Capítulo 2
II. PENTECOSTÉS (2,1-47)
La venida del Espíritu Santo (2,1-13)
1Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar.
2Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban.
3Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos.
4Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse.
5Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo.
6Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.
7Estaban asombrados y se admiraban diciendo: —¿Es que no son galileos todos éstos que están hablando?
8¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna?
9»Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia,
10de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos,
11así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios.
12Estaban todos asombrados y perplejos, diciéndose unos a otros: —¿Qué puede ser esto?
13Otros, en cambio, decían burlándose: —Están bebidos.
Discurso de San Pedro (2,14-41)
14Entonces Pedro, de pie con los once, alzó la voz para hablarles así: —Judíos y habitantes todos de Jerusalén, entended bien esto y escuchad atentamente mis palabras.
15Éstos no están borrachos, como suponéis vosotros, pues es la hora tercia del día,
16sino que está ocurriendo lo que se dijo por el profeta Joel:
17Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carn e, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hija s, y vuestros jóvenes tendrán visione s, y vuestros ancianos soñarán sueño s.
18Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos día s, y profetizará n.
19Realizaré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierr a, sangre, fuego y nubes de hum o.
20El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangr e, antes de que llegue el día grande y manifiesto del Seño r.
21Y sucederá que todo el que invoque el nombre del Señor se salvar á.
22»Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios realizó entre vosotros por medio de él, como bien sabéis,
23a éste, que fue entregado según el designio establecido y la presciencia de Dios, le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos.
24Pero Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, porque no era posible que ésta lo retuviera bajo su dominio.
25En efecto, David dice de él: Tenía siempre presente al Señor ante mis ojo s, porque está a mi derecha, para que yo no vacile.
26Por eso se alegró mi corazón y exultó mi lengu a, y hasta mi carne descansará en la esperanz a;
27porque no abandonarás mi alma en los infierno s, ni dejarás que tu Santo vea la corrupció n.
28Me diste a conocer los caminos de la vida y me llenarás de alegría con tu presenci a.
29»Hermanos, permitidme que os diga con claridad que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy.
30Pero como era profeta y sabía que Dios le había jurado solemnemente que sobre su trono se sentaría un fruto de sus entraña s,
31lo vio con anticipación y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en los infiernos ni su carne vio la corrupció n.
32»A este Jesús le resucitó Dios, y de eso todos nosotros somos testigos.
33Exaltado, pues, a la diestra de Dios, y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
34Porque David no subió a los cielos, y sin embargo exclama: Dijo el Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha,
35hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies ».
36»Por tanto, sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros crucificasteis. Bautismo de los oyentes
37Al oír esto se dolieron de corazón y les dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: —¿Qué tenemos que hacer, hermanos?
38Pedro les dijo: —Convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.
39Porque la promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para todos los que quiera llamar el Señor Dios nuestro.
40Con otras muchas palabras dio testimonio y les exhortaba diciendo: —Salvaos de esta generación perversa.
41Ellos aceptaron su palabra y fueron bautizados; y aquel día se les unieron unas tres mil almas.
Los primeros cristianos (2,42-47)
42Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.
43El temor sobrecogía a todos, y por medio de los apóstoles se realizaban muchos prodigios y señales.
44Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común.
45Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno.
46Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón,
47alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse.
Notas de la Facultad de Teología (5)
1,12-7,60Los siete primeros capítulos del libro de los Hechos narran la vida de la Iglesia naciente en Jerusalén. Una vez elegido Matías para completar el grupo de los Doce (1,15-26), se relata la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2,1-13) y la primera predicación apostólica acerca de Jesucristo (2,14-41). La narración sigue con el crecimiento y la agrupación de la comunidad en torno a Pedro y a los demás Apóstoles. Milagros y hechos extraordinarios (3, 1-10; 5,1-16) acompañan la predicación de los Doce. Con unos sumarios intercalados a lo largo del texto (1,14; 2,42-47; 4,32-37; 5,12-16), Lucas describe la vitalidad espiritual de la primitiva Iglesia. El aumento progresivo de los fieles (2,42.47; 4,4; 5,11; 6,1) impone la elección de los Siete (6,1-7). La persecución que se desata contra la Iglesia y el martirio de Esteban (6,8-7,60) suponen la culminación de toda esta parte, y el desplazamiento de la acción a las regiones limítrofes con Judea (8,1ss.).
2,1-47Pentecostés significa, en el libro de los Hechos, el comienzo de la andadura de la Iglesia: animada por el Espíritu Santo, constituye el nuevo Pueblo de Dios que comienza a predicar el Evangelio a todas las naciones y a convocar a todos los llamados por Dios. La efusión del Espíritu Santo tendrá también un valor revelador; más tarde, San Pedro verá en el descenso del Espíritu Santo sobre Cornelio y su familia (10, 44-48; 11,15-17) una señal clara de la llamada a los gentiles sin pasar por la circuncisión.
2,1-13El relato de la venida del Espíritu Santo está lleno de simbolismos. Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías: se celebraba cincuenta días después de la Pascua y muchos israelitas peregrinaban ese día a la Ciudad Santa. Su origen era festejar el final de la cosecha de cereales y dar gracias a Dios por ella, junto con el ofrecimiento de las primicias. Después se añadió el motivo de conmemorar la promulgación de la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí. El ruido, como de viento, y el fuego (vv. 2-3) evocan precisamente la manifestación de Dios en el monte Sinaí (cfr Ex 19,16.18; Sal 28 Vg) cuando Dios, al darles la Ley, constituyó a Israel como pueblo suyo. Ahora, con los mismos rasgos se manifiesta a su nuevo pueblo, la Iglesia: el viento significa la novedad trascendente de su acción en la historia de los hombres (cfr CCE 691); el «fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo» (CCE 696). La enumeración de la procedencia de los que escuchaban a los discípulos (vv. 5,9-11) y el que todos entiendan la lengua hablada por los Apóstoles (vv, 4.6.8.11) evocan, por contraste, la confusión de lenguas en Babel (cfr Gn 11,19): «Sin duda, el Espíritu Santo actuaba ya en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés vino sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación; fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe, por la Iglesia de la Nueva Alianza que habla en todas las lenguas, comprende y abraza en el amor a todas las lenguas, superando así la dispersión de Babel» (C. Vat. II, Ad gent. 4).
2,14-41Pedro toma la palabra en nombre de los Doce como hará otras muchas veces. Su discurso esta plagado de citas del Antiguo Testamento con las que explica el sentido de lo que acaba de acontecer: «Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del «amor y de la fidelidad» (cfr Ez 11,19; 36,25-28; 37,1-14; Jr 31,31-34; y Jl 3,1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, (cfr Hch 2,17-21). Según estas promesas, en los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz» (CCE 715). En el discurso de Pedro se esboza el contenido de lo que constituyó el anuncio apostólico –kérigma–, objeto de la predicación y de la fe. Este anuncio expresa el testimonio sobre la muerte y resurrección de Cristo y su posterior exaltación; recuerda los puntos principales de la misión de Jesús, anunciada por Juan Bautista, confirmada con milagros y concluida con las apariciones del Señor resucitado y la efusión del Espíritu Santo; señala la llegada del tiempo mesiánico vaticinado por los profetas y hace un llamamiento universal a la conversión, para preparar así la parusía o segunda venida de Cristo glorioso.
2,42-47Éste es el primero de los tres sumarios que se recogen en los capítulos iniciales del libro (cfr 4,32-37 y 5,12-16). Describe en términos sencillos lo más esencial de la vida ascética y litúrgico-sacramental de los primeros cristianos: «Esta secuencia de actos es típica de la oración de la Iglesia; fundada sobre la fe apostólica y autentificada por la caridad, se alimenta con la Eucaristía» (CCE 2624).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
