Prólogo (1,1-5)

1Escribí el primer libro, querido Teófilo, sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar

2hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por el Espíritu Santo a los apóstoles que él había elegido, fue elevado al cielo.

3También después de su Pasión, él se presentó vivo ante ellos con muchas pruebas: se les apareció durante cuarenta días y les habló de lo referente al Reino de Dios.

4Mientras estaba a la mesa con ellos les mandó no ausentarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre: —La que oísteis de mis labios:

5que Juan bautizó con agua; vosotros, en cambio, seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días. (Mc 16,19; Lc 24,50-53)

La Ascensión (1,6-11)

6Los que estaban reunidos allí le hicieron esta pregunta: —Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?

7Él les contestó: —No es cosa vuestra conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder,

8sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

9Y después de decir esto, mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos.

10Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas

11que dijeron: —Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo.

PRIMERA PARTE

LA IGLESIA EN JERUSALÉN (§ 1,12-7,60)

I. EL GRUPO DE LOS DISCÍPULOS EN JERUSALÉN (1,12-26)

El Colegio Apostólico (1,12-14)

12Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén a la distancia de un camino permitido el sábado.

13Y cuando llegaron subieron al Cenáculo donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago.

14Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos.

Elección de San Matías (1,15-26)

15En aquellos días Pedro, puesto de pie en medio de los hermanos –se habían reunido allí unas ciento veinte personas–, dijo:

16—Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo predijo por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús,

17pues se contaba entre nosotros y se le había hecho partícipe de este ministerio.

18Adquirió un campo con el precio de su pecado, cayó de cabeza, reventó por la mitad y se desparramaron todas sus entrañas.

19Y el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, de modo que aquel campo se llamó en su lengua Hacéldam a, es decir, «Campo de sangre».

20Pues está escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y no haya quien habite en ell a. Y que su cargo lo ocupe otr o.

21»Es necesario, por tanto, que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús vivió con nosotros,

22empezando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado de entre nosotros, uno de ellos sea constituido con nosotros testigo de su resurrección.

23Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías.

24Y oraron así: —Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra a cuál de estos dos has elegido

25para ocupar el puesto en este ministerio y apostolado, del que desertó Judas para ir a su destino.

26Echaron suertes y la suerte recayó sobre Matías, que fue agregado a los once apóstoles.

Notas de la Facultad de Teología (7)

1,1-5Como en el evangelio (cfr Lc 1,1-4), San Lucas comienza su narración con un prólogo semejante al que empleaban los historiadores profanos. En este segundo volumen de su obra enlaza con los acontecimientos narrados al final del evangelio y comienza a relatar los orígenes y la primera expansión del cristianismo, efectuados con la fuerza del Espíritu Santo, protagonista central de todo el escrito. La dimensión espiritual del libro de los Hechos, que forma una estrecha unidad con el tercer evangelio, encendió el alma de las primeras generaciones cristianas, que vieron en sus páginas la crónica del fiel y amoroso actuar divino con el nuevo Israel que es la Iglesia. Así, la forma de narrar de Lucas es la de los historiadores, pero la significación del relato es más profunda: «Los Hechos de los Apóstoles parecen sonar puramente a desnuda historia, y que se limitan a tejer la niñez de la naciente Iglesia; pero, si caemos en la cuenta de que su autor es Lucas, el médico, cuya alabanza se encuentra en el Evangelio (cfr 2 Co 8,18), advertiremos igualmente que todas sus palabras son medicamentos para el alma enferma» (S. Jerónimo, Epist. 53,9).

1,6-11La pregunta de los Apóstoles indica que todavía piensan en una restauración temporal de la dinastía de David: la esperanza escatológica en el Reino parece reducirse para ellos –como para muchos judíos de su tiempo– a la expectación de un dominio nacional judío tan amplio y universal como la diáspora. Con su respuesta, el Señor les enseña que tal esperanza errónea ha caducado. Los planes de Dios están muy por encima de sus pensamientos; no se trata de una realización política sino de una realidad transformadora del hombre, obra del Espíritu Santo. La ascensión del Señor a los Cielos explica la situación actual del cuerpo resucitado de Jesús: «La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. (...) Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al Cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia» (CCE 668-669).

1,12-7,60Los siete primeros capítulos del libro de los Hechos narran la vida de la Iglesia naciente en Jerusalén. Una vez elegido Matías para completar el grupo de los Doce (1,15-26), se relata la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2,1-13) y la primera predicación apostólica acerca de Jesucristo (2,14-41). La narración sigue con el crecimiento y la agrupación de la comunidad en torno a Pedro y a los demás Apóstoles. Milagros y hechos extraordinarios (3, 1-10; 5,1-16) acompañan la predicación de los Doce. Con unos sumarios intercalados a lo largo del texto (1,14; 2,42-47; 4,32-37; 5,12-16), Lucas describe la vitalidad espiritual de la primitiva Iglesia. El aumento progresivo de los fieles (2,42.47; 4,4; 5,11; 6,1) impone la elección de los Siete (6,1-7). La persecución que se desata contra la Iglesia y el martirio de Esteban (6,8-7,60) suponen la culminación de toda esta parte, y el desplazamiento de la acción a las regiones limítrofes con Judea (8,1ss.).

1,12-26Lucas presenta ahora al grupo de los discípulos, núcleo de la naciente Iglesia, antes de la venida del Espíritu Santo. El evangelista nombra de manera explícita al Colegio Apostólico (1,13) –que será completado con Matías (1,26)– y a María, la Madre del Señor (1,14). De manera semejante a como el Espíritu Santo descendió sobre María, la llena de gracia (cfr Lc 1,28), ahora descenderá sobre aquel grupo que tiene como estandarte la oración (1,14.24).

1,12-14En la descripción del grupo de discípulos anterior a la venida del Espíritu Santo hay dos notas que señala expresamente el autor: la vida de oración y la presencia de María. «Es una anotación insistente en el relato de la vida de los primeros seguidores de Cristo: «todos, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en la oración» (Hch 1,14) (...). La oración era entonces, como hoy, la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la lucha interior» (S. Josemaría Escrivá, Hom. 2. 242). La Tradición, al contemplar y meditar este cuadro, ha concluido que en él aparece la maternidad que la Virgen ejerce sobre toda la Iglesia, tanto en su origen como en su desarrollo.

1,15-26El episodio de la elección de San Matías revela varias notas importantes en la constitución de la Iglesia, como son el número de los Doce y el lugar que ocupa Pedro en la comunidad. Pedro, a quien Jesús le encomendó confirmar en la fe a sus hermanos (Lc 22,32), propone la elección de un Apóstol que ocupe el lugar de Judas. El Colegio Apostólico queda así completo antes de la venida del Espíritu Santo cuando «la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud» (C. Vat. II, Ad gent. 4). Lucas suele reservar el término «Apóstoles» para designar a los Doce (cfr p. ej. 6,6), o a los Once junto a Pedro, que aparece como cabeza del Colegio Apostólico (cfr 2,14). Las funciones principales de los Apóstoles a lo largo del libro de los Hechos son: ser testigos de la resurrección de Jesús (cfr 1,22) y llevar a cabo este testimonio mediante el ministerio de la Palabra (6,4), acompañado de signos y prodigios que hacen visible la salvación que anuncian (2,14-21.43; 3,1-11.16; etc.). Los Doce llevan asimismo la dirección de la Iglesia: recogiendo los bienes para los hermanos necesitados, eligiendo a algunos hermanos para el ministerio de los diáconos (6,2-3), interviniendo como garantes de la unidad (11,1-18; 15,2), etc. Lucas concentra su interés en la figura de Pedro, al que nombra en su libro 56 veces. Pedro es siempre el centro de las escenas y episodios en los que aparece con otros Apóstoles o discípulos. En los acontecimientos relativos a la comunidad de Jerusalén, Pedro actúa como portavoz de los Doce (2,14.37; 5,29) y desempeña un papel decisivo en la apertura del Evangelio a los paganos. El Colegio de los Doce Apóstoles, cuya cabeza es Pedro, pervive en el Episcopado de la Iglesia, cuya cabeza es el Romano Pontífice, sucesor de Pedro y vicario de Jesucristo: «Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles» (C. Vat. II, Lum. gent. 22).

1Co 15,9; 2 Co 11,5) y su incansable predicación entre los gentiles. Cuando en los escritos de los Padres se menciona al Apóstol, y no se concreta más, el término se refiere a San Pablo, pues es el más citado y comentado, debido a sus numerosas cartas. En este apretado resumen de la actividad en Iconio (vv. 1-7) se muestra cómo en el desarrollo de la misión apostólica se cumple a la letra cuanto se había anunciado en el Evangelio: los signos que acompañan a la predicación (v. 3: cfr Mc 16,15-18), Jesús como signo de contradicción (v. 4; cfr Lc 2,34), etc. El relato de la actividad de Pablo en Listra (vv. 8-18) guarda ciertas semejanzas con la actividad de Pedro. También Pedro curó a un cojo (3,1-10) y también Pedro (10,26), como ahora Pablo (v. 15), tuvo que corregir a Cornelio diciéndole que era un simple hombre. Los santos Padres no dejaron de señalar el significado de este paralelismo: «Así como el hombre cojo curado por Pedro y Juan en la puerta del Templo prefigura la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los pueblos gentiles alejados de la religión de la Ley y del Templo, pero recogidos ahora por la predicación del apóstol Pablo» (S. Beda, Sup. Act. exp. in loc.).

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Hechos de los apóstoles 1 — Parroquia Jesús Obrero