. 2 Pe 2,8-10). El que ha de venir vendrá y no tardará. Estas palabras recuerdan las de Habacuc 2,3, que escribió por mandato del Señor sobre una visión del profeta; pero era todavía «visión a largo plazo, mas corre al cumplimiento y no fallará» (v.2). «Si tarda [la visión] –dice Yahvé–, espérala, porque ciertamente ha de acontecer, no faltará» (v.3). Así reza el texto hebreo. Pero nuestro autor ha seguido la traducción de los LXX «porque el que ha de venir vendrá y no tardará»). «El que ha de venir» (Õ ™rcÒmenoj) es Cristo, que, como es sabido, así se le llama en el evangelio (Jn 1,15-27; Mt 11,3; 23,39; Lc 7,I9; 19,38; cf. Sal 117,26). Mas, sí en el evangelio se esperaba su primera venida como Mesías, aquí el autor propone su última venida como juez. v. 38 El profeta Habacuc prosigue de esta manera su pensamiento (2,4): «Mira, sucumbe aquel cuya alma no es recta, mientras que el justo vivirá por su fidelidad» [Traducción de VAN HOONACKER, Les douze petits prophètes (París 1908). CANTERA traduce: «He aquí que el insolente no tiene el alma rectamente dispuesta, pues el justo vive por su fe».]. Sin embargo, los LXX han traducido de esta manera: «Sí se oculta, no se complace mi alma en él; pero el justo vivirá de mi fe». Y ésta es la lectura que ha seguido nuestro autor, modificando el orden de los dos estilos y aplicando el posesivo «mío» al «justo», no a la fe. Dice, pues, así nuestro autor: Pero mi justo vivirá de la fe; mas, si se oculta, no se complace mi alma en él. Esta inversión de las partes del mismo versículo parece responde a una finalidad oratoria: la de poner en relieve la virtud de la fidelidad, La frase «el justo vivirá de la fe» es conocida y citada en Rom 1, 17; Gal 3, 12. Con ella San Pablo quiere subrayar, en contraposición a la Ley y a las obras de la Ley, la eficacia de la fe como principio de la justificación según la nueva criatura. Ya se sabe que San Pablo entiende como cosa necesaria para llegar a la plena justificación y vida de gracia «una fe que obra por la caridad» (Gal 5,6). Lo cual queda aquí todavía más de manifiesto, porque esta vida de fe que vivirá el justo, es una vida de fe con obras: las obras de la constancia y perseverancia en medio de las persecuciones y tribulaciones, como se desprende de todo este capítulo (Cf. vv. 24.32-36). Son también las obras de la fortaleza cristiana, porque si se oculta (Øposte…lhtai, que quiere decir: colocar debajo, atrás; y, en sentido derivado, ceder, desistir, disimular, ocultarse), si el cristiano cede cobardemente y disimula su condición cristiana durante la persecución –dice el Señor–, no se complace mi alma en él, que es una manera de decir que serán castigados (cf. I Cor 10,5).]

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Hebreos 10 — Parroquia Jesús Obrero