III. ACTIVIDAD APOSTÓLICA EN JERUSALÉN (3,1-5,42)

Curación del cojo de nacimiento (3,1-10)

1Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la hora nona.

2Había un hombre, cojo de nacimiento, al que solían llevar y colocar todos los días a la puerta del Templo llamada Hermosa para pedir limosna a los que entraban en el Templo.

3En cuanto vio que Pedro y Juan iban a entrar en el Templo, les pidió que le dieran una limosna.

4Pedro –junto con Juan– fijó en él la mirada y le dijo: —Míranos.

5Él les observaba, esperando recibir algo de ellos.

6Entonces Pedro le dijo: —No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: ¡en el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda!

7Y tomándole de la mano derecha lo levantó, y al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos.

8De un brinco se puso en pie y comenzó a andar, y entró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Dios.

9Todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios,

10y reconocían que era el mismo que se sentaba a la puerta Hermosa del Templo para pedir limosna. Y se llenaron de estupor y asombro por lo sucedido.

Discurso de San Pedro en el Templo (3,11-26)

11Como él sujetaba a Pedro y a Juan, todo el pueblo lleno de sorpresa corrió hacia ellos al pórtico llamado de Salomón.

12Al ver aquello, Pedro dijo al pueblo: —Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este hombre por nuestro poder o piedad?

13El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padre s, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis en presencia de Pilato, cuando éste había decidido soltarle.

14Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que os indultaran a un homicida;

15matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.

16Y por la fe en su nombre, a éste que veis y conocéis, su nombre le restableció, y la fe que viene de él le dio la completa curación ante todos vosotros.

17»Ahora bien, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes.

18Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería.

19Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados,

20de modo que vengan del Señor los tiempos de la consolación, y envíe al Cristo que ha sido predestinado para vosotros, a Jesús,

21a quien es preciso que el cielo lo retenga hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas, de las que Dios habló por boca de sus santos profetas desde antiguo.

22Moisés, en efecto, dijo: El Señor Dios vuestro os suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; le escucharéis en todo lo que os dig a.

23Y sucederá que todo el que no escuche a aquel profeta será exterminado del puebl o.

24Todos los profetas desde Samuel y los que vinieron después, cuantos hablaron, anunciaron estos días.

25»Vosotros sois los hijos de los profetas y de la alianza que Dios estableció con vuestros padres cuando le dijo a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierr a.

26Al suscitar a su Hijo, Dios lo ha enviado en primer lugar a vosotros, para bendeciros cuando cada uno se convierta de sus maldades.

Notas de la Facultad de Teología (4)

1,12-7,60Los siete primeros capítulos del libro de los Hechos narran la vida de la Iglesia naciente en Jerusalén. Una vez elegido Matías para completar el grupo de los Doce (1,15-26), se relata la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2,1-13) y la primera predicación apostólica acerca de Jesucristo (2,14-41). La narración sigue con el crecimiento y la agrupación de la comunidad en torno a Pedro y a los demás Apóstoles. Milagros y hechos extraordinarios (3, 1-10; 5,1-16) acompañan la predicación de los Doce. Con unos sumarios intercalados a lo largo del texto (1,14; 2,42-47; 4,32-37; 5,12-16), Lucas describe la vitalidad espiritual de la primitiva Iglesia. El aumento progresivo de los fieles (2,42.47; 4,4; 5,11; 6,1) impone la elección de los Siete (6,1-7). La persecución que se desata contra la Iglesia y el martirio de Esteban (6,8-7,60) suponen la culminación de toda esta parte, y el desplazamiento de la acción a las regiones limítrofes con Judea (8,1ss.).

3,1-5,42Con la fuerza del Espíritu Santo recibida en Pentecostés, los Apóstoles siguen predicando el Evangelio, y confirmando con obras la verdad que predican. Pronto, sin embargo, sigue la oposición de los dirigentes judíos (4,1-2; 5,17-18) y las dificultades dentro de la misma Iglesia (5,1-11). En este marco, el texto refleja el optimismo de aquellos fieles guiados por el Espíritu Santo: el pueblo les apreciaba (5,15-16), hombres importantes y justos como Gamaliel les comprendían (5,34-39), el Espíritu les asistía (4,31), y, en definitiva, Dios les confortaba con el aumento de los fieles y la fecundidad de virtud de aquella primera comunidad (4,4.32-37).

3,1-10Los milagros del Nuevo Testamento indican una situación especialmente intensa de gracia divina. Pero no son un caso único en la economía cristiana de salvación. Se repiten, según las circunstancias y de modos diversos, atraídos por las disposiciones interiores de hombres y mujeres de fe (cfr nota a 5,12-16).

3,11-26Este segundo discurso de San Pedro tiene dos partes: en la primera (vv. 12-16), el Apóstol explica que el milagro se ha realizado en el nombre de Jesús y por la fe en su nombre; en la segunda (vv. 17-26), mueve a penitencia a la multitud reunida. Al final (v. 25-26), Pedro anota un motivo común en la predicación apostólica (cfr 2,39): la salvación se dirige en primer lugar al pueblo elegido, pero está abierta a todos.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Hechos de los apóstoles 3 — Parroquia Jesús Obrero