Juan

Capítulo 11

VII. JESÚS ES LA VIDA DEL MUNDO (11,1-57)

Resurrección de Lázaro (11,1-44)

1Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta.

2María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro había caído enfermo.

3Entonces las hermanas le enviaron este recado: —Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo.

4Al oírlo, dijo Jesús: —Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.

5Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

6Aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar.

7Luego, después de esto, les dijo a sus discípulos: —Vamos otra vez a Judea.

8Le dijeron los discípulos: —Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?

9—¿Acaso no son doce las horas del día? –respondió Jesús–. Si alguien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo;

10pero si alguien camina de noche tropieza porque no tiene luz.

11Dijo esto, y a continuación añadió: —Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.

12Le dijeron entonces sus discípulos: —Señor, si está dormido se salvará.

13Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.

14Entonces Jesús les dijo claramente: —Lázaro ha muerto,

15y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vayamos adonde está él.

16Tomás, el llamado Dídimo, les dijo a los otros discípulos: —Vayamos también nosotros y muramos con él.

17Al llegar Jesús, encontró que ya llevaba sepultado cuatro días.

18Betania distaba de Jerusalén como quince estadios.

19Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para consolarlas por lo de su hermano.

20En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María, en cambio, se quedó sentada en casa.

21Le dijo Marta a Jesús: —Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano,

22pero incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.

23—Tu hermano resucitará –le dijo Jesús.

24Marta le respondió: —Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día.

25—Yo soy la Resurrección y la Vida –le dijo Jesús–; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá,

26y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?

27—Sí, Señor –le contestó–. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.

28En cuanto dijo esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte: —El Maestro está aquí y te llama.

29Ella, en cuanto lo oyó, se levantó enseguida y fue hacia él.

30Todavía no había llegado Jesús a la aldea sino que se encontraba aún donde Marta le había salido al encuentro.

31Los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantaba de repente y se marchaba, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar allí.

32Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo: —Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

33Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió

34y dijo: —¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron: —Señor, ven a verlo.

35Jesús rompió a llorar.

36Decían entonces los judíos: —Mirad cuánto le amaba.

37Pero algunos de ellos dijeron: —Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?

38Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra.

39Jesús dijo: —Quitad la piedra. Marta, la hermana del difunto, le dijo: —Señor, ya huele muy mal, pues lleva cuatro días.

40Le dijo Jesús: —¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

41Retiraron entonces la piedra. Jesús, alzando los ojos hacia lo alto, dijo: —Padre, te doy gracias porque me has escuchado.

42Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste.

43Y después de decir esto, gritó con voz fuerte: —¡Lázaro, sal afuera!

44Y el que estaba muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y con el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: —Desatadle y dejadle andar. (Mt 26,3-5; Mc 14,1-2)

El Sanedrín decreta la muerte de Jesús (11,45-57)

45Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él.

46Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.

47Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín: —¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos? –decían–.

48Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación.

49Uno de ellos, Caifás, que aquel año era sumo sacerdote, les dijo: —Vosotros no sabéis nada,

50ni os dais cuenta de que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación

51–pero esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación;

52y no solo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos.

53Así, desde aquel día decidieron darle muerte.

54Entonces Jesús ya no andaba en público entre los judíos, sino que se marchó de allí a una región cercana al desierto, a la ciudad llamada Efraín, donde se quedó con sus discípulos.

55Pronto iba a ser la Pascua de los judíos, y muchos subieron de aquella región a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse.

56Los que estaban en el Templo buscaban a Jesús, y se decían unos a otros: —¿Qué os parece: no vendrá a la fiesta?

57Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba, lo denunciase, para poderlo prender. (Mt 26,6-16; Mc 14,3-11)

Notas de la Facultad de Teología (4)

1,19-12,50Juan presenta a Jesús que se manifiesta progresivamente mediante sus milagros –signos de su divinidad– y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, que culmina en su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo cuenta estos contenidos, la primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».

11,1-57En este capítulo Jesús se revela como «Resurrección y Vida» para los que crean en Él. Destaca la fe de Marta y la reacción de odio de las autoridades judías que deciden dar muerte a Jesús. La observación del evangelista de que «pronto iba a ser la Pascua de los judíos», (11, 55) sugiere que estos acontecimientos anuncian la muerte redentora de Cristo y su gloriosa resurrección, es decir, la Pascua cristiana.

11,1-44Con el milagro de la resurrección de Lázaro, signo de nuestra resurrección futura, se muestra el poder de Jesús sobre la muerte. Juan presenta primero las circunstancias del hecho (vv. 1-16). En el diálogo con Marta (vv. 17-27) se encuentra una de las definiciones más precisas de Jesús: Él es la Resurrección y la Vida. Es la Resurrección porque su victoria sobre la muerte es causa de la resurrección de todos los hombres. Es la Vida, no sólo porque abre la puerta de la vida eterna, sino también porque concede la gracia al hombre viador. De ahí que el cristiano pueda decir: «La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (Misal Romano, Pref. Liturg. Difunt. 1). La fe de Marta es modelo de la nuestra: para resucitar y vivir con Cristo hay que creer en Él. La profundidad de los sentimientos de Jesús queda reflejada en las lágrimas que derrama por Lázaro. Este llanto, expresión de la verdadera humanidad de Jesús, es también testimonio del amor de Dios hacia los hombres. «Jesús es tu Amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... —Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (S. Josemaría Escrivá, Camino 422). El milagro (vv. 38-44) va precedido por la oración de Jesús. Se pone así de manifiesto la función mediadora de Cristo. Estas actitudes y sentimientos de Jesús enseñan cómo debe ser el trato con Dios de quienes por el Bautismo nos hemos unido a Cristo y en Él hemos llegado a ser hijos de Dios. Debemos orar siempre con espíritu filial y con gratitud por los muchos beneficios recibidos de Dios Padre. «Apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que la petición sea otorgada, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el «tesoro», y en Él está el corazón de su Hijo; el don se otorga como «por añadidura» (cfr Mt 6,21.33)» (CCE 2604).

11,45-57Jesús aparece de nuevo como signo de contradicción. Unos creen y otros le denuncian. Las palabras de Caifás, cuyo doble sentido señala Juan, se refieren a la fundación del nuevo Israel, la Iglesia mediante la muerte de Cristo en la cruz. De esta manera uno de los últimos pontífices de la Antigua Alianza profetiza la investidura del Sumo Sacerdote de la Nueva, sellada con su propia Sangre. Cuando San Juan afirma que Cristo iba a morir «para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos», (v. 52), se refiere a lo que el Señor había dicho acerca de los efectos salvíficos de su muerte (cfr 10,16). Ya los profetas habían anunciado la futura congregación de los israelitas fieles a Dios para formar el nuevo Pueblo de Israel (cfr Is 43,5; Jr 23,35; Ez 34,23; 37,21-24). Estos vaticinios se cumplieron con la muerte de Cristo que, al ser exaltado en la cruz, atrae y reúne al verdadero Pueblo de Dios, formado por todos los creyentes, sean o no israelitas (cfr 12,32). «Todos los hombres están invitados al nuevo Pueblo de Dios. Por eso este Pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos. Para ello, en efecto, envió Dios a su Hijo, a quien nombró heredero de todo, para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios» (C. Vat. II, Lum gent. 13). La referencia a la Pascua (vv. 55-57) sirve para preparar los acontecimientos que se narran a continuación y subrayan que Cristo es la verdadera y definitiva Pascua.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Juan 11 — Parroquia Jesús Obrero